The King of Kingdoms: El Heredero Oculto

Capítulo VII: La Tela de Araña

El verano se instaló sobre Draxcan con un calor sofocante que derretía el alquitrán de los tejados y hacía brillar las cúpulas de los templos como espejos ardientes. Los ciudadanos se refugiaban del sol en los soportales de las plazas, los niños se bañaban en las fuentes públicas y los ancianos se abanicaban con hojas de palma en los umbrales de sus casas. Pero en el castillo, el calor era lo de menos. Lo que realmente abrasaba era la tensión.

La cumbre de la Isla de los Dos Soles se aproximaba con la inevitabilidad de una tormenta en el horizonte. Cada día que pasaba, los preparativos se intensificaban: los herreros forjaban armas sin descanso, los sastres confeccionaban uniformes de gala para la delegación, los cartógrafos trazaban mapas de las rutas marítimas y los magos de Lian ensayaban sortilegios defensivos que podrían marcar la diferencia entre la vida y la muerte si las negociaciones fracasaban. Todo el mundo trabajaba con la sensación de que el tiempo se les escapaba entre los dedos como arena fina.

Kael Kraxter supervisaba cada detalle con una meticulosidad que rozaba la obsesión. Se reunía a diario con los capitanes de la flota, con los proveedores de víveres, con los maestros artesanos que estaban construyendo los camarotes de la nave capitana. Había ordenado que la delegación de Draxcan fuera la más imponente de todas las que asistieran a la cumbre: no por vanidad, sino por estrategia. Si Varkhar veía un reino débil y dividido, se sentiría tentado a atacar. Si veía un reino fuerte y unido, quizás se lo pensara dos veces.

Pero la estrategia tenía un precio. Literalmente. Las arcas del reino, ya mermadas por la reconstrucción, estaban al borde del agotamiento. Maelt Rosmar, que controlaba el tesoro con puño de hierro, no dejaba de recordárselo.

—No podemos permitirnos esto —dijo una tarde, irrumpiendo en el estudio de Kael con un montón de facturas en la mano—. Los gastos de la delegación superan con creces lo presupuestado. Los barcos, los uniformes, las provisiones, los regalos diplomáticos para los otros reinos... Es una locura. Si seguimos así, antes de que llegue la cumbre estaremos en bancarrota.

—No vamos a estar en bancarrota —respondió Kael, sin levantar la vista de los mapas que estaba estudiando—. Illyana ha conseguido un préstamo de los banqueros elfos. Lo devolveremos cuando la crisis haya pasado.

—¿Un préstamo? ¿A los elfos? —Maelt palideció—. Eso nos pone en deuda con ellos. Una deuda que Sylvara no dudará en cobrarse cuando le convenga.

—Sylvara es nuestra aliada. No va a traicionarnos.

—Sylvara es una política. Los políticos siempre cobran sus deudas. —Maelt dejó las facturas sobre la mesa con un golpe seco—. Majestad, sé que queréis impresionar a Varkhar. Pero no podemos arruinarnos en el intento. Si gastamos todo lo que tenemos en la cumbre, no quedará nada para la guerra. Y la guerra, creedme, es mucho más cara que la diplomacia.

—Lo sé. Pero si la cumbre tiene éxito, no habrá guerra. Y si la cumbre fracasa, el dinero será el menor de nuestros problemas. —Kael alzó por fin la vista—. Confiad en mí, Maelt. Sé lo que estoy haciendo.

—Eso mismo dijo mi hija antes de alistarse en el ejército. Y ya veis cómo terminó.

—¿Cómo terminó? Casada con el rey y esperando un heredero. No me parece un mal final.

Maelt resopló, pero no pudo evitar una sonrisa.

—Estáis imposible, majestad.

—Lo aprendí de vos.

—Debí haberos enseñado menos.

A pesar de las tensiones financieras, los preparativos avanzaban. La flota de Draxcan —reforzada con los barcos elfos que Sylvara había prometido— estaría lista para zarpar en dos semanas. La delegación estaría compuesta por Kael, Lyssara, Maelt, Illyana, Lian, Theron, Aren y Kaedor, además de una escolta de cien soldados de élite y una docena de magos de batalla. Era una muestra de fuerza considerable, pero Kael sabía que no bastaba. Si Varkhar decidía atacar durante la cumbre, ni siquiera cien soldados y doce magos podrían detenerlos.

Por eso, además de los preparativos visibles, había otros que no lo eran tanto.

En las catacumbas del castillo, lejos de miradas indiscretas, un grupo de magos trabajaba en un proyecto secreto que Lian había denominado "El Escudo". Se trataba de un sortilegio de protección masiva, diseñado para envolver la Isla de los Dos Soles en una barrera mágica que impediría cualquier ataque exterior. El problema era que el sortilegio requería una cantidad ingente de energía, y los magos aún no habían encontrado la forma de canalizarla sin quemarse en el intento.

—Es como intentar contener un río con las manos —explicó Lian una noche, durante una reunión privada con Kael y Lyssara—. La energía que necesitamos es tan grande que ningún mago puede controlarla por sí solo. Necesitaríamos al menos diez magos trabajando al unísono, y aun así, el riesgo de que el sortilegio colapse es muy alto.

—¿Hay alguna alternativa? —preguntó Kael.

—Sí. Pero no os va a gustar.

—Habla.

—Los antiguos construyeron artefactos capaces de almacenar energía mágica durante siglos. La Corona de Sangre era uno de ellos. Pero la destruisteis. Sin embargo, hay otros. Los archivos mencionan un objeto llamado el Corazón de Eryndor, que según las leyendas fue creado por el primer Kraxter para proteger Draxcan de sus enemigos.

—¿Y dónde está ese Corazón?

—Ese es el problema. Nadie lo sabe. Los archivos dicen que fue escondido en algún lugar del castillo, pero no especifican dónde. Podría estar en cualquier parte: en una cámara secreta, en un pasadizo oculto, en una tumba olvidada. Encontrarlo llevaría semanas. Meses, quizás.

—No tenemos meses. Tenemos dos semanas.

—Lo sé. Por eso no os lo había mencionado antes. Pero si queréis una alternativa al Escudo, el Corazón de Eryndor es la única opción.

Kael meditó unos segundos.

—Busca ese Corazón —dijo al fin—. Utiliza todos los recursos que necesites. Magos, exploradores, lo que sea. Si existe, quiero que lo encontréis antes de que zarpemos.




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