Marc
(25 años)
Siempre creí que el problema eran las mujeres.
Era una teoría bastante conveniente.
Cuando una relación comenzaba a complicarse, yo desaparecía. Cuando alguien empezaba a hacer demasiadas preguntas, desaparecía. Cuando una conversación se acercaba peligrosamente al futuro, desaparecía. Durante años funcionó. Era sencillo. Conocías a alguien, compartías algunos buenos momentos, cada uno seguía su camino y nadie salía demasiado herido.
O al menos eso era lo que me gustaba creer.
Entonces apareció Susanne Laurent.
Y todas mis teorías comenzaron a derrumbarse.
La primera señal fue ridículamente simple. No ocurrió durante una cita. Ni durante uno de nuestros besos. Ni siquiera durante una de aquellas noches que terminaban en mi apartamento viendo películas que ninguno prestaba atención porque estábamos demasiado ocupados hablando o algo más.
Ocurrió un martes cualquiera.
Estaba en una reunión de trabajo y alguien mencionó algo sobre una cafetería nueva cerca del puerto. Inmediatamente pensé en Susanne. No porque ella estuviera allí. No porque me hubiera escrito. Simplemente porque sabía que le habría gustado aquel lugar. El pensamiento apareció y desapareció en cuestión de segundos, pero dejó algo detrás.
Una sensación incómoda.
Porque no era normal.
No para mí.
Luego empezó a suceder más veces.
Escuchaba una canción y pensaba en ella. Pasaba frente a una librería y me preguntaba si ya había comprado aquel libro que quería leer. Veía una película y recordaba alguna conversación absurda que habíamos tenido semanas atrás. Era como si hubiera encontrado la forma de infiltrarse en todos los rincones de mi cabeza sin pedir permiso.
Y aquello comenzaba a molestarme.
Muchísimo.
Porque significaba que estaba perdiendo el control.
Intenté ignorarlo.
Naturalmente.
Era lo que siempre hacía.
Si una situación se volvía complicada, la evitaba hasta que desapareciera por sí sola.
El problema era que Susanne no desaparecía.
Seguía llamándome.
Seguía invitándome a cenar.
Seguía apareciendo en mi apartamento con café cuando sabía que había tenido una mala semana.
Seguía riéndose de mis bromas malas.
Seguía mirándome como si yo fuera una persona mejor de la que realmente era.
Y cada día se volvía más difícil fingir que aquello no significaba nada.
Porque significaba algo.
Muchísimo.
Más de lo que estaba dispuesto a admitir.
La conversación ocurrió una noche cualquiera.
Las peores siempre ocurren así.
Sin preparación.
Sin advertencias.
Sin una oportunidad real de escapar.
Habíamos salido a cenar. Después caminamos varias calles sin rumbo fijo hablando de cualquier cosa. El clima era agradable. Ella estaba hermosa. Yo estaba demasiado cómodo.
Y entonces Susanne hizo la pregunta.
—Marc.
—Mhm.
—¿Qué somos?
Así.
Sin más.
Sin rodeos.
Sin anestesia.
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba inmediatamente.
Ella debió notarlo.
Porque dejó de caminar y me observó durante varios segundos.
No parecía enfadada.
Ni triste.
Solo cansada.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo esperando una respuesta.
—¿Qué quieres decir?
pregunté.
Y apenas pronuncié aquellas palabras supe que había cometido un error.
Porque los dos sabíamos perfectamente lo que quería decir.
—Llevamos meses viéndonos.
dijo ella con una calma que resultó peor que cualquier grito.
—Paso más noches en tu apartamento que en el mío. Conozco a tus amigos. Conoces a mi familia. Hablamos todos los días. Así que te lo preguntaré otra vez, Marc. ¿Qué somos?
Todavía recuerdo el silencio que siguió.
Todavía recuerdo el miedo.
Porque la respuesta correcta estaba allí.
La tenía.
Simplemente no podía decirla.
Y eso era aún más aterrador.
Aquella noche no dormí.
Intenté llamar a la única persona que siempre había sabido exactamente qué decirme en situaciones así.
Marqué el número antes de recordar que ya no existía ninguna llamada que pudiera realizar.
Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos.
Luego la dejé caer sobre la mesa.
Damian habría sabido qué decir.
Damian siempre sabía.
Habría escuchado toda la historia.
Me habría llamado imbécil.
Me habría dicho que dejara de huir.
Y probablemente habría tenido razón.
Como siempre.
El problema era que Damian ya no estaba.
Y aquella ausencia seguía doliendo incluso años después.
Terminé llamando a los Huracanes.
Porque no sabía qué otra cosa hacer.
Nos reunimos en nuestro bar habitual y durante media hora intenté explicar lo que estaba ocurriendo sin sonar completamente ridículo.
Fracasé.
—Entonces déjame entender.
dijo Luke después de escucharme.
—Estás enamorado de ella.
—No he dicho eso.
—Lo has dicho durante veinte minutos.
—No literalmente.
—Marc.
—Luke.
—Estás enamorado.
Marc.
Kenji ni siquiera intentó suavizarlo.
Simplemente levantó su vaso y añadió:
—Es la descripción más larga de un enamoramiento que he escuchado en mi vida.
Caspian soltó una carcajada.
—Estoy con ellos.
—Todos ustedes son unos traidores.
—No.
respondió Luke.
—Solo somos observadores imparciales.
—Imparcial es exactamente lo que no eres.
—Quizás.
Pero sigo teniendo razón.
Aquello provocó más risas.
Menos en mí.
Porque por primera vez empecé a sospechar que realmente podían tener razón.
Y no me gustó nada.
Más tarde intenté hacer lo que siempre hacía.
Buscar una distracción.
Convencerme de que todo seguía igual.
Conocí a una mujer.
Fuimos a su apartamento.
Todo transcurrió exactamente como cientos de veces antes.
Hasta que dejó de hacerlo.
Porque mientras ella hablaba, mientras intentaba acercarse, mientras la situación avanzaba exactamente hacia donde se suponía que debía avanzar...
mi cabeza seguía en otro lugar.
Pensando en Susane.
Pensando en aquella pregunta.
Pensando en sus ojos cuando no supe responder.
Aquello fue suficiente para que entendiera que algo había cambiado.
Porque por primera vez en mi vida no quería estar allí.
Quería estar en otro sitio.
Con otra persona.
Y eso me aterrorizó.
—¿Sabes qué?
dijo finalmente la mujer, cruzándose de brazos después de que intentara marcharme.
—Eres un imbécil.
No respondí.
Porque tenía razón.
—Podrías haber dicho que no querías estar aquí.
—Lo siento.
—No. Lo que estás es confundido.
Aquella observación me golpeó más de lo que debería.
Porque también era cierta.
Tomé mis cosas, me despedí y abandoné el apartamento sintiéndome peor de lo que me había sentido en mucho tiempo.
Y mientras conducía hacia casa comprendí algo que llevaba semanas intentando ignorar.
El problema nunca había sido Susane.
El problema era que ella estaba consiguiendo algo que nadie había conseguido antes.
Hacer que me quedara.
Y no estaba seguro de saber cómo hacerlo. :::