The King of Kingdoms: El Heredero Oculto

Capítulo V: El Retorno del Rey

La noticia de la movilización de Varkhar se extendió por Draxcan como un reguero de pólvora en un campo seco. En cuestión de horas, los mercados se vaciaron, las tabernas se llenaron de rumores y las familias comenzaron a almacenar provisiones en sus sótanos con la desesperación contenida de quienes ya habían vivido demasiadas guerras. Los ancianos recordaban los días oscuros de la conspiración de los Vehl; los jóvenes, que sólo conocían la paz relativa del reinado de Kael, miraban hacia la cordillera con una mezcla de miedo e incredulidad. ¿Cómo podía estar amenazándolos un imperio del que nunca habían oído hablar? ¿Cómo podía tambalearse todo lo que habían construido en apenas unos meses?

En el castillo, el ambiente era de alerta máxima. Lyssara Rosmar apenas dormía. Pasaba los días recorriendo las murallas, supervisando los preparativos, reuniéndose con los capitanes de la guardia y revisando los informes que llegaban de la frontera. Su vientre aún no mostraba signos visibles del embarazo —apenas habían pasado unas semanas desde que lo descubriera—, pero ella lo sentía crecer dentro de sí como una llama diminuta, un recordatorio constante de lo que estaba en juego. No era sólo su reino lo que debía proteger. Era su familia. Su futuro. El hijo o la hija que algún día heredaría el trono de Draxcan, si es que el reino sobrevivía a lo que se avecinaba.

Aquella mañana, mientras revisaba los mapas de las defensas fronterizas en la sala de guerra del castillo, Maelt Rosmar entró sin anunciarse. Su rostro, habitualmente severo, reflejaba una preocupación que no intentaba ocultar.

—Acabo de recibir un mensaje de Kael —dijo, dejando un pergamino sobre la mesa—. Ha conseguido el apoyo de los elfos. El Consejo de Ancianos votó a favor de la alianza. Sylvara cumplió su palabra.

—Es una buena noticia —respondió Lyssara, sin apartar la vista de los mapas.

—Sí. Pero también hay malas noticias. Kael ha tenido que ceder un asiento permanente en el Consejo de los Cinco a los elfos. Y ha reconocido la soberanía de Lythara sobre los bosques sagrados.

Lyssara levantó la vista.

—Eso no le gustará al Senado.

—No. No le gustará a nadie. Los humanos lo verán como una traición. Los Elemens, como una concesión excesiva. Incluso algunos magos se quejarán de que los elfos reciban un trato preferente. —Maelt se sentó frente a su hija—. Kael ha ganado un aliado, sí. Pero ha pagado un precio muy alto.

—No tenía elección. Si no hubiera cedido, los elfos se habrían mantenido neutrales. Y sin los elfos, no podremos resistir a Varkhar.

—Lo sé. Pero gobernar no es sólo tomar decisiones correctas. Es también gestionar las consecuencias de esas decisiones. Y las consecuencias de esta decisión se van a notar durante años.

—Entonces las gestionaremos. Como siempre hemos hecho. —Lyssara se incorporó—. Ahora mismo, mi prioridad es defender el reino. Las rencillas políticas pueden esperar.

—No pueden esperar. La política no se detiene porque haya una guerra. Al contrario: en tiempos de guerra, la política es más importante que nunca. Si el Senado se divide ahora, si los nobles empiezan a conspirar contra Kael mientras él está fuera...

—¿Crees que alguien intentaría dar un golpe de estado?

—No lo sé. Pero no podemos descartarlo. Hemos visto demasiadas traiciones en los últimos años como para bajar la guardia. —Maelt hizo una pausa—. ¿Has sabido algo de Kaedor?

—Kaedor está en Vortham, con Aren. Intentando convencer a los magos de que se unan a la alianza. Llegará dentro de unos días, según su último mensaje.

—Eso espero. Porque si Kaedor está en Vortham, no puede estar conspirando aquí. —Maelt se levantó—. Lyssara, sé que no quieres oír esto, pero ten cuidado. No confíes en nadie. Ni siquiera en mí.

—Eso es muy propio de ti, padre. Desconfiar hasta de ti mismo.

—La desconfianza me ha mantenido vivo durante sesenta años. No voy a dejar de practicarla ahora.

Maelt salió de la sala. Lyssara se quedó sola, con la mano apoyada en el mapa y la mente bullendo de preocupaciones. Su padre tenía razón en una cosa: la guerra no suspendía la política. Y en ausencia de Kael, ella era la máxima autoridad del reino. Si alguien quería aprovechar la situación para desestabilizar el trono, tendría que pasar por encima de ella.

Y Lyssara Rosmar no pensaba dejar que nadie pasara.

El mensajero que traía la noticia de la movilización de Varkhar llegó a Lythara al anochecer del día siguiente. Kael estaba cenando con Aren, Thalion y los demás miembros de su escolta en una taberna cercana a la residencia de Sylvara —un local acogedor, iluminado por farolillos de cristal y decorado con tapices élficos— cuando un guardia irrumpió en la sala con el rostro desencajado.

—Majestad. Un mensajero acaba de llegar de Draxcan. Trae noticias urgentes.

Kael dejó la copa de vino sobre la mesa y se puso en pie de inmediato.

—Hazlo pasar.

El mensajero era un soldado joven, de apenas veinte años, con el uniforme manchado de polvo y el rostro surcado de fatiga. Se arrodilló ante Kael y extendió un pergamino lacrado con el sello de la comandante Rosmar.

—Majestad. La comandante os envía esto. Es urgente.

Kael rompió el sello y leyó el mensaje en silencio. A medida que avanzaba, su rostro se fue ensombreciendo. Cuando terminó, alzó la vista hacia sus compañeros.

—Varkhar ha empezado a movilizarse. Los vigías han avistado columnas de humo al otro lado de la cordillera. Lyssara dice que podrían atacar en cualquier momento.

—¿Cuántos son? —preguntó Gerik, que se había puesto en pie junto a él.

—No lo sabe con certeza. Pero los informes hablan de "demasiados para contarlos". Eso significa que no es una avanzadilla. Es un ejército.

—Tenemos que volver —dijo Thalion—. Ahora mismo.

—No. —Kael negó con la cabeza—. Si vuelvo ahora, los elfos pensarán que los abandono en cuanto consigo lo que quiero. Sylvara confió en mí. No puedo traicionarla.




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