Las celebraciones por el nacimiento del heredero duraron tres días y tres noches. Las campanas del Templo de los Originales repicaron sin cesar, las fuentes de los cinco distritos se llenaron de vino en lugar de agua —un gesto de generosidad real que había sugerido Illyana y que Kael había aceptado a regañadientes, consciente de que las arcas del reino no estaban para dispendios—, y los ciudadanos bailaron en las plazas hasta que los pies les dolieron. Era una alegría genuina, espontánea, de esas que sólo se producen cuando un pueblo ha sufrido tanto que cualquier motivo de esperanza se aferra al corazón como un náufrago a una tabla. El heredero de Draxcan, el pequeño Lucian Kraxter, había nacido bajo la luna de sangre, sí, pero también había nacido en un momento de victoria. La conspiración de Merrick y Ashkan Vor había sido desmantelada, los traidores estaban en las mazmorras, y la paz con Varkhar —por frágil que fuera— seguía en vigor.
Pero Kael Kraxter no era hombre de celebraciones. Apenas asistió a los banquetes oficiales, delegando en Maelt y en Illyana la tarea de entretener a los nobles y a los embajadores extranjeros. Pasaba la mayor parte del tiempo en los aposentos reales, junto a Lyssara y el pequeño Lucian, disfrutando de una paz doméstica que nunca había conocido y que le sabía a gloria. Ver a su hijo dormir en la cuna que Beren había mandado construir —una obra maestra de carpintería élfica con incrustaciones de nácar—, ver a Lyssara amamantarlo con una torpeza tierna que contrastaba con su destreza en el campo de batalla, era para él un bálsamo que ninguna medicina podría igualar.
—Tienes que volver al trabajo —le dijo Lyssara una mañana, mientras Lucian dormía plácidamente tras una larga sesión de llanto—. Llevas tres días encerrado aquí. El reino te necesita.
—El reino puede esperar. Mi hijo acaba de nacer.
—Tu hijo estará aquí cuando vuelvas. Pero los prisioneros no van a juzgarse solos. Merrick y Ashkan siguen en las mazmorras. El Consejo espera tu decisión.
—¿Qué decisión? Son traidores. Serán juzgados y ejecutados.
—No es tan simple. Ashkan es un representante diplomático. Si lo ejecutamos, Varkhar podría considerarlo un acto de guerra. Y Merrick tiene aliados poderosos que aún no han sido desenmascarados. Si lo matamos sin un juicio justo, podríamos crear mártires.
—Entonces, ¿qué sugieres? ¿Un juicio público?
—Sí. Un juicio que demuestre al mundo que Draxcan es un reino de leyes, no de venganzas. Que los traidores sean condenados con pruebas, no con rumores. Y que Varkhar vea que su representante conspiró contra nosotros y que, aun así, lo tratamos con justicia.
—Eso es muy razonable. ¿Lo ha sugerido tu padre?
—No. Lo he sugerido yo. —Lyssara sonrió—. Últimamente estoy muy razonable. Debe ser la maternidad.
—La maternidad te sienta bien.
—Eso dice Marta. Pero también dice que estoy demasiado delgada y que debería comer más. Me ha enviado una bandeja de pasteles que no podré terminar ni en un mes.
—Marta siempre se preocupa por todos.
—Lo sé. Por eso la quiero. —Lyssara se levantó de la cama con cuidado y se acercó a la cuna. Contempló a Lucian durante unos segundos, con una expresión de asombro que aún no había desaparecido de su rostro—. Es tan pequeño. Tan frágil. Y sin embargo, Theron dice que es la criatura más poderosa que ha existido en siglos.
—Theron exagera. Es un bebé. Un bebé que llora, come y duerme. Como todos los bebés.
—No. Theron no exagera. Lo he visto en sus ojos. El anillo dorado. La forma en que la luz parece... responder a su presencia. El otro día, cuando lloraba, las velas de la habitación se apagaron solas. Y cuando se calmó, volvieron a encenderse.
—Eso pudo ser una corriente de aire.
—No. Fue él. Lo sé. —Lyssara se giró hacia Kael—. Nuestro hijo es el Heredero Oculto. El Nexo. El que llevará la sangre de ambos mundos. Tenemos que protegerlo. Pero también tenemos que prepararlo. Educarlo para que use su poder con sabiduría.
—Lo haremos. Juntos. Como siempre.
—Juntos. —Lyssara volvió a la cama y se sentó junto a Kael—. Pero antes, tienes que juzgar a los traidores. Es tu deber como rey.
—Lo sé. —Kael suspiró—. Está bien. Mañana convocaré el juicio. Pero prométeme que estarás allí. A mi lado.
—Lo estaré. Siempre.
El juicio de los traidores se celebró en el Salón de las Columnas, el mismo lugar donde Kael había sido proclamado rey hacía apenas un año. Era una elección deliberada: aquel salón era el corazón simbólico del reino, y juzgar allí a los enemigos de Draxcan era una declaración de intenciones. La justicia no se escondía en sótanos oscuros. La justicia se ejercía a plena luz, ante los ojos de todos.
Las galerías estaban abarrotadas. Nobles, comerciantes, soldados, magos, elfos, Elemens, humanos y originales se apiñaban en los bancos de madera, murmurando entre ellos mientras esperaban el inicio de la sesión. Los estandartes de los cinco distritos colgaban de las columnas, y en el estrado principal, Kael ocupaba el trono de obsidiana con la Corona de Sangre —reconstruida por los magos de Lian a partir de los fragmentos que habían quedado tras la destrucción de la original— sobre su frente. No era la misma corona que había heredado de sus ancestros, pero era un símbolo. Un símbolo de que los Kraxter seguían gobernando. Un símbolo de que Draxcan no se doblegaba.
A su lado, Lyssara estaba sentada en una silla de respaldo alto, con Lucian en brazos. El bebé dormía plácidamente, ajeno al drama que se desarrollaba a su alrededor. Su presencia era otra declaración de intenciones: el heredero de Draxcan estaba allí, en el centro del poder, protegido por sus padres y por la guardia real. Nadie podría hacerle daño.
En el banquillo de los acusados, el conde Merrick y Ashkan Vor aguardaban de pie, flanqueados por guardias. Merrick estaba pálido y demacrado, con el hombro vendado donde Aren le había disparado. Su arrogancia habitual había desaparecido, reemplazada por un miedo apenas disimulado. Ashkan, por el contrario, mantenía su eterna sonrisa enigmática, como si todo aquello —el juicio, las acusaciones, la posible condena a muerte— no fuera más que un trámite molesto.