La travesía hacia la Isla de los Dos Soles se prolongó durante dieciocho días. Fueron días de calma tensa, de reuniones interminables en el camarote del capitán, de mapas extendidos sobre mesas de roble y de discusiones que se alargaban hasta bien entrada la noche. La flota de Draxcan, reforzada por los navíos elfos que Sylvara había enviado desde Lythara, avanzaba en formación compacta, con las galeras de guerra protegiendo los flancos y los transportes de tropas en el centro. El mar interior estaba en calma, como si las aguas mismas contuvieran la respiración a la espera de lo que estaba por venir.
Kael Kraxter pasaba la mayor parte del tiempo en cubierta, contemplando el horizonte. El aire salino le despejaba la mente, y el rumor de las olas contra el casco le recordaba los días de su infancia, cuando soñaba con viajar más allá de las murallas de Draxcan y ver el mundo con sus propios ojos. Ahora que ese sueño se había cumplido —ahora que surcaba el mar hacia un encuentro que decidiría el destino de dos continentes—, sentía una nostalgia extraña por aquellos tiempos de inocencia. Entonces era un sirviente que servía desayunos y soñaba con ser invisible. Ahora era un rey que cargaba sobre sus hombros el peso de todo un reino. La paradoja no se le escapaba.
—Deberías comer algo —dijo Lyssara, acercándose por detrás. El viento le alborotaba el cabello cobrizo, y su vestido de viaje —una túnica azul marino con bordados plateados— ondeaba suavemente. Su vientre, ahora visible bajo la tela, le daba un aire de vulnerabilidad que contrastaba con la espada que seguía llevando al cinto—. Llevas horas aquí de pie. Marta me ha dicho que si no te alimento, me cortará el suministro de pasteles.
—Marta no haría eso. Te quiere demasiado.
—Marta quiere al bebé. Yo soy sólo el recipiente. —Lyssara sonrió y le tendió una manzana—. Come. Por el bebé, al menos.
Kael tomó la manzana y le dio un mordisco. El sabor dulce le recordó los huertos del castillo, donde de niño solía esconderse para leer los libros que tomaba prestados de la biblioteca sin permiso.
—¿En qué piensas? —preguntó Lyssara, apoyándose en la barandilla junto a él.
—En el pasado. En cómo era mi vida antes de todo esto. Antes de saber quién era. Antes de conocerte.
—¿Y qué ves?
—Veo a un muchacho asustado que no sabía nada del mundo. Que creía que su mayor ambición era ser un buen sirviente y pasar desapercibido. —Kael mordió la manzana de nuevo—. A veces me gustaría volver a ser ese muchacho. Sólo por un día.
—No puedes. Ya no eres él. Eres Kael Kraxter, rey de Draxcan, esposo de la comandante más mandona del ejército y futuro padre de un heredero. —Lyssara le dio un codazo suave—. No está mal para un sirviente.
—No. No está mal. —Kael la miró—. ¿Tú no echas de menos tu vida anterior? Cuando eras una simple soldado y no tenías que preocuparte por reinos ni imperios.
—A veces. Pero luego recuerdo todo lo que hemos conseguido. Las personas que hemos salvado. Las injusticias que hemos corregido. Y sé que no cambiaría nada de lo que hemos hecho.
—Ni siquiera las batallas perdidas. Ni los amigos que se quedaron por el camino.
—Especialmente ésos. Porque cada batalla, cada pérdida, nos ha traído hasta aquí. Hasta este momento. Hasta este barco, navegando hacia lo desconocido. —Lyssara le tomó la mano—. Kael, pase lo que pase en la cumbre, quiero que sepas que no me arrepiento de nada. De haberte conocido, de haberme casado contigo, de llevar a tu hijo en mi vientre. Ha sido el viaje más difícil de mi vida, pero también el más hermoso.
—Eres muy cursi para ser una comandante.
—Soy una comandante embarazada. Las hormonas me dan derecho a ser cursi.
Ambos rieron. Fue una risa breve, pero suficiente para aliviar la tensión de los últimos días. Luego, Lyssara se puso seria.
—Kael, hay algo que quería decirte. Sobre la cumbre.
—Adelante.
—He estado pensando en lo que haré cuando lleguemos a la isla. En cuál será mi papel. Y he decidido que no voy a quedarme en el barco mientras vosotros negociáis.
—Lyssara...
—Déjame terminar. Sé que estoy embarazada. Sé que debo tener cuidado. Pero también sé que soy la comandante del ejército de Draxcan. Mi presencia en esa cumbre es importante. Si me quedo atrás, los otros reinos pensarán que soy débil. Y Varkhar pensará que Draxcan es vulnerable.
—Eso es un riesgo.
—Lo es. Pero es un riesgo que estoy dispuesta a correr. Por el reino. Por nuestro hijo. Por ti. —Lyssara lo miró fijamente—. No voy a esconderme, Kael. No voy a dejar que el miedo me paralice. He luchado demasiado para llegar hasta aquí.
Kael guardó silencio unos segundos. Luego, lentamente, asintió.
—De acuerdo. Pero con condiciones. Quiero que Gerik y Thalion estén a tu lado en todo momento. Y quiero que Ysilla te proteja con un escudo mágico constante. Si algo sale mal, si hay un ataque, quiero que te retires inmediatamente. Sin discutir.
—Trato hecho. Aunque eso de no discutir va a ser difícil. Ya sabes cómo soy.
—Lo sé. Por eso te lo pido.
Se besaron. El viento sopló con más fuerza, y las velas de la Estrella del Alba se hincharon como el pecho de un gigante. La isla estaba cerca. Y con ella, el destino.
La Isla de los Dos Soles apareció en el horizonte al amanecer del décimo noveno día. Era una mancha verde en medio del mar, rodeada de un anillo de playas de arena blanca que brillaban bajo la luz del sol naciente. En el centro de la isla se alzaba una colina cubierta de vegetación exuberante, y en la cima de la colina, recortado contra el cielo azul, se erguía el Templo de los Dos Soles.
Era una construcción imponente, muy distinta a todo lo que Kael había visto antes. No era un templo de piedra oscura como los de Draxcan, ni una estructura de madera viva como las de Lythara. Era un edificio de mármol blanco, con columnas estriadas que se elevaban hacia el cielo y un techo abovedado que reflejaba la luz del sol como un espejo. Las paredes estaban decoradas con relieves que representaban escenas de la mitología antigua: dioses que se estrechaban la mano, ejércitos que deponían las armas, barcos que surcaban mares desconocidos. Era un templo dedicado a la paz, construido por una civilización que ya no existía pero cuyo legado perduraba.