The King of Kingdoms: El Heredero Oculto

Capítulo I: El Reino en Calma

La primavera llegó a Draxcan con la puntualidad de un recaudador de impuestos, y con ella, la primera cosecha abundante que el reino veía en tres años. Los campos que rodeaban la capital se tiñeron de un verde intenso salpicado por el amarillo del trigo y el dorado de la cebada, y los campesinos trabajaban de sol a sol con una energía renovada que no se había visto desde los tiempos del rey Kaziu. Las carretas cargadas de grano, frutas y hortalizas recorrían los caminos hacia los mercados de la ciudad, donde los comerciantes las recibían con los brazos abiertos y las bolsas llenas. La guerra había terminado, las conspiraciones habían cesado, y por primera vez en casi un año, la palabra "paz" no sonaba a hueco en los labios de quienes la pronunciaban.

Pero Kael Kraxter sabía que la paz era un animal escurridizo, propenso a desaparecer en cuanto uno dejaba de vigilarlo.

Sentado en el trono de obsidiana del Salón de Audiencias —un trono que nunca había deseado, pero que ahora ocupaba con la naturalidad de quien ha aprendido a cargar con su peso—, el rey de Draxcan escuchaba las peticiones de sus súbditos con una paciencia que habría sorprendido a cualquiera que lo hubiera conocido en sus días de sirviente. Eran las diez de la mañana del tercer día de la semana, y la cola de solicitantes se extendía hasta la puerta principal del castillo. Campesinos que reclamaban tierras, comerciantes que protestaban por los aranceles, nobles que exigían privilegios, magos que solicitaban fondos para sus investigaciones. El gobierno de un reino, había descubierto Kael, consistía en gran medida en escuchar quejas y encontrar soluciones que no satisficieran a nadie del todo.

—Majestad —dijo en ese momento un hombre corpulento de barba rojiza que se había presentado como portavoz del gremio de herreros—, los aranceles que el Senado ha impuesto al hierro de Vortham nos están arruinando. No podemos competir con los precios de los mercaderes del norte.

—Los aranceles se impusieron para proteger la industria local —respondió Kael, repitiendo lo que Maelt le había explicado la noche anterior—. Si permitimos que el hierro extranjero inunde nuestros mercados, las minas de los Elemens quebrarán.

—Pero, majestad, el hierro de Vortham es más barato y de mejor calidad. Los herreros no podemos trabajar con el hierro local sin subir nuestros precios. Y si subimos los precios, los campesinos no podrán comprar nuestros aperos.

—Entonces, ¿qué propones?

—Una reducción gradual de los aranceles. Que se mantengan durante un año más, para dar tiempo a las minas a modernizarse, y luego se eliminen progresivamente.

Kael meditó unos segundos. La propuesta era razonable, pero sabía que Maelt se opondría. El senador Rosmar defendía los intereses de los Elemens con uñas y dientes, y cualquier reducción de aranceles le parecía una traición.

—Lo discutiré con el Consejo —dijo al fin—. Te prometo una respuesta antes de que termine la semana.

El herrero asintió, insatisfecho pero resignado, y se retiró. El siguiente solicitante era una mujer anciana, de cabellos blancos como la nieve, que avanzó hacia el trono apoyándose en un bastón de madera tallada. Vestía una túnica gris, el color de los originales, y sus ojos —de un azul tan pálido que parecían casi transparentes— brillaban con la sabiduría de quienes han vivido demasiado.

—Majestad —dijo, inclinando la cabeza—. Me llamo Elyse. Soy la guardiana de los archivos del Primer Linaje, sucesora de Thamior.

Kael se incorporó en el trono. El nombre de Thamior despertaba en él una mezcla de gratitud y tristeza. El viejo bibliotecario había sido uno de los primeros en creer en su causa, y había pagado aquella lealtad con su vida.

—¿Qué deseas, Elyse?

—Vengo a informaros de algo que hemos encontrado en los archivos. Algo que creo que deberíais ver con vuestros propios ojos.

—¿De qué se trata?

—Es difícil de explicar. Pero tiene que ver con vuestro linaje. Con los Kraxter. Y con una profecía que data de los tiempos de los Once Originales.

Kael sintió un escalofrío. Las profecías nunca le habían traído nada bueno. La última vez que alguien le habló de una profecía, acabó arrojando una corona milenaria a un vórtice de energía y casi muere en el intento.

—Iré a los archivos esta tarde —dijo—. Después de las audiencias.

—Os estaré esperando, majestad.

La anciana se retiró, y la cola de solicitantes continuó avanzando. Kael atendió una docena más de peticiones —disputas de lindes, reclamaciones de herencia, solicitudes de fondos para reconstruir un puente que se había derrumbado durante las lluvias— antes de que Beren, su fiel ayuda de cámara, declarara terminada la sesión.

—Tenéis una reunión con el Consejo de los Cinco al mediodía, majestad —le recordó Beren mientras le ayudaba a ponerse la túnica real—. Y luego, la visita a los archivos.

—Lo sé, Beren. Lo sé. —Kael se frotó las sienes—. A veces echo de menos los días en que mi mayor preocupación era no quemar las gachas de Marta.

—Marta también os echa de menos, majestad. Ayer me dijo que las cocinas no son lo mismo sin vos.

—Seguro que lo dice porque ahora tiene que cocinar ella y no puede delegar en mí.

—Probablemente, majestad.

Kael sonrió. Beren era uno de los pocos sirvientes que se atrevía a hablarle con franqueza, y eso era algo que valoraba más que cualquier tesoro. En una corte llena de aduladores y conspiradores, un hombre honesto era un bien escaso.

Salió de la Sala de Audiencias y se dirigió hacia la Cámara del Consejo, donde Maelt Rosmar, Illyana Cerevan, Lian y Theron ya lo esperaban alrededor de la mesa de obsidiana. El quinto asiento —el de los originales— estaba ocupado por Theron, que había aceptado prorrogar su mandato a petición del rey. Su presencia era un recordatorio constante de la historia milenaria que sustentaba el reino, y sus silencios, más elocuentes que cualquier discurso.




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