The King of Kingdoms: El Heredero Oculto

Capítulo XII: La Noche de la Luna de Sangre

La luna de sangre se alzó sobre Draxcan como un presagio funesto, tiñendo los tejados de la ciudad con un resplandor cobrizo que los más supersticiosos interpretaron como un anuncio de desgracias. Los augures del distrito mago habían pronosticado el eclipse con meses de antelación, pero sus cálculos no incluían lo que aquella noche traería consigo: el nacimiento del heredero de Draxcan y, si los dioses lo permitían, el fin de la conspiración que amenazaba con destruir el reino desde dentro. La coincidencia de ambos eventos —el celestial y el terrenal— no había pasado desapercibida para nadie. En las tabernas se murmuraba que el niño que naciera bajo la luna de sangre estaría marcado por el destino. En los templos se rezaba para que los dioses protegieran a la comandante y a su hijo nonato. Y en las sombras, los conspiradores afilaban sus cuchillos.

Kael Kraxter no había dormido en tres días. Desde que Gerik descubriera la reunión secreta entre el conde Merrick y Ashkan Vor, el rey había trabajado sin descanso para preparar la trampa que, si todo salía según lo previsto, desmantelaría la conspiración de un solo golpe. Se habían reforzado las guardias en puntos estratégicos, se habían apostado arqueros en las torres de vigilancia, se habían sellado los pasadizos subterráneos que conectaban el castillo con la ciudad. Los magos de batalla, bajo el mando de Ysilla, habían tejido sortilegios de detección alrededor de las murallas, y los soldados leales a la corona —seleccionados personalmente por Lyssara entre los veteranos de las guerras anteriores— patrullaban los pasillos con órdenes de no confiar en nadie que no pudiera identificarse.

Pero la verdadera trampa no estaba en las murallas ni en los sortilegios. Estaba en la información falsa que Aren Elmer había filtrado cuidadosamente a través de los contactos de Merrick: el rey, según aquellos rumores, había concentrado todas sus fuerzas en el ala este del castillo, dejando el ala oeste prácticamente desprotegida. Era una mentira, por supuesto. El ala oeste estaba defendida por un batallón completo de infantería, oculto en las bodegas y los sótanos, esperando la señal para atacar. Pero los conspiradores no lo sabían. Y cuando intentaran tomar el castillo por el flanco supuestamente débil, se encontrarían con una sorpresa.

—Es un plan sólido —dijo Maelt Rosmar, revisando los mapas por enésima vez en la sala de guerra—. Pero depende de que Merrick muerda el anzuelo. Si sospecha algo, podría cancelar el ataque.

—No lo cancelará —respondió Kael—. Merrick es ambicioso, pero no es listo. Lleva meses esperando este momento. No va a dejarlo pasar por una corazonada.

—¿Y Ashkan Vor? Si el representante de Varkhar está implicado, podríamos tener un conflicto diplomático.

—Ashkan Vor será capturado junto con Merrick. Tengo testigos que lo vieron reunirse con él. Tengo documentos que prueban su implicación. Cuando todo esto termine, Varkhar tendrá que elegir: desautorizar a su representante o admitir que conspiró contra nosotros. En cualquier caso, el tratado se mantendrá. No pueden permitirse romperlo sin parecer los agresores.

—Eso espero. Porque si el emperador decide atacar...

—No lo hará. El emperador es muchas cosas, pero no es estúpido. Sabe que una guerra abierta costaría miles de vidas. Prefiere ganar mediante la intriga lo que no puede ganar mediante la fuerza.

—Eso es lo que me preocupa. La intriga es su terreno. No el nuestro.

—Entonces tendremos que aprender a jugar en su terreno. —Kael se giró hacia Gerik—. ¿Cómo está Lyssara?

—Descansando, majestad. Los sanadores dicen que el parto podría producirse en cualquier momento. Han preparado la cámara de nacimiento en el ala este, tal como ordenasteis.

—Bien. Quiero que Thalion y Ysilla estén con ella en todo momento. Si algo sale mal...

—No saldrá mal, majestad. La comandante es fuerte. Y el bebé también.

—Lo sé. Pero no puedo evitar preocuparme. —Kael se pasó la mano por el rostro, cansado—. Esta noche, mientras yo esté aquí dirigiendo la defensa, Lyssara estará sola. Dando a luz a nuestro hijo. Y yo no podré estar con ella.

—Ella lo entiende, majestad. Es una soldado. Sabe cuál es su deber.

—Sí. Pero no es su deber lo que me preocupa. Es... —Kael negó con la cabeza—. No importa. Concéntrate en la misión. Cuando Merrick ataque, quiero que lo capturemos vivo. Necesito que confiese. Necesito que nombre a todos sus cómplices.

—Así se hará, majestad.

Gerik salió de la sala. Kael se quedó solo, contemplando el mapa. La luna de sangre brillaba a través de la ventana, bañando los pergaminos con su luz cobriza. En algún lugar del castillo, Lyssara estaba dando a luz. Y él no podía estar con ella.

—Pronto —murmuró—. Pronto habrá terminado.

En el ala este del castillo, en una cámara que había sido acondicionada como sala de partos, Lyssara Rosmar luchaba contra un dolor que no se parecía a ninguno de los que había experimentado en el campo de batalla. No era el dolor limpio de una herida de espada, ni el dolor sordo de una flecha en el hombro. Era un dolor profundo, primitivo, que le recorría todo el cuerpo como olas de fuego. Las contracciones se sucedían cada pocos minutos, y cada una de ellas le arrancaba un gemido que intentaba contener apretando los dientes.

—Respire, comandante —dijo la matrona, una mujer mayor de manos firmes y voz tranquila—. El bebé está bien posicionado. Sólo falta que termine de descender.

—¿Cuánto... cuánto falta? —preguntó Lyssara, con la respiración entrecortada.

—No mucho. Una hora, quizás dos. Es vuestro primer parto. Lleva tiempo.

—No tengo tiempo. Ahí fuera hay una batalla.

—La batalla puede esperar. Vuestro hijo no.

Lyssara maldijo entre dientes. Thalion y Ysilla estaban apostados junto a la puerta, con las armas preparadas y los sentidos alerta. Ambos habían jurado proteger a la comandante con sus vidas, y Lyssara sabía que cumplirían su palabra. Pero la idea de estar atrapada en una cama mientras su esposo y sus amigos luchaban le resultaba insoportable.




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