El sol se alzaba sobre el Castillo Dracking como un ojo de fuego que vigilaba cada movimiento en la capital. Desde la torre más alta del ala este, la princesa Francesca observaba el despertar de la ciudad con la mirada fría y calculadora de un depredador que contempla su territorio. Sus dedos, enguantados en seda negra, tamborileaban sobre el antepecho de piedra mientras sus ojos verdes seguían el movimiento de las tropas que se desplegaban por las calles.
A sus espaldas, el senador Maelt Rosmar esperaba en silencio, sus manos cruzadas detrás de su espalda y su expresión impasible. Pero Francesca conocía a Maelt mejor que nadie; podía ver la tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos se apretaban contra sus muñecas. Estaba preocupado, y eso la divertía.
—La ciudad está en alerta —dijo Francesca sin volverse, su voz suave y melodiosa—. Las puertas están cerradas. Mis soldados están registrando cada distrito, cada casa, cada taberna. No pasará ni un día antes de que encontremos a tu sirviente.
Maelt dio un paso adelante, su frente ligeramente fruncida.
—No es mi sirviente, Su Alteza. No tengo ningún vínculo con ese muchacho. Nunca lo había visto antes de que se presentara en el senado.
Francesca se giró lentamente, una sonrisa fría curvando sus labios.
—¿Ah, no? Entonces, ¿por qué tu hija lo escondió? ¿Por qué lo ayudó a escapar?
El rostro de Maelt palideció visiblemente, y Francesca sintió una punzada de satisfacción al verlo. Era tan fácil desestabilizarlo cuando se trataba de su familia. Tan fácil hacer que se retorciera como un gusano en un anzuelo.
—No sé de qué habla, Su Alteza. Seraphine no tendría nada que ver con...
—¿Ah, no? —Francesca se acercó a él con pasos lentos, su vestido de seda roja susurrando sobre el suelo de piedra—. ¿Entonces no has oído que tus propios soldados vieron a tu hija en el Distrito Humano? ¿En una taberna llamada "El Dragón Dormido"? ¿Oculta tras una capa, justo donde desapareció el sirviente?
Maelt abrió la boca para responder, pero las palabras parecieron atascarse en su garganta. Francesca vio cómo sus ojos se movían rápidamente, buscando una explicación, una mentira que pudiera salvar a su hija y a sí mismo.
—Seraphine es una soldado —dijo finalmente, su voz tensa—. Tiene sus propias misiones, sus propias responsabilidades. No puedo controlar cada uno de sus movimientos.
—Pero puedes controlar sus consecuencias —respondió Francesca, su voz ahora fría como el hielo—. Si tu hija ha ayudado a un fugitivo, si ha traicionado a la corona, entonces tú también eres responsable. Y ya sabes lo que le sucede a los traidores en Draxcan.
El silencio que siguió fue pesado, cargado con el peso de la amenaza. Maelt la miró con sus ojos azules, y por un momento, Francesca vio algo que no esperaba: no miedo, sino una determinación feroz. Una chispa de desafío que la sorprendió.
—¿Qué quiere Su Alteza? —preguntó Maelt, su voz apenas un susurro—. ¿Qué me pide a cambio de la vida de mi hija?
Francesca sonrió, y esta vez su sonrisa era genuina.
—Qué bien que preguntas, querido senador. Solo quiero que hagas lo que siempre has hecho: defender la pureza de nuestra raza. Apoyar las leyes que mantienen a los humanos en su lugar. Y cuando llegue el momento, cuando el reino necesite un líder fuerte, estarás a mi lado. ¿No es eso lo que siempre has querido?
Maelt la miró durante un largo momento, y Francesca pudo ver el conflicto en sus ojos. La lealtad a su hija contra la lealtad a sus ideales. El amor contra el odio.
—Entendido —dijo finalmente, inclinando la cabeza—. Haré lo que Su Alteza pida.
Francesca se giró de nuevo hacia la ventana, satisfecha con su victoria. Desde su posición elevada, podía ver el Distrito Humano extenderse como un mar de techos de paja y chimeneas humeantes. En algún lugar, entre esa masa de pobres y desesperados, se escondía el sirviente que había desafiado su autoridad.
Pero no por mucho tiempo.
—Ahora, senador —dijo, su voz recuperando su tono melódico—. Tus hombres están buscando en el Distrito Humano, ¿verdad? Mejor que los redirijas al Distrito Original. Creo que nuestro fugitivo es más astuto de lo que parece, y podría haber vuelto a donde todo comenzó.
Maelt asintió y se retiró, sus pasos resonando en la escalera de caracol que descendía desde la torre. Cuando sus pasos se desvanecieron, Francesca se quedó sola, observando la ciudad.
—Tilio —murmuró, saboreando el nombre como si fuera un vino añejo—. ¿Quién eres realmente? ¿Qué escondes bajo esa fachada de sirviente humilde?
Sus dedos tocaron el cristal de cuarzo que colgaba de su cuello, y el cristal brilló en respuesta, mostrándole una imagen fugaz: un dragón de fuego con ojos de oro puro. La misma imagen que había visto la primera vez que encontró a Tilio en los jardines.
—Eres más que un sirviente, ¿verdad? —susurró—. Y voy a descubrir qué eres exactamente.
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En las profundidades del archivo histórico del castillo, Paul Elmer trabajaba en silencio. Había pasado toda la noche y parte de la mañana revisando los registros, buscando cualquier información que pudiera ayudar a Tilio. Sabía que la princesa estaba moviendo sus piezas en el tablero de ajedrez del poder, y que Tilio era solo una de las muchas piezas que ella estaba dispuesta a sacrificar.
El archivo era un laberinto de estanterías de madera oscura y pasillos estrechos, iluminado por lámparas de aceite que colgaban del techo en intervalos regulares. El olor a pergamino viejo y tinta seca llenaba el aire, mezclado con el polvo que se levantaba cada vez que Paul movía un libro. Había pasado horas allí, muchas de ellas en compañía del senador anciano que custodiaba los archivos, un hombre llamado Orin que había trabajado en el castillo durante más de setenta años.
—¿Encontraste lo que buscabas? —preguntó Orin desde su escritorio, su voz cascada por la edad y el uso.