La confirmación del embarazo de Lyssara transformó la atmósfera del castillo de una manera que nadie había anticipado. No era sólo la alegría contenida de los sirvientes, que susurraban felicitaciones al paso de la comandante; ni el orgullo mal disimulado de Maelt Rosmar, que de repente se había vuelto más solícito con su hija de lo que había sido en toda su vida; ni siquiera la emoción de Beren, que ya planeaba la decoración de la futura nursery real con un entusiasmo que rozaba lo obsesivo. Era algo más profundo, más sutil. Era la sensación de que, por fin, después de tanta muerte y destrucción, la vida se abría paso. El heredero de Draxcan —o la heredera, pues aún era pronto para saberlo— crecía en el vientre de la comandante, y con él crecía también la esperanza de todo un reino.
Pero Kael Kraxter no podía permitirse el lujo de la esperanza sin cautela. Cada vez que miraba a Lyssara, cada vez que posaba la mano sobre su vientre aún apenas abultado, sentía una punzada de terror que competía con la alegría. El mundo no era un lugar seguro para traer un hijo. Varkhar acechaba al otro lado de las montañas, los reinos vecinos jugaban a la política mientras el fuego se acercaba, y en algún lugar de su propia corte, un espía seguía enviando información al enemigo. La profecía de los archivos resonaba en su mente como un eco persistente: "El Heredero Oculto despertará de su letargo. Porque la sangre de los Once no se extingue; sólo duerme. Y cuando despierte, el equilibrio de los mundos temblará." ¿Se refería la profecía a su hijo? ¿O acaso había otro heredero, alguien que ya existía y que estaba destinado a cambiar el curso de la historia?
Aquella mañana, mientras el sol de finales de primavera inundaba los aposentos reales con una luz dorada, Kael y Lyssara desayunaban juntos por primera vez en semanas. Era un pequeño lujo que se concedían mutuamente: una hora de intimidad antes de que las obligaciones del reino los reclamaran. Marta les había preparado un festín —pan recién horneado, miel de los apiarios élficos, fruta confitada y un té de hierbas que, según la cocinera, era bueno para el embarazo—, y Lyssara comía con un apetito que a Kael le resultaba fascinante.
—No sé por qué te sorprende tanto —dijo ella, untando una rebanada de pan con miel—. Estoy comiendo por dos. Es lo más normal del mundo.
—Me sorprende porque antes apenas comías. Decías que los soldados no necesitaban desayunar.
—Los soldados no. Pero las futuras madres sí. —Lyssara dio un mordisco y sonrió—. Además, tu cocinera me ha dicho que si no me alimento bien, el bebé saldrá pequeño y enfermizo. Y no pienso traer al mundo a un heredero enclenque.
—Nuestro hijo no será enclenque. Con tu fuerza y mi... bueno, con tu fuerza.
—¿Y tú qué aportas?
—Sentido común. Algo que tú a veces olvidas.
—El sentido común está sobrevalorado. —Lyssara se limpió los labios con una servilleta—. Hablando de sentido común, he estado pensando en algo.
—¿En qué?
—En la profecía. Esa que encontró Elyse. La del Heredero Oculto.
Kael dejó la taza de té sobre la mesa con un gesto más brusco de lo que pretendía.
—No quiero pensar en profecías ahora. Ya tuve suficiente con la Corona de Sangre.
—Lo sé. Pero esto es diferente. La profecía dice que el Heredero Oculto llevará la sangre de ambos mundos. ¿Y si se refiere a nuestro hijo? Tú eres un Kraxter, descendiente de los Once Originales. Yo soy una Elemens. Nuestro hijo será la primera persona en siglos que lleve la sangre de dos razas distintas en un matrimonio reconocido. Eso podría ser lo que la profecía estaba anunciando.
—O podría ser una coincidencia. Las profecías son vagas. Pueden significar cualquier cosa.
—O pueden significar exactamente lo que dicen. —Lyssara se inclinó hacia él—. Kael, no podemos ignorar esto. Si nuestro hijo es el Heredero Oculto, Varkhar podría estar buscándolo. O podría querer destruirlo antes de que nazca.
—Entonces tendremos que protegerlo. Como protegemos todo lo demás. —Kael le tomó la mano—. Pero no quiero que vivas con miedo. Ya tienes suficiente con la guerra y las conspiraciones. No añadas una profecía a la lista.
—No es miedo. Es precaución. —Lyssara le apretó los dedos—. Pero tienes razón. No voy a dejar que una profecía me arruine el embarazo. Este niño va a nacer en un mundo mejor. Y si para eso tengo que derrotar a Varkhar yo sola, lo haré.
—No lo harás sola. Lo haremos juntos.
—Eso espero. Porque si intentas protegerme encerrándome en una torre, te juro que...
—Lo sé, lo sé. Me cortarás algo importante.
—Exacto.
Ambos rieron. Fue una risa breve, pero suficiente para aliviar la tensión. Luego, Lyssara se puso seria de nuevo.
—Hay algo más. He estado investigando lo del espía. El que filtró información al emisario Vor.
—¿Has descubierto algo?
—No. Pero he reducido la lista de sospechosos. El espía tenía que ser alguien con acceso a información privilegiada: las reuniones del Consejo, los movimientos de tropas, los planes de defensa. Eso descarta a los sirvientes de bajo rango y a los soldados rasos.
—Eso deja a los capitanes, los senadores y los nobles de la corte.
—Sí. Y también a los miembros de nuestra propia casa. —Lyssara bajó la voz—. Kael, he estado revisando los registros de los últimos meses. Hay alguien que ha estado en todas las reuniones importantes, que ha tenido acceso a todos los informes, y que sin embargo nunca ha estado en primera línea de batalla.
—¿Quién?
—Kaedor Lasmec.
Kael guardó silencio unos segundos.
—Kaedor nos ayudó a derrotar a Francesca. Nos dio información crucial sobre la Ciudadela de los Ecos. Sin él, no habríamos ganado.
—Lo sé. Pero Kaedor siempre ha jugado a su propio juego. Nos ayudó porque le convenía. Ahora que Varkhar es la nueva amenaza, ¿qué le impide cambiar de bando?
—Nada. Excepto que no ganaría nada con ello. Kaedor es un comerciante. Su lealtad está con el mejor postor. Y ahora mismo, el mejor postor somos nosotros.