The King of Kingdoms: El Hijo del Castillo

Capítulo III: El Pergamino de los Originales

Tilio no pudo dormir esa noche. Se revolvió en su cama de paja en el cuarto de los sirvientes del ala este, escuchando los ronquidos de los otros criados y el viento que silbaba a través de las rendijas de la ventana. Las palabras del Gran Sabio Caleus seguían repitiéndose en su mente como un eco persistente.

Un rey que no nació en cuna de oro, sino en el barro del Distrito Humano.

Un rey que no fue criado para gobernar, sino para servir.

Y luego estaba Seraphine. La soldado de ojos azules que lo había mirado como si él realmente existiera, como si no fuera solo un mueble con patas. El calor que había sentido cuando sus manos se tocaron seguía presente en sus dedos, una calidez persistente que no parecía querer desvanecerse.

Cuando el primer rayo de luz gris atravesó la ventana, Tilio se levantó sigilosamente. Los otros sirvientes seguían dormidos, envueltos en sus mantas de lana áspera. Se puso su uniforme y salió al pasillo, sus pies descalzos apenas haciendo ruido sobre la piedra fría.

El castillo estaba tranquilo a esa hora. Los senadores aún dormían en sus aposentos, y los soldados de la guardia cambiaban de turno en las puertas principales. Tilio caminó por los corredores vacíos, pasando por las salas de reuniones silenciosas y las galerías donde los retratos de los reyes pasados observaban con ojos de pintura.

Llegó a la biblioteca principal del castillo sin ser visto. La puerta de roble macizo estaba entreabierta, y Tilio la empujó suavemente, deslizándose en el interior como una sombra.

La biblioteca era su lugar favorito en todo el castillo. Tres pisos de altura, con estanterías que se alzaban hasta el techo y pasarelas de hierro forjado que conectaban las secciones superiores. El olor a pergamino antiguo, a tinta y a madera de cedro lo envolvía como un abrazo familiar. En las paredes, vitrales de colores representaban escenas de la historia de Daus: la fundación de los reinos, la guerra de los diez años, el pacto de los Originales.

Tilio caminó hacia la sección de historia, sus dedos rozando los lomos de los libros mientras pasaba. Sabía que no debería estar allí. Los sirvientes no tenían permiso para entrar en la biblioteca sin supervisión. Pero había estado viniendo en secreto durante años, robando momentos de conocimiento entre sus tareas.

Se detuvo frente a una estantería que contenía los anales de la fundación de Draxcan. Había leído algunos de esos libros antes, pero siempre había sentido que le faltaba algo, una pieza del rompecabezas que no podía encontrar.

Sus dedos se posaron en un volumen particularmente viejo, encuadernado en cuero negro con hilos de plata que formaban el dragón Drazco. Lo sacó con cuidado, sintiendo el peso del tiempo en sus manos. El libro no tenía título en el lomo, solo un símbolo que Tilio no reconoció: una espiral que se enroscaba sobre sí misma, como un dragón devorando su propia cola.

Lo abrió con cautela, y una nube de polvo se levantó de las páginas amarillentas. La caligrafía era antigua, de una época anterior a la escritura estandarizada que se usaba ahora en Daus. Las letras eran curvas y ornamentadas, difíciles de leer, pero Tilio había aprendido a descifrar textos antiguos durante sus años de estudio clandestino.

La primera página hablaba de los once Originales: los héroes elegidos por los dioses para fundar los reinos después de la Gran Guerra. Tilio leyó los nombres, algunos familiares, otros completamente desconocidos.

Draxcan fue fundada por Aric, el Portador de Fuego, y su hermana Lyra, la Tejedora de Vientos. Juntos, habían construido el Castillo Dracking sobre la colina donde el dragón Drazco había caído después de su batalla final contra el Rey Demonio.

Eltrix fue fundada por dos de los otros Originales: Valdris, el Guardián de la Oscuridad, y su esposa Seraphine, la Luz del Amanecer.

Tilio se detuvo al leer el nombre. Seraphine. El mismo nombre que la soldado que había conocido el día anterior. ¿Era una coincidencia? ¿O había algo más, alguna conexión oculta que unía a la familia Rosmar con los fundadores de Eltrix?

Siguió leyendo, y sus ojos se abrieron de par en par cuando encontró el pasaje que hablaba de los descendientes de los Originales.

Los hijos de los Originales llevan la sangre de los dioses en sus venas. Su linaje es el más puro, el más cercano a la fuente del poder elemental. Pero con el tiempo, la sangre se diluyó, y los descendientes se dispersaron por los reinos. Algunos olvidaron su origen. Otros lo escondieron por miedo a ser perseguidos.

Se dice que el último descendiente directo de Aric el Portador de Fuego vive aún, oculto entre el pueblo, esperando el momento en que el reino lo necesite.

Tilio sintió que su corazón se aceleraba. El último descendiente directo de Aric, el fundador de Draxcan. ¿Podía ser él? ¿Era esa la razón por la que sentía el calor extraño en su pecho, por la que su madre le había dicho que era diferente?

Se obligó a respirar profundamente, tratando de calmar sus nervios. No podía sacar conclusiones precipitadas. Había muchas personas en Daus, y muchas de ellas podían tener sangre de los Originales. No tenía ninguna prueba de que él fuera especial.

Pero el calor en su pecho seguía allí, latiendo en un ritmo que no era completamente suyo.

Tilio estaba tan absorto en su lectura que no oyó los pasos hasta que alguien lo tocó en el hombro. Dio un salto, el libro casi cayendo de sus manos, y se giró rápidamente.

Frente a él, un hombre joven lo miraba con curiosidad. Tenía el cabello rubio recogido en una trenza suelta, y llevaba una túnica de seda azul con bordados dorados. Sus ojos eran de un verde intenso, y en sus manos sostenía otro libro, una sonrisa amable en sus labios.

—No deberías estar aquí —dijo él, su voz suave pero firme.

Tilio sintió que el pánico se apoderaba de él. Si lo descubrían, podría ser castigado, o peor, despedido. No tenía ningún otro lugar a donde ir.



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En el texto hay: romance prohibido, altafantasia, intrigapolitica

Editado: 24.06.2026

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