The King of Kingdoms: El Heredero Oculto

Capítulo IV: La Senda de los Antiguos

El camino hacia Lythara serpenteaba por las Colinas del Viento como una cicatriz polvorienta en la piel verde del paisaje. La primavera había estallado con una ferocidad inusitada, cubriendo las laderas de flores silvestres —amapolas rojas, margaritas blancas, nomeolvides azules— que se mecían con la brisa como un mar multicolor. Los árboles frutales que bordeaban la ruta estaban cargados de capullos a punto de reventar, y el aire olía a tierra húmeda, a savia fresca y a promesas de cosechas abundantes. Era un día hermoso para cabalgar, de esos que hacían olvidar las preocupaciones y devolvían la fe en la bondad del mundo. Pero Kael Kraxter no podía disfrutarlo. Su mente estaba en otra parte.

Cabalgaba en silencio, sumido en sus pensamientos, mientras la comitiva avanzaba a un trote constante. A su lado, Gerik canturreaba una vieja canción de campaña —una melodía obscena sobre una tabernera y un tonel de cerveza— con la despreocupación de quien ha visto demasiadas batallas como para preocuparse por el futuro. Thalion, el arquero elfo, lo acompañaba con silbidos ocasionales, corrigiendo el tono cuando Gerik desafinaba. Ysilla, la maga de batalla, cerraba la marcha con gesto concentrado, escaneando el entorno en busca de amenazas mágicas. El emisario Kaelen Vor, por su parte, cabalgaba en la retaguardia, flanqueado por dos guardias que lo vigilaban discretamente. Su presencia era un recordatorio constante de la misión que Kael se había impuesto: negociar una alianza con los elfos antes de que Varkhar pudiera aprovechar sus divisiones.

—Majestad —dijo Gerik, interrumpiendo su canturreo—. ¿Puedo haceros una pregunta?

—Adelante.

—¿Por qué Lythara? Quiero decir, los elfos siempre han sido aliados incómodos. Nos ayudaron contra Francesca, sí, pero también nos pusieron condiciones. Y ahora quieren los puertos del sur. ¿Merece la pena ceder tanto por su apoyo?

—No voy a ceder los puertos del sur. Pero necesito que los elfos estén de nuestro lado cuando Varkhar ataque. Si Lythara se mantiene neutral, otros reinos seguirán su ejemplo. Y si Lythara se alía con el enemigo... —Kael negó con la cabeza—. Sería el fin de Draxcan.

—Eso lo entiendo. Pero ¿por qué iban los elfos a aliarse con Varkhar? Ni siquiera los conocen.

—Porque Varkhar les ha prometido lo que siempre han querido: autonomía, independencia, el fin de las restricciones del Senado. Las mismas promesas que hicieron Feron y Francesca. Y ya viste lo cerca que estuvieron de conseguirlo. Los elfos descontentos son vulnerables a ese tipo de promesas. Illyana ha hecho un buen trabajo manteniéndolos a raya, pero necesita refuerzos. Por eso voy yo.

—¿Y crees que podrás convencerlos?

—No lo sé. Pero si no lo intento, habré fracasado antes de empezar. —Kael espoleó suavemente a su caballo—. Además, Aren está allí. Él conoce a los líderes elfos mejor que yo. Si alguien puede ayudarme a negociar, es él.

—Aren —repitió Gerik, con un tono que no ocultaba del todo su desconfianza—. ¿Confías en él? Después de lo que pasó...

—Confío en que hará lo correcto. Aren cometió errores, pero ha tenido seis meses para redimirse. Y en todo este tiempo, no me ha dado motivos para dudar de su lealtad.

—Eso no significa que no pueda darlos en el futuro.

—No. Pero si empezamos a desconfiar de todos los que alguna vez se equivocaron, nos quedaremos solos. Y solos no podremos vencer a Varkhar.

Gerik asintió, aunque su expresión seguía siendo escéptica. Thalion, que había escuchado la conversación en silencio, intervino:

—Los elfos no son como los humanos, Gerik. Para nosotros, la lealtad no se mide por los errores del pasado, sino por las acciones del presente. Aren Elmer ha demostrado con hechos que quiere enmendar sus faltas. Eso, para un elfo, es más valioso que una vida entera de aciertos.

—¿Y qué sabrás tú de lealtades? —replicó Gerik, aunque sin mala intención—. Eres un arquero, no un filósofo.

—Soy un elfo. Y los elfos tenemos tiempo de sobra para filosofar entre flecha y flecha.

Gerik soltó una carcajada. Incluso Kael esbozó una sonrisa. Aquellas pequeñas muestras de camaradería eran un bálsamo para el alma, un recordatorio de que, a pesar de las amenazas y las conspiraciones, seguían siendo un equipo.

La comitiva continuó su avance durante dos días más, atravesando bosques de robles centenarios y vadeando ríos de aguas cristalinas. Al tercer día, el paisaje empezó a cambiar: los robles dieron paso a árboles de hojas plateadas que sólo crecían en las fronteras de Lythara, y el aire se volvió más fresco, más limpio, como si estuviera impregnado de una magia sutil que no se percibía en otras partes del continente. Thalion, visiblemente emocionado, explicó que aquellos árboles —los lathael, o "cantores de la luna"— eran sagrados para los elfos, y que su presencia indicaba que estaban a punto de entrar en territorio de Lythara.

—Mirad —dijo, señalando hacia el horizonte—. Allí está.

Kael alzó la vista. Ante ellos, recortada contra el cielo del atardecer, se alzaba la ciudad de Lythara. No era una ciudad como Draxcan, con sus torres de piedra y sus murallas imponentes. Era una ciudad viva, construida en armonía con el bosque que la rodeaba. Las casas, de madera clara y formas orgánicas, se integraban en los troncos de los árboles gigantes como si hubieran crecido de forma natural. Los puentes colgantes, tejidos con fibras vegetales y reforzados con sortilegios, conectaban las plataformas donde los elfos cultivaban sus jardines y celebraban sus ceremonias. Las farolas no eran de metal, sino de cristal tallado, y en su interior brillaban luciérnagas mágicas que nunca se apagaban. Era una ciudad hermosa, frágil en apariencia pero resistente en esencia, como los propios elfos.

—Es impresionante —murmuró Gerik, boquiabierto.

—Es mi hogar —respondió Thalion, con un orgullo apenas disimulado—. O lo fue, antes de que decidiera unirme al ejército de Draxcan.




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