El silencio que dejó el emisario Kaelen Vor al retirarse de la Sala de Audiencias era de esos que pesan más que cualquier grito. Durante largos segundos, nadie se movió. Kael permaneció inmóvil en el trono de obsidiana, con la mirada fija en la puerta por donde el extranjero había desaparecido, como si esperara que regresara para anunciar que todo había sido una broma macabra. Lyssara, de pie junto al estrado, tenía la mano apoyada en la empuñadura de su espada, los nudillos blancos por la tensión. Maelt Rosmar, sentado en uno de los bancos laterales, se había quedado pálido como el mármol, y sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre el apoyabrazos. Incluso Beren, el imperturbable ayuda de cámara, había dejado caer el pergamino que sostenía.
—Un emisario —dijo finalmente Kael, rompiendo el silencio con una voz que sonaba más cansada que sorprendida—. Un emisario de un imperio que no sabíamos que existía, al otro lado de unas montañas que creíamos infranqueables, anunciando que llevan décadas observándonos y que su emperador no es paciente.
—Lo has resumido bien —respondió Lyssara—. Demasiado bien.
—¿Qué hacemos? —preguntó Maelt, poniéndose en pie—. ¿Convocamos al Consejo?
—Ya lo he hecho. Beren, asegúrate de que todos los miembros estén en la Cámara del Consejo en una hora. Illyana, Lian, Theron. Y quiero que Aren Elmer esté presente. Hace semanas que no sé nada de él. ¿Dónde está?
—En Lythara, majestad —respondió Beren—. Llegó anoche, según los registros del puerto. Estaba previsto que os informara esta tarde.
—Pues que se adelante la reunión. Esto no puede esperar.
Beren asintió y salió apresuradamente. Kael se levantó del trono y se acercó a la ventana que daba al patio principal. Abajo, los guardias realizaban sus rondas con la rutina de siempre, ajenos a la tormenta que se avecinaba. Los sirvientes cruzaban el patio cargados con cestas de ropa y bandejas de comida. La vida cotidiana del castillo seguía su curso, indiferente a las palabras del emisario. Y sin embargo, Kael sentía que todo había cambiado. Aquel hombre, con su túnica de seda negra y su medallón del dragón bicéfalo, había abierto una puerta que ya no podría cerrarse.
—Un imperio —murmuró Lyssara, acercándose—. Un imperio entero al otro lado de las montañas. ¿Cómo es posible que no supiéramos nada?
—Porque no queríamos saber. Porque durante siglos hemos mirado hacia dentro, enfrascados en nuestras propias guerras, nuestras propias conspiraciones, nuestras propias miserias. Mientras nosotros nos matábamos entre Kraxter y Vehl, ellos estaban allí, observando, esperando. —Kael se giró hacia ella—. ¿Recuerdas lo que dijo el emisario? "Lleva décadas esperando el momento adecuado." Décadas, Lyssara. Eso significa que sabían lo de Feron. Sabían lo de Francesca. Sabían que Draxcan estaba débil y dividido. Y ahora que por fin nos estamos reconstruyendo, ahora que la paz parece posible, aparecen ellos.
—Entonces, ¿es una amenaza o una oportunidad?
—Es ambas cosas. Una amenaza porque no sabemos nada de ellos. Una oportunidad porque han pedido parlamentar en lugar de atacar directamente. Si quisieran la guerra, no habrían enviado un emisario. Habrían enviado un ejército.
—A menos que el emisario sea una distracción. Una forma de ganar tiempo mientras preparan el ataque.
—También es posible. —Kael se frotó las sienes—. Por eso necesito escuchar a los demás. Aren ha viajado por todo el continente. Quizás haya oído algo. Illyana tiene contactos en todas las cortes. Lian puede investigar la magia que protege la cordillera. Y Theron... Theron sabía algo. Estoy seguro. La profecía que Elyse encontró mencionaba a Varkhar. Él lo leyó antes que yo y no me dijo nada.
—¿Crees que nos ha estado ocultando información?
—No lo sé. Pero pienso averiguarlo.
La Cámara del Consejo estaba más concurrida que de costumbre cuando Kael y Lyssara llegaron. Además de los cuatro senadores —Maelt Rosmar, Illyana Cerevan, Lian y Theron—, estaban presentes Aren Elmer, recién llegado de su viaje a Lythara, y Kaedor Lasmec, cuya presencia en el castillo se había vuelto cada vez más frecuente desde que Kael lo liberara de las mazmorras tras la batalla de la Ciudadela de los Ecos. Kaedor había cumplido su parte del trato: su información había sido crucial para derrotar a Francesca, y a cambio se le había concedido el exilio en las Islas del Alba. Pero el comerciante había solicitado permiso para permanecer en Draxcan durante un tiempo, alegando que sus contactos comerciales podían ser útiles para la reconstrucción. Kael había accedido, no sin reticencias. Kaedor Lasmec era un aliado valioso, pero también un recordatorio constante de que la línea entre el amigo y el enemigo podía ser peligrosamente fina.
—Veo que la reunión es urgente —dijo Kaedor, ocupando un asiento junto a la pared. Su tono era ligero, casi despreocupado, pero sus ojos oscuros recorrían la sala con la agudeza de un depredador—. ¿Alguien ha muerto?
—Nadie ha muerto —respondió Kael, cerrando la puerta—. Pero alguien ha llegado.
Les puso al corriente de lo sucedido: la profecía encontrada en los archivos, el informe de los vigías en la cordillera, la aparición del emisario de Varkhar. Cuando terminó, el silencio que siguió fue tan denso como el de la Sala de Audiencias.
—Un imperio —dijo Illyana, rompiendo el silencio—. Llevo siglos viviendo en este continente, y nunca había oído hablar de un imperio al otro lado de la cordillera. Los elfos tenemos registros que se remontan a la fundación de Lythara, y en ninguno de ellos se menciona nada parecido.
—Porque no querían que los mencionaran —respondió Theron, con su voz pausada de anciano milenario—. Los antiguos sellaron la cordillera con sortilegios hace miles de años, después de la última guerra entre Daus y Varkhar. Borraron todos los registros, destruyeron todos los mapas, silenciaron a todos los testigos. Querían que el mundo olvidara. Y lo consiguieron.