La partida de Aren y Kaedor hacia los reinos vecinos marcó el inicio de una espera tensa que se prolongó durante semanas. El castillo, que durante los meses posteriores a la boda real había bullido con una actividad alegre y despreocupada, recuperó el ambiente de alerta contenida de los tiempos de guerra. Los guardias patrullaban con mayor frecuencia, los magos de Lian reforzaban los sortilegios defensivos cada noche, y los sirvientes intercambiaban miradas de preocupación cuando creían que nadie los observaba. La palabra "Varkhar" se pronunciaba en susurros, como si nombrarla en voz alta pudiera atraer a sus ejércitos.
Kael Kraxter despachaba los asuntos cotidianos del reino con una eficiencia mecánica que preocupaba a quienes lo conocían bien. Dormía poco, comía apenas y pasaba horas interminables en la Cámara del Consejo, revisando informes, estudiando mapas y dictando cartas. La profecía de los archivos, las palabras del emisario, la posibilidad de una guerra contra un imperio desconocido: todo ello pesaba sobre sus hombros como una armadura de plomo. Y aunque Lyssara hacía todo lo posible por aliviar su carga, recordándole que delegara, que descansara, que confiara en sus aliados, Kael no podía quitarse de la cabeza la sensación de que el tiempo se agotaba.
Una mañana, tres semanas después de la partida de los diplomáticos, Kael se encontraba en su estudio revisando los informes de los exploradores enviados a la cordillera. Los partes eran desalentadores: los pasos de montaña, antaño intransitables debido a los sortilegios antiguos, ahora estaban empezando a despejarse. Los vigías habían avistado columnas de humo al otro lado de las cumbres, y en las noches claras se podían ver luces que se movían en la distancia, como si un enorme campamento militar estuviera tomando forma. El sello que durante milenios había mantenido aislados los continentes se estaba desmoronando, y con cada día que pasaba, la amenaza se hacía más real.
—Deberías comer algo —dijo Lyssara, entrando en el estudio con una bandeja de pan, queso y fruta—. Llevas horas encerrado aquí. Marta dice que si no te alimentas bien, ella misma vendrá a obligarte.
—Marta siempre dice eso. Pero nunca viene.
—Porque sabe que me tienes a mí para hacer el trabajo sucio. —Lyssara dejó la bandeja sobre la mesa y se sentó frente a él—. ¿Qué te preocupa ahora?
—Lo de siempre. Varkhar. La cumbre. La posibilidad de una guerra que no estamos preparados para librar. —Kael apartó los informes y tomó un trozo de pan, más por complacerla que por hambre—. ¿Crees que estamos haciendo lo correcto? ¿Aceptar la cumbre, quiero decir?
—No tenemos muchas alternativas. Rechazarla sería un suicidio. Aceptarla nos da tiempo.
—Tiempo para prepararnos. Pero también tiempo para que ellos se preparen. El emisario dijo que su emperador no es paciente, pero ha aceptado esperar tres meses. ¿Por qué? ¿Qué ganan con la espera?
—Quizás necesitan tiempo para movilizar sus tropas. O quizás están tan desconcertados como nosotros. No lo sé. —Lyssara le sirvió una copa de vino aguado—. Pero sí sé que no podemos hacer nada al respecto hasta que Aren y Kaedor regresen con noticias de los otros reinos. Así que, en lugar de preocuparte por lo que no puedes controlar, ¿por qué no te preocupas por lo que sí puedes?
—¿Como qué?
—Como tu reino. Tus súbditos. La gente que depende de ti. —Lyssara señaló hacia la ventana—. Ahí fuera hay miles de personas que han confiado en ti, que han reconstruido sus vidas gracias a ti, que creen en la paz que has traído. No puedes descuidarlos por miedo a lo que pueda pasar.
—No los estoy descuidando.
—No. Pero tampoco estás presente. Llevas semanas encerrado en esta torre, revisando informes y mapas. Apenas has salido al patio de entrenamiento. Apenas has visitado los distritos. La gente necesita verte, Kael. Necesitan saber que su rey sigue ahí, que no se ha olvidado de ellos.
Kael guardó silencio. Sabía que Lyssara tenía razón. Desde la llegada del emisario, había estado tan absorto en la amenaza exterior que había descuidado los asuntos internos del reino. Las disputas comerciales, las tensiones raciales, la reconstrucción de los distritos. Todo aquello seguía ahí, esperando su atención.
—Está bien —dijo al fin—. Hoy saldré. Visitaré los distritos. Escucharé a la gente.
—Buena idea. Yo te acompañaré.
—¿No tienes deberes en el cuartel?
—Los tengo. Pero he delegado. —Lyssara sonrió—. ¿Ves? Yo sí sé delegar. Deberías aprender de mí.
—Eres una comandante muy mandona.
—Soy una comandante eficiente. Que es distinto.
Salieron del castillo al mediodía, acompañados por una pequeña escolta de guardias. Aunque Kael había insistido en que no era necesario —"Soy el rey, no un prisionero", había protestado—, Lyssara se había negado a ceder. Después del ataque de Loric Elmer, la seguridad del monarca era una prioridad absoluta, y ni siquiera la paz aparente de los últimos meses justificaba bajar la guardia. Recorrieron las calles del distrito humano, donde los comerciantes los recibieron con reverencias y sonrisas. Visitaron el distrito mago, donde Lian les mostró los avances en la reconstrucción de la Academia Arcana. Pasearon por los jardines del distrito élfico, donde Illyana los esperaba con un té de hierbas y una conversación sobre las tensiones con Lythara. Y finalmente, se dirigieron al distrito Elemens, donde Maelt Rosmar los recibió en la residencia familiar con una expresión que mezclaba el orgullo y la preocupación.
—Deberíais haberme avisado de que veníais —dijo el senador, conduciéndolos al salón principal—. Habría preparado algo más apropiado.
—No necesitamos nada especial, padre —respondió Lyssara—. Sólo queríamos visitarte.
—¿Visitar a un viejo senador? Eso es nuevo. —Maelt sirvió tres copas de vino y se sentó frente a ellos—. En fin, supongo que tenéis asuntos que tratar. ¿De qué queréis hablar?