El senador Lian fue conducido ante Kael en el camarote principal de la Estrella del Alba pasada la medianoche. La noticia de su traición se había extendido por la flota como un reguero de pólvora, y los soldados que custodiaban al prisionero lo miraban con una mezcla de incredulidad y desprecio. Lian, el mago que había desactivado los focos de poder de Vexim Thal, el abjurador que había reforzado las defensas del castillo, el joven prodigio que había jurado lealtad a la corona con lágrimas en los ojos, era un traidor. Otro más. La enésima puñalada por la espalda en una guerra que parecía no tener fin.
El camarote estaba iluminado por farolillos mágicos que flotaban cerca del techo, y el ambiente era denso, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Kael estaba sentado tras una mesa de roble, con el rostro pétreo y las manos entrelazadas sobre la superficie. A su lado, Lyssara —que había roto su promesa de permanecer en el barco en cuanto supo la noticia— lo observaba todo con los ojos entrecerrados, la mano apoyada en la empuñadura de su espada. Detrás de ellos, Maelt, Illyana, Theron, Aren y Kaedor formaban un semicírculo silencioso. Todos querían escuchar lo que el traidor tenía que decir.
Lian estaba arrodillado en el centro del camarote, con las manos atadas a la espalda por grilletes de hierro forjado que anulaban su magia. Su túnica de senador —azul con bordados plateados— estaba manchada de arena y salitre, y su rostro, habitualmente sereno, reflejaba ahora una mezcla de miedo y resignación. No intentaba negar lo evidente. La bomba nigromántica había sido encontrada bajo la quilla del barco, envuelta en un sortilegio de ocultación que sólo un mago de su nivel podía haber tejido. Y él había sido sorprendido cuando intentaba huir en un bote hacia la flota de Varkhar.
—Lian —dijo Kael, con una voz fría que no admitía réplica—. Has sido acusado de traición, conspiración e intento de asesinato contra la corona. ¿Tienes algo que decir en tu defensa?
—No —respondió Lian, con la cabeza gacha—. No tengo defensa. Hice lo que hice. Y estoy dispuesto a asumir las consecuencias.
—¿Por qué? —preguntó Lyssara, dando un paso al frente—. ¿Por qué lo hiciste? Te dimos todo. Te elegimos para el Consejo de los Cinco cuando nadie confiaba en ti. Te tratamos como a un igual. ¿Por qué nos traicionaste?
—Porque no tenía elección. —Lian alzó la vista, y en sus ojos brillaba algo que Kael no había visto antes: no era odio, ni ambición, ni siquiera resentimiento. Era miedo. Un miedo profundo, arraigado, que le corroía desde dentro—. Varkhar me tendió una trampa. Hace meses, cuando todavía era un simple profesor en la Academia Arcana, recibí la visita de un emisario. Un hombre encapuchado que me ofreció poder, conocimiento, riquezas. Lo rechacé. Entonces él me mostró algo que me hizo cambiar de opinión.
—¿Qué te mostró? —preguntó Kael.
—Me mostró a mi hermana. —La voz de Lian se quebró—. Mi hermana pequeña, Lira. Tenía diecisiete años. Estaba estudiando en la Academia, como yo. Era una maga prometedora. El emisario me dijo que si no colaboraba con Varkhar, Lira moriría. No inmediatamente. Dijo que la harían sufrir. Que la torturarían durante semanas, quizás meses, antes de permitirle morir. Y que yo tendría que vivir con la culpa de no haberla salvado.
—¿Y le creíste? —preguntó Maelt, incrédulo—. ¿Aceptaste traicionar a tu reino porque un desconocido te amenazó?
—No era un desconocido. Era Kaelen Vor. —Lian bajó la cabeza de nuevo—. Vor me mostró pruebas de que tenían a Lira. Un mechón de su cabello. Un diario con su letra. Un sortilegio de comunicación que me permitió oír su voz suplicando que la ayudara. No era un farol. Era real.
—¿Y qué te pidieron a cambio de su vida?
—Información. Al principio, sólo información. Detalles sobre las defensas del castillo, los movimientos de tropas, los planes de la cumbre. Cosas que cualquier espía podría haber obtenido. Pero luego, cuando llegamos a la isla, Vor me pidió algo más. Me ordenó colocar la bomba bajo el barco. Dijo que era una medida de seguridad. Que si las negociaciones fracasaban, Varkhar necesitaría una ventaja táctica.
—¿Una ventaja táctica? —Kael se puso en pie—. Esa bomba podría haber destruido la flota entera. Podría haber matado a cientos de personas. A mi esposa. A mi hijo no nacido. ¿Y tú la colocaste porque un emisario te lo ordenó?
—No tuve elección. —Lian alzó la voz, desesperado—. Vor me dijo que si no obedecía, mataría a Lira delante de mí. Me dijo que me enviaría sus dedos uno a uno, cada semana, hasta que no quedara nada de ella. ¿Qué queríais que hiciera? ¿Que la dejara morir?
—Podrías haber venido a mí. Podrías haberme contado lo que estaba pasando. Habríamos encontrado una solución juntos.
—¿Solución? ¿Qué solución? Vor tiene agentes en todas partes. En Draxcan, en Lythara, en Vortham. Si yo hubiera hablado, Lira habría muerto. Y yo habría muerto poco después. No había solución. Sólo obediencia.
—Siempre hay una solución —dijo Lyssara, con frialdad—. Pero tú elegiste la más fácil. La más cobarde.
—¿Cobarde? —Lian rió amargamente—. Llevo meses sin dormir. Meses fingiendo lealtad mientras por dentro me consumía la culpa. Cada vez que os miraba a los ojos, cada vez que estrechaba vuestra mano, sentía que me moría un poco más. No soy un cobarde. Soy un hombre roto. Un hombre que sacrificó su honor para salvar a su hermana.
—¿Y dónde está tu hermana ahora? —preguntó Kael.
—No lo sé. Vor dijo que la liberaría cuando la cumbre terminara. Pero ahora que me habéis capturado... —Lian negó con la cabeza—. Ahora probablemente ya esté muerta.
Un silencio denso se instaló en el camarote. Kael miró a Lian, a aquel joven mago que había sido su aliado, y sintió una mezcla de rabia y compasión. Rabia por la traición. Compasión por el hombre destrozado que tenía delante.
—Lyssara —dijo al fin—. ¿Qué harías tú si alguien amenazara a tu familia?