The King of Kingdoms: El Heredero Oculto

Capítulo XV: El Despertar de la Sombra

La expedición hacia Vortham se organizó con una velocidad que habría sido imposible apenas un año atrás. En menos de dos horas, Kael había reunido a un centenar de soldados de élite, dos docenas de magos de batalla y un pequeño séquito de oficiales entre los que se encontraban Gerik, Thalion, Brenna y Hurón. Los veteranos de las guerras anteriores, aquellos que habían sobrevivido a las catacumbas del castillo, al asedio de la Ciudadela de los Ecos y a la noche de la luna de sangre, formaban el núcleo de la fuerza expedicionaria. Eran hombres y mujeres que ya no temían a la muerte, porque la habían visto demasiadas veces de cerca. Hombres y mujeres que seguían a Kael Kraxter no por deber ni por lealtad a la corona, sino porque creían en él. Porque les había demostrado, una y otra vez, que era un rey por el que valía la pena luchar.

La flotilla partió del puerto de Draxcan al anochecer, con las velas hinchadas por un viento favorable que los marineros atribuyeron a la bendición de los dioses. Eran cinco barcos en total: tres galeras de guerra, un transporte de tropas y la Estrella del Alba, que una vez más servía como nave capitana. El capitán Aerendyl, con su eficiencia élfica habitual, había trazado una ruta que bordeaba la costa norte, evitando las corrientes traicioneras del mar interior. Si los vientos se mantenían, llegarían a Vortham en cuatro días.

Kael pasó la primera noche de la travesía en cubierta, contemplando las estrellas. El mensaje de Aren resonaba en su mente como un eco persistente: "La Sombra existe. Es un Nexo corrompido. Y quiere a Lucian." Su hijo. Su heredero. El pequeño ser de piel arrugada y ojos dorados que dormía plácidamente en los brazos de Lyssara. La idea de que algo tan antiguo y oscuro quisiera arrebatárselo le producía una furia fría, una determinación que no había sentido desde los días en que perseguía a los asesinos de su familia. Pero también sentía miedo. Un miedo profundo, visceral, que le atenazaba el estómago como un puño de hierro.

—No deberías estar aquí solo —dijo una voz a su espalda. Era Gerik, que se había acercado sigilosamente con dos tazas de infusión caliente—. Hace frío. Y tienes cara de no haber dormido en una semana.

—No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, veo a Lucian.

—Lucian está a salvo. Tiene a Lyssara, a Maelt, a toda la guardia real protegiéndolo. No le pasará nada.

—Eso mismo pensé cuando dejé a Lyssara en Draxcan durante la cumbre. Y casi la pierdo.

—Pero no la perdiste. Y ahora tampoco perderás a tu hijo. —Gerik le tendió una taza—. Bebe. Es una infusión de hierbas que preparaba mi madre. Sabe a rayos, pero ayuda a calmar los nervios.

Kael tomó la taza y bebió un sorbo. Era amarga, efectivamente, pero el calor le reconfortó el estómago.

—Gerik, ¿tú crees en el destino?

—¿En el destino? No sé. He visto demasiadas cosas raras como para descartarlo. Pero también he visto a gente corriente hacer cosas extraordinarias sin que ningún destino se lo dictara. Como tú, por ejemplo.

—Yo no soy extraordinario.

—Eras un sirviente que servía desayunos. Ahora eres un rey que ha derrotado a nigromantes, desenmascarado a traidores y negociado con emperadores. Si eso no es extraordinario, no sé lo que es.

—Todo eso lo hice con ayuda. Con tu ayuda. Con la de Lyssara. Con la de todos vosotros.

—Exacto. No estás solo, Kael. Nunca lo has estado. Y esta vez tampoco lo estarás. Vamos a entrar en esa maldita catacumba, vamos a destruir a esa Sombra o lo que sea, y vamos a volver a casa con nuestros hijos. Bueno, tú con tu hijo. Yo aún no tengo.

—¿Te gustaría tener?

—Algún día. Cuando todo esto termine. Cuando encuentre a una mujer que me aguante. —Gerik sonrió—. Brenna dice que soy imposible.

—Brenna dice eso de todos.

—Sí, pero de mí lo dice con más énfasis.

Kael esbozó una sonrisa cansada. Luego se puso serio.

—Gerik, si algo me pasa...

—No te pasará nada.

—Pero si me pasa. Quiero que protejas a Lucian. Que le enseñes a luchar, a gobernar, a ser un buen rey. Lyssara será una madre maravillosa, pero necesitará ayuda. Alguien en quien confiar.

—Eso suena a despedida.

—No lo es. Es una precaución. He aprendido que en la guerra, las precauciones nunca sobran.

—Está bien. Si algo te pasa —que no te pasará—, cuidaré de tu hijo como si fuera mío. Te lo juro.

—Gracias, Gerik. Eres un buen amigo.

—No me las des. Sólo asegúrate de no morirte. No quiero tener que explicarle a Lyssara por qué dejé que te mataran.

—Eso sería una conversación muy desagradable.

—Lo sé. Por eso no pienso tenerla.

Ambos rieron. Luego se quedaron en silencio, contemplando el mar bajo la luz de las estrellas.

La travesía fue más rápida de lo previsto. Los vientos favorables impulsaron las velas durante tres días y tres noches, y al amanecer del cuarto día, las torres de cristal de Vortham aparecieron en el horizonte. Pero algo había cambiado. Las torres, que habitualmente brillaban con la luz de los sortilegios que las protegían, estaban oscuras. Una columna de humo negro se elevaba desde el centro de la ciudad, y el resplandor anaranjado de varios incendios teñía el cielo de tonos apocalípticos.

—Por los dioses —murmuró Gerik, contemplando la escena desde la proa—. ¿Qué ha pasado aquí?

—La Sombra —respondió Kael—. Ha despertado.

La flotilla atracó en el puerto, que estaba sorprendentemente desierto. No había guardias en los muelles, ni marineros en los barcos, ni comerciantes en los almacenes. Sólo silencio. Un silencio denso, opresivo, que envolvía la ciudad como un sudario.

—Desplegad a los soldados —ordenó Kael, desenvainando su espada—. Quiero un perímetro defensivo alrededor del puerto. Los magos, conmigo. Vamos a buscar a Aren.

—¿Y si no lo encontramos? —preguntó Gerik.

—Lo encontraremos. Tiene que estar vivo.

Avanzaron por las calles vacías, esquivando los escombros y los cadáveres que encontraban a su paso. Los cuerpos de los ciudadanos de Vortham yacían en las aceras, con los rostros congelados en expresiones de terror. No presentaban heridas visibles, pero su piel estaba grisácea, como si alguien les hubiera drenado la vida. El mismo efecto que producía la magia nigromántica. El mismo efecto que había visto en las víctimas de Zareth.




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