The King of Kingdoms: El Heredero Oculto

Capítulo XI: La Danza de los Traidores

La incorporación del representante de Varkhar al Consejo de los Cinco no fue, como algunos esperaban, el fin de las tensiones en Draxcan, sino el comienzo de una nueva forma de conflicto. Un conflicto que no se libraba con espadas ni con sortilegios, sino con palabras, con sonrisas falsas y con alianzas que se tejían y destejen en los salones del castillo como los hilos de un tapiz envenenado. El representante imperial, un hombre de mediana edad llamado Ashkan Vor —primo del emisario Kaelen Vor, según había revelado él mismo con una sonrisa que no admitía preguntas—, había llegado a la capital una semana después de la firma del tratado, acompañado por un séquito de una docena de asesores, guardias y sirvientes. Se le había asignado una residencia en el distrito diplomático, cerca de la embajada de Lythara, y se le había concedido un asiento en la Cámara del Consejo con todos los honores.

Desde el primer día, Ashkan Vor demostró ser un político formidable. Hablaba el idioma de Daus con fluidez, conocía las costumbres de la corte, y poseía una habilidad innata para decir exactamente lo que cada persona quería escuchar. Con Maelt Rosmar se mostraba respetuoso y deferente, halagando su experiencia y su sabiduría. Con Illyana Cerevan compartía largas conversaciones sobre la cultura élfica, que afirmaba admirar profundamente. Con Theron intercambiaba citas de los textos antiguos, demostrando una erudición que sorprendió al propio original. Incluso con Lyssara, a quien evitaba en la medida de lo posible, se comportaba con una cortesía impecable.

Pero Kael no se dejaba engañar. Había aprendido a reconocer a los depredadores que se disfrazaban de corderos, y Ashkan Vor era uno de ellos. Cada una de sus palabras estaba calculada. Cada uno de sus gestos era una maniobra. Cada una de sus sonrisas ocultaba una intención. Y aunque el tratado de paz seguía en vigor, Kael sabía que aquello era sólo una tregua. Una tregua que Varkhar aprovecharía para estudiar las debilidades de Draxcan y preparar el siguiente golpe.

Aquella mañana, el Consejo de los Cinco se reunió para discutir un asunto que había generado una controversia inesperada: la solicitud de Ashkan Vor de que se permitiera a los ciudadanos de Varkhar residir en Draxcan sin restricciones, como parte del acuerdo de libre circulación estipulado en el tratado.

—Es una cuestión de coherencia —explicó Ashkan, con su tono pausado y razonable—. Si queremos que nuestros pueblos comercien y colaboren, debemos permitir que se muevan libremente entre ambos continentes. De lo contrario, el tratado no será más que papel mojado.

—El tratado estipula la libre circulación de mercancías —replicó Maelt—. No de personas. Permitir que ciudadanos de Varkhar residan en Draxcan sin control sería abrir la puerta a espías, agentes y conspiradores.

—Senador Rosmar, me ofende que penséis que mis compatriotas son todos espías. Somos un pueblo pacífico, como bien sabéis.

—Lo que sé es que vuestro primo, Kaelen Vor, nos dio un ultimátum hace apenas unos meses. Y que uno de vuestros agentes manipuló al senador Lian para que colocara una bomba bajo nuestro barco. ¿Llamáis a eso paz?

—Lian fue un caso aislado. Un error que mi emperador lamenta profundamente. —Ashkan se inclinó hacia adelante—. Pero no podemos juzgar a todo un imperio por las acciones de unos pocos. ¿Acaso vosotros juzgáis a todos los humanos por las acciones de los Vehl? ¿O a todos los Elemens por las acciones de los rebeldes?

—Eso es diferente.

—No. No lo es. Es exactamente lo mismo. —Ashkan sonrió—. Veréis, senador, yo no estoy aquí para imponer nada. Estoy aquí para colaborar. Para construir puentes. Pero si cada propuesta que hago es recibida con sospechas y acusaciones, me temo que esos puentes nunca se construirán.

—Mi padre tiene razón —intervino Lyssara, que asistía a la sesión desde una silla cercana a Kael. Su vientre, cada vez más prominente, le impedía permanecer de pie durante largos períodos—. No podemos permitir la entrada de ciudadanos de Varkhar sin ningún control. Pero tampoco podemos rechazar la propuesta sin más. Propongo un término medio: que se permita la residencia a aquellos ciudadanos de Varkhar que soliciten un permiso especial, y que ese permiso sea revisado por el Consejo de forma individual.

—Eso es razonable —dijo Illyana—. Un sistema de visados, como el que utilizamos con los elfos de Lythara.

—A mí me parece bien —añadió el senador Lian, que había sido liberado temporalmente de su arresto para asistir a la sesión, aunque seguía bajo vigilancia—. Es una forma de controlar quién entra sin cerrar la puerta por completo.

—¿Y vos, Ashkan? —preguntó Kael—. ¿Aceptaríais ese sistema?

—Por supuesto, majestad. Es más de lo que esperaba. —Ashkan inclinó la cabeza—. Veo que vuestra esposa es una negociadora formidable. Deberíais escucharla más a menudo.

—Lo hago. Pero no se lo digo. Tiene el ego demasiado grande.

Lyssara puso los ojos en blanco, y una risa contenida recorrió la sala. Incluso Maelt esbozó una sonrisa.

—Entonces, queda aprobado —concluyó Kael—. El sistema de visados entrará en vigor a partir de la próxima luna llena. Mientras tanto, cualquier ciudadano de Varkhar que desee residir en Draxcan deberá solicitar un permiso especial al Consejo.

—Gracias, majestad. —Ashkan se puso en pie—. Es un primer paso. Un pequeño paso, pero significativo. Estoy seguro de que mi emperador estará complacido.

—Eso espero. Porque si no lo está, tendremos un problema.

—No habrá problemas. Os lo aseguro.

La sesión se levantó. Mientras los senadores se retiraban, Kael se quedó un momento más en la sala, contemplando el mapa del continente. Lyssara se acercó a él.

—Has manejado bien la situación.

—Gracias. Pero no me fío de Ashkan.

—Yo tampoco. Pero al menos hemos conseguido un sistema de control. Eso nos da tiempo.

—¿Tiempo para qué?

—Para averiguar qué está tramando. —Lyssara bajó la voz—. He ordenado a Gerik que siga a Ashkan discretamente. Que averigüe con quién se reúne, qué mensajes envía, qué planes oculta.




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