La noche envolvía el Castillo Dracking como un sudario de terciopelo negro cuando Tilio se deslizó por la puerta secreta de la biblioteca. El pergamino que Paul le había dado estaba enrollado en su pecho, escondido bajo su túnica, y su corazón latía con tanta fuerza que temía que los guardias pudieran oírlo desde el otro lado del castillo. Cada latido resonaba en sus oídos como un tambor de guerra, marcando el ritmo de su huida.
No había tenido tiempo de despedirse de nadie. No había tenido tiempo de empacar nada más que un poco de pan duro y una cantimplora de agua que había tomado de la cocina, junto con un pequeño cuchillo de cocina que había escondido en su bota. Sabía que si alguien lo veía, su plan fracasaría. La princesa Francesca tenía espías en todas partes, y Maelt Rosmar seguramente ya había ordenado que lo vigilaran. Los ojos de los senadores estaban en todas partes, y los oídos de los sirvientes estaban siempre abiertos, listos para vender información por una moneda de plata.
Tilio se movió por los pasillos inferiores del castillo, aquellos que solo los sirvientes conocían. Pasó por las bodegas donde se guardaban los barriles de vino, algunos de ellos con añadas que superaban los cien años, sus maderas oscurecidas por el tiempo y el contenido precioso. Pasó por las calderas donde se calentaba el agua para los baños de los senadores, el vapor ascendiendo en espirales fantasmales que se disipaban en el aire frío de la madrugada. Pasó por los almacenes donde se apilaban los sacos de grano y harina, las telas finas de seda y terciopelo, y los barriles de sal y especias que llegaban desde los puertos de Salamer. Cada sombra parecía moverse, cada crujido de la madera lo hacía detenerse y contener la respiración, su mano rozando el cuchillo en su bota.
Las antorchas de los pasillos parpadeaban con una luz vacilante, creando sombras danzantes que jugaban con su imaginación. En más de una ocasión, Tilio juró ver la figura de un soldado acechando en la oscuridad, pero cuando se detenía a mirar, no había nadie allí. Solo los ecos de sus propios pasos y el latido constante de su corazón.
Cuando llegó a la puerta trasera del castillo, la que daba al Distrito Original, encontró un problema inesperado. Dos guardias estaban apostados en la entrada, sus armaduras plateadas brillando a la luz de las antorchas que colgaban de los soportes de hierro. Estaban conversando en voz baja, sus risas roncas y sus manos descansando sobre las empuñaduras de sus espadas. Uno de ellos era un hombre corpulento con una barba espesa y una cicatriz que le cruzaba la nariz. El otro era más joven, de cabello rubio y ojos inquietos que escaneaban el pasillo con una mezcla de aburrimiento y vigilancia.
Tilio se ocultó en las sombras de una columna de piedra, su mente trabajando rápidamente. No podía pasar por la puerta principal sin ser visto. Pero tal vez...
Recordó un pasaje que había leído en uno de los libros de la biblioteca, un tratado sobre la construcción del castillo escrito por el arquitecto original. Hablaba de un túnel secreto que conectaba las bodegas con el exterior, un pasaje que se usaba para contrabandear mercancías sin que los senadores lo supieran. El túnel había sido sellado hacía décadas, pero Tilio recordaba las palabras del libro: "La piedra de la entrada puede ser removida con fuerza, pero la puerta de hierro requiere una llave que solo los mayordomos conocen."
Tilio no tenía la llave, pero tenía algo casi tan bueno: un conocimiento íntimo de la rutina de los guardias. Sabía que el turno de noche cambiaba en el primer cuarto de hora después de la medianoche, y que durante el cambio, los guardias se distraían con el informe de su relevo. Si podía llegar a las bodegas antes de que terminara el cambio, tendría unos minutos para encontrar el túnel y escapar.
Se deslizó de vuelta a las bodegas, sus dedos rozando las paredes de piedra mientras buscaba algún indicio de la entrada secreta. Las bodegas eran un laberinto de pasillos estrechos y nichos oscuros, llenos de barriles de diferentes tamaños y formas. Tilio conocía bien este lugar; había pasado muchas horas limpiando el polvo de los barriles y barriendo el suelo de piedra. Conocía cada rincón, cada sombra, cada lugar donde un ratón podía esconderse.
El túnel estaba oculto detrás de una estantería de barriles de vino, una estructura de madera de roble que parecía sólida e inamovible. Pero Tilio recordaba que la estantería estaba montada sobre rieles de hierro, diseñada para moverse con facilidad si se sabía el truco correcto. Se arrodilló y presionó una tabla suelta en la base de la estantería, sintiendo el mecanismo ceder bajo sus dedos. Con un chirrido de madera contra piedra, la estantería se deslizó hacia un lado, revelando un pasaje oscuro.
El túnel era angosto y húmedo, y el olor a moho y tierra lo envolvía mientras avanzaba. Las paredes estaban cubiertas de musgo y humedad, y el agua se filtraba a través de las grietas de la piedra, formando pequeños charcos en el suelo. Tilio caminó durante lo que pareció una eternidad, sus manos rozando las paredes rugosas, sintiendo el peso del pergamino contra su pecho y el frío metal del cuchillo en su bota. El túnel descendía lentamente, y el aire se volvía más pesado y más frío a medida que avanzaba.
En varios puntos, el túnel se bifurcaba, y Tilio tuvo que detenerse para recordar las instrucciones que había leído en el libro. A la izquierda, la salida al Distrito Original. A la derecha, una cámara sellada que había sido usada como escondite durante la guerra de los diez años. Siguió el camino de la izquierda, su mano izquierda tocando la pared para mantener el equilibrio.
Finalmente, vio una luz tenue al final del pasaje. La luz era tenue, apenas un resplandor amarillo que se filtraba a través de una rejilla de hierro oxidado. Tilio se acercó a la rejilla y miró a través de ella. Estaba en un callejón del Distrito Original, el sol del amanecer apenas comenzando a colorear el cielo de rosa y naranja. Las primeras luces del día se filtraban entre los edificios, creando sombras alargadas que se extendían por las calles empedradas.