La cámara principal del Senado de Draxcan era la sala más grande del Castillo Dracking, una catedral de piedra blanca y dorada que podía albergar a más de quinientas personas en sus bancos de roble tallado. El techo se alzaba a treinta metros sobre el suelo, sostenido por columnas de mármol veteado en las que estaban grabadas las historias de los once Originales: los héroes legendarios que, según la mitología de Daus, habían fundado los reinos después de la Gran Guerra de los Dioses.
En el centro de la sala, un anillo de asientos de piedra negra rodeaba una plataforma elevada donde se sentaban los representantes de los ocho reinos. Cada asiento estaba tallado en forma del emblema de su reino: el dragón Drazco de Draxcan, el escorpión de Dacmek, la serpiente de Salamer, el halcón de Pitra, el león de Laxkay, el dragón de Draynok de Eltrix, la abeja de Nómada y el fénix de Raikuz.
Detrás de los asientos de los reinos, en bancos de madera más comunes, se sentaban los senadores locales de Draxcan: representantes de los cinco distritos que componían el reino. Los senadores humanos vestían túnicas de lana y terciopelo en tonos marrones y verdes. Los senadores magos llevaban capas de seda brillante que cambiaban de color según su estado de ánimo. Los senadores elfos se sentaban con elegancia serena, sus cabellos rubios o plateados cayendo sobre sus hombros como cascadas de luz. Y los senadores elemens, los más poderosos y temidos, se sentaban en un grupo separado, sus ojos brillando con una intensidad que hacía que los demás desviaran la mirada.
La cámara estaba llena de un murmullo constante: cien voces hablando al mismo tiempo en cien tonos diferentes. Los embajadores de los reinos discutían los términos del comercio de minerales del norte. Los senadores de Pitra reclamaban que el paso de montaña de los Halcones debería estar bajo su control, no bajo el de Draxcan. Los representantes de Nómada señalaban con sus dedos delgados los mapas de distribución de alimentos, argumentando que sus tierras recibían menos provisiones que el resto del continente.
Y en el centro de todo, sentado en el gran asiento de ébano y plata que dominaba la plataforma, el Rey Kaziu observaba la discusión con una expresión de cansancio infinito. Sus ojos, de un gris tan claro que parecían casi blancos, parpadeaban lentamente mientras los senadores debatían. Su cabello, largo y plateado como la luna, caía sobre sus hombros en ondas perfectas. Llevaba una túnica de terciopelo negro bordada con hilos de plata que formaban el dragón Drazco en su pecho. Y en su mano derecha, una corona de hierro y diamantes descansaba sobre un cojín de seda, esperando el momento en que el rey la usara para sellar los acuerdos finales.
A su izquierda, sentada en un asiento más pequeño pero igualmente ornamentado, la princesa Francesca observaba a los senadores con la mirada aguda de un halcón. Llevaba un vestido de seda roja que contrastaba con su cabello oscuro, y sus dedos jugueteaban con un colgante de plata en forma de lágrima. Su sonrisa era educada y vacía, pero sus ojos verdes se movían constantemente, evaluando a cada persona en la sala, calculando alianzas y debilidades.
Tilio se mantenía en la entrada de la cámara, su bandeja de jarras de vino temblando ligeramente en sus manos. Ansel le había asignado esa tarea a regañadientes, después de que dos de los sirvientes habituales se enfermaran misteriosamente la noche anterior. "No te acerques a los asientos de los reinos", le había advertido el mayordomo. "Mantente en la entrada y sirve solo a los senadores locales. Si alguien te pide algo, hazlo rápido y vete. Y por todos los dioses, no mires fijamente a nadie."
Tilio había asentido, pero ahora, viendo la majestuosidad de la sala y la presencia imponente de los ocho reinos reunidos, sentía que sus piernas se convertían en gelatina.
—Su Majestad —dijo una voz poderosa desde el grupo de los elemens—. Si el rey me permite hablar.
Tilio levantó la vista justo a tiempo para ver a un hombre alto y de hombros anchos levantarse de su asiento. Tenía el cabello plateado peinado hacia atrás con meticulosa precisión, y su túnica de seda azul noche estaba bordada con hilos de oro que formaban dragones en vuelo. En su pecho brillaba una gema de conexión: un zafiro tan oscuro que parecía negro, pero que destellaba con luz propia cada vez que el hombre respiraba. Sus ojos, del mismo azul profundo que su gema, escanearon la sala antes de posarse en el rey.
Era un elemens. Tilio lo supo por el calor que emanaba de él, un calor seco y penetrante que llegaba incluso hasta la entrada de la cámara.
Kaziu asintió lentamente, su mano izquierda haciendo un gesto de permiso.
—Habla, senador Maelt.
Maelt Rosmar. Tilio había oído ese nombre antes, susurrado en los pasillos del castillo con una mezcla de respeto y temor. Era uno de los senadores más poderosos del Distrito Imperial, conocido por su defensa férrea de las leyes raciales y su desprecio abierto hacia los humanos. También era el padre de alguien de quien Tilio había oído rumores: una soldado llamada Seraphine, que supuestamente había desafiado a su familia para unirse al ejército.
—Su Majestad —continuó Maelt, su voz resonando en la cámara—. Los rumores de una alianza entre Dacmek, Salamer y Raikuz han llegado a oídos de muchos en este senado. Si esos rumores son ciertos, Draxcan enfrenta una amenaza que no habíamos visto desde la guerra de los diez años.
El murmullo en la sala se intensificó. Tilio vio cómo los senadores de Dacmek y Salamer intercambiaban miradas inquietas. El representante de Raikuz, un hombre de piel oscura y ojos dorados que Tilio reconoció como el senador Kael, se removió incómodamente en su asiento.
—¿Y qué pruebas tienes de esta alianza, senador Maelt? —preguntó una voz desde el grupo de los humanos. Era el senador Varek, un hombre de cincuenta años con una barba espesa y una cicatriz que cruzaba su mejilla derecha—. ¿O es simplemente paranoia de los Elemens, que siempre ven conspiraciones donde solo hay negociaciones comerciales?