El Castillo Dracking se alzaba sobre el Distrito Imperial como una bestia de piedra negra y plata, sus torres perforando las nubes bajas que siempre rodeaban la capital de Draxcan. Tilio había aprendido a leer el cielo de la ciudadela antes de aprender a leer las palabras escritas en los pergaminos que limpiaba cada mañana. Cuando las nubes se teñían de ámbar al amanecer, significaba que los hornos de los herreros del Distrito Original estaban trabajando a plena capacidad. Cuando se volvían grises y pesadas, la lluvia caería antes del mediodía, convirtiendo los patios de adoquines en espejos resbaladizos donde los soldados caían durante los entrenamientos.
Tilio sostenía la escoba de cerdas duras contra el pecho, observando el horizonte desde la ventana estrecha del pasillo este del ala del Senado. Tenía diecinueve años, pero sus manos ya mostraban las marcas de ocho años de servicio en el castillo: callos en las palmas, cicatrices finas en los nudillos por los bordes afilados de los pergaminos antiguos, y una mancha oscura y permanente de tinta en el dedo índice derecho que ninguna cantidad de lejía podía eliminar. Su uniforme de lana gris le colgaba de los hombros, demasiado grande para su complexión delgada, pero era el único que le habían dado cuando ascendió de ayudante de cocina a limpiador de archivos.
El pasillo olía a cera de abejas y a polvo centenario. Cada mañana, antes de que los senadores llegaran para sus sesiones, Tilio recorría los corredores con su cubo de agua jabonosa y sus trapos limpios, frotando las manchas invisibles que dejaban las capas de seda y terciopelo de los nobles. Había aprendido que los senadores humanos dejaban manchas de vino tinto en los reposabrazos de los bancos de roble. Los senadores magos dejaban residuos de polvo brillante de sus hechizos de iluminación. Los senadores elfos, con su gracia natural, apenas dejaban rastro, salvo el leve olor a hojas de jazmín que siempre los acompañaba. Y los senadores elemens... Tilio se detuvo en la puerta de la cámara principal del Senado, su escoba temblando ligeramente en sus manos.
Los elemens dejaban calor. Un calor persistente y seco que hacía que la madera de los asientos se agrietara después de años de uso, que las velas de sebo se derritieran más rápido cuando se sentaban cerca, y que las flores en los jarrones de cristal se marchitaran en un solo día. Era la única raza que Tilio temía limpiar.
—¿Tilio? ¿Eres tú, muchacho?
La voz llegó desde el fondo del pasillo, arrastrada y áspera como una piedra de molino. Tilio se giró, y su tensión se disipó ligeramente al reconocer a Ansel, el mayordomo jefe del castillo, un hombre de sesenta años con el cabello canoso y una nariz que había sido rota tres veces en peleas de taberna durante su juventud. Ansel era uno de los pocos en el castillo que trataba a Tilio como a un ser humano y no como a un mueble con patas.
—Sí, señor Ansel —respondió Tilio, inclinando la cabeza respetuosamente—. Terminé el ala este del Senado. Solo me queda la cámara principal.
Ansel se acercó con pasos pesados, su túnica de mayordomo manchada en los puños por décadas de manejo de vinos y salsas. Se detuvo frente a Tilio y lo examinó con sus ojos pequeños y astutos.
—Hoy no entrarás a la cámara principal —dijo, bajando la voz—. Hay una sesión privada. Los senadores de todos los reinos están llegando para la gran reunión del solsticio.
Tilio sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. La reunión del solsticio. Había oído a los otros sirvientes susurrar sobre ella durante semanas. Era el evento más importante del año en Draxcan, cuando los representantes de los ocho reinos se sentaban juntos para discutir el comercio, las alianzas y las disputas territoriales. Los rumores decían que el propio Rey Kaziu presidiría la reunión, una rareza en sí misma, ya que el rey rara vez se mostraba en público desde la muerte de su esposa hace diez años.
—¿Todos los senadores, señor? —preguntó Tilio, tratando de sonar casual—. ¿Incluso los de Eltrix?
Ansel soltó una risa corta y amarga.
—Especialmente los de Eltrix. El Gran Sabio Caleus ha llegado personalmente. Dicen que no ha salido de su torre de cristal en cincuenta años, pero esta reunión debe ser importante.
Tilio asintió lentamente, su mente trabajando. Los elemens de Eltrix eran una raza extraña y distante. Había visto a algunos de ellos durante sus años en el castillo: altos, de piel pálida y ojos que brillaban con luz propia cuando usaban su magia. Los pocos que habían visitado Draxcan siempre evitaban el contacto con los humanos, como si temieran ensuciarse con su presencia. Y ahora su líder, un hombre de doscientos cincuenta años que recordaba los días en que los humanos apenas podían encender fuego, había viajado personalmente a la capital.
—Ve a los jardines occidentales —dijo Ansel, interrumpiendo sus pensamientos—. La princesa Francesca ha pedido que se limpien las fuentes y se poden los arbustos de rosas para la cena de esta noche. Es un trabajo más adecuado para alguien de tu edad que estar limpiando el polvo de los ancianos senadores.
Tilio asintió y se inclinó para recoger su cubo, pero antes de que pudiera alejarse, Ansel puso una mano pesada en su hombro.
—Muchacho —dijo, su voz más suave ahora—. Tengo un consejo para ti, y espero que lo tomes en serio.
—Sí, señor.
—Durante la reunión del solsticio, los senadores caminarán por los jardines. Se reunirán en grupos pequeños y susurrarán. Discutirán cosas que no quieren que los otros senadores escuchen. Tú estarás allí, con tus tijeras de podar y tu rastrillo, y serás invisible para ellos.
Los ojos de Ansel se clavaron en los de Tilio con intensidad repentina.
—Hazte invisible, muchacho. No los mires directamente. No te detengas cuando ellos se detengan. No escuches las palabras que no están destinadas a tus oídos. Un sirviente que escucha demasiado es un sirviente que desaparece una noche y nunca vuelve a ser visto.