The King of Kingdoms: El Heredero Oculto

Capítulo XIV: Las Cenizas de Vortham

La muerte de Kaedor Lasmec golpeó a Draxcan con la fuerza de un martillo sobre un yunque. No porque el comerciante fuera una figura popular —nunca lo había sido, y su historial de traiciones y lealtades cambiantes le había granjeado tantos enemigos como aliados—, sino porque su asesinato demostraba algo que todos temían pero que pocos se atrevían a admitir: la conspiración no había terminado. El golpe de Merrick, la captura de Ashkan Vor, la desarticulación de la red de espías... todo aquello no eran más que las ramas de un árbol cuyo tronco seguía intacto, hundiendo sus raíces en algún lugar oscuro e inalcanzable.

Kael Kraxter ordenó que se guardara un día de luto oficial —no por Kaedor, aclaró ante el Consejo, sino por todas las víctimas de la conspiración que aún no habían encontrado justicia— y envió a Aren Elmer a Vortham con instrucciones precisas: encontrar lo que Kaedor había encontrado, seguir el rastro de su asesino, y regresar con respuestas. Aren partió aquella misma tarde, acompañado por una pequeña escolta y por Ysilla, cuyos sortilegios de detección podían revelar huellas mágicas invisibles para el ojo humano. La misión era peligrosa —Vortham seguía siendo un hervidero de facciones enfrentadas, y los aliados de los Vehl aún tenían influencia en la Academia Arcana—, pero Aren había insistido en ir personalmente.

—Kaedor era muchas cosas —dijo antes de partir, ajustándose las correas de la mochila—, pero no era estúpido. Si alguien lo mató, es porque estaba a punto de descubrir algo importante. Algo que podría ayudarnos. Le debo esto.

—No le debes nada —respondió Kael—. Kaedor te manipuló, te utilizó y te traicionó.

—Lo sé. Pero también me enseñó que la redención es posible. Y si no investigo su muerte, ¿quién lo hará?

Kael no insistió. Aren había cambiado mucho desde los días oscuros en que conspiraba con Loric Elmer y Francesca. Ya no era el joven diplomático atormentado por la culpa y la ambición. Era un hombre que había encontrado su lugar en el mundo, y ese lugar estaba al servicio de Draxcan. Dejar que investigara la muerte de Kaedor no era sólo una decisión práctica; era un acto de confianza. Y Kael había aprendido que la confianza, aunque arriesgada, era el cimiento sobre el que se construía todo lo demás.

Mientras Aren cabalgaba hacia el norte, el castillo de Draxcan se sumió en una calma tensa. Las heridas del golpe de Merrick aún estaban frescas: varios edificios del ala oeste habían sufrido daños durante los combates, y una docena de soldados leales habían perdido la vida defendiendo las murallas. Sus nombres fueron inscritos en el Libro de los Caídos del Templo de los Originales, y sus familias recibieron pensiones vitalicias de la corona. Pero el ambiente no era de luto, sino de alerta. Todos sabían que aquello no había terminado.

Lucian Kraxter crecía con una rapidez que asombraba a los sanadores. Apenas tenía tres semanas, y ya sostenía la cabeza por sí mismo, seguía los movimientos con la mirada y emitía gorjeos que parecían responder a las voces de sus padres. Sus ojos, aquellos ojos verdes con el anillo dorado que tanto intrigaba a Theron, brillaban con una inteligencia precoz que inquietaba a quien lo observaba. No era normal. Nada en aquel niño era normal.

—El Nexo se está estabilizando —explicó Theron una tarde, mientras examinaba al bebé en los aposentos reales—. Vuestras meditaciones durante el embarazo han dado resultado, comandante. El poder del niño fluye con suavidad, sin desbordarse. Pero a medida que crezca, necesitará más entrenamiento.

—¿Qué tipo de entrenamiento? —preguntó Lyssara, que sostenía a Lucian en brazos mientras el anciano original le pasaba un cristal de detección por la frente.

—Ejercicios de concentración. Canalización de energía. Control emocional. Lo mismo que habéis practicado vos, pero adaptado a un niño. Empezaremos con juegos: hacer flotar plumas, encender velas con la mente, cosas así. Cuando sea mayor, pasaremos a ejercicios más avanzados.

—¿Y si no quiere entrenar? ¿Y si quiere ser un niño normal?

—No puede ser un niño normal, comandante. Es un Nexo. Su destino está marcado. —Theron guardó el cristal y miró a Lyssara con sus ojos grises—. Pero eso no significa que no pueda ser feliz. Vuestro amor, el amor de su padre, será su ancla. Mientras se sienta querido, su poder no lo consumirá.

—Eso espero. Porque si algo le pasa...

—No le pasará nada. Está protegido. Por vos, por el rey, por todos los que lucharon para que él pudiera nacer. —Theron hizo una pausa—. Pero hay algo que debéis saber. Algo que no os he contado.

—¿Qué?

—La profecía. La que encontró Elyse en los archivos. Habla del Heredero Oculto, sí. Pero también habla de una prueba. Una prueba que el Heredero deberá superar cuando alcance la madurez. Si la supera, unirá los mundos. Si fracasa... los destruirá.

—¿Qué clase de prueba?

—No lo sé. Los textos son vagos. Sólo dicen que "el Heredero se enfrentará a la Sombra y deberá elegir entre el poder y el amor". —Theron la miró gravemente—. Esa elección definirá el destino de ambos continentes.

—¿Y si elige mal?

—Entonces, comandante, todo lo que habéis construido se desmoronará. Draxcan, Daus, Varkhar... todo arderá.

Lyssara apretó a Lucian contra su pecho. El bebé, ajeno a la conversación, emitió un leve gorjeo y le agarró un mechón de cabello con su pequeña mano.

—No va a elegir mal —dijo Lyssara con firmeza—. Porque yo estaré allí para asegurarme de que no lo haga.

—Eso espero. Por el bien de todos.

En Vortham, Aren y Ysilla llegaron al anochecer del quinto día. La capital del reino de los magos era una ciudad de contrastes: torres de cristal que se elevaban hacia el cielo junto a callejones oscuros donde la magia prohibida se vendía al mejor postor. La Academia Arcana, antaño un faro de conocimiento, seguía dividida por las heridas de la guerra civil que había enfrentado a moderados y radicales. Los primeros, liderados por el Archimago Valen, apoyaban la alianza con Draxcan. Los segundos, refugiados en las catacumbas, seguían siendo leales a la memoria de los Vehl.




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