El sol se alzaba sobre los campos del Distrito Norte, tiñendo las colinas de un dorado pálido que contrastaba brutalmente con la columna de humo negro que se elevaba desde la ciudad de Draxcan. Tilio y Seraphine caminaban entre los sembradíos de trigo, sus ropas cubiertas de hollín y sus rostros marcados por el cansancio y la desesperación. A sus espaldas, el rugido del incendio se había convertido en un eco lejano, pero el olor a humo persistía en sus ropas y en sus cabellos, un recordatorio constante de lo que habían dejado atrás.
—No podemos volver así —dijo Seraphine, deteniéndose en medio de un campo de trigo que se mecía suavemente con la brisa de la mañana—. La princesa tiene soldados en cada puerta, en cada calle. Si entramos por la entrada principal, nos atraparán antes de llegar al castillo.
Tilio se detuvo junto a ella, sus manos en las rodillas mientras recuperaba el aliento. Habían corrido durante casi una hora, alejándose de la ciudad en llamas, y sus piernas temblaban por el esfuerzo. El mapa de Paul estaba todavía enrollado contra su pecho, y el calor extraño en su pecho palpitaba con un ritmo constante.
—¿Qué sugieres? —preguntó, su voz ronca por el humo y la fatiga.
Seraphine se llevó una mano a la barbilla, sus ojos azules recorriendo el horizonte mientras pensaba. Llevaba su armadura de cuero manchada de hollín, y su cabello oscuro se había soltado del moño, cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros. A pesar del cansancio, había una energía en ella, una determinación que Tilio admiraba profundamente.
—Conozco una entrada —dijo finalmente—. Un túnel que los soldados de la princesa no conocen. Lleva directamente a las bodegas del castillo, a las mazmorras. Es usado por los contrabandistas y los espías. Mi padre... —hizo una pausa, su rostro endureciéndose ligeramente—. Mi padre lo usa para sus propios fines.
Tilio la miró con curiosidad, notando la tensión en su voz cuando mencionó a su padre.
—¿Tu padre sabe que estás ayudándome?
Seraphine soltó una risa corta y amarga.
—Mi padre no sabe muchas cosas sobre mí. Y las que sabe, prefiere ignorarlas. Para él, soy una decepción. Una soldado que eligió el campo de batalla en lugar del senado. Una hija que se negó a seguir sus pasos.
Tilio sintió una punzada de empatía. También él había sido una decepción para alguien. Su madre lo había amado, pero el resto del mundo lo había ignorado, lo había tratado como si no existiera. Sabía lo que era ser invisible para aquellos que deberían verte.
—Entonces usemos ese túnel —dijo, su voz firme—. Pero primero, necesitamos un plan. No podemos entrar al castillo sin saber qué estamos buscando.
Seraphine asintió y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra un montículo de tierra. Tilio se sentó a su lado, y por un momento, ambos se quedaron en silencio, observando el humo que se elevaba en la distancia.
—Paul tiene información sobre los descendientes de los Originales —dijo Tilio finalmente—. Cuando estábamos en la cámara secreta, encontró un pergamino que hablaba de mí. De mi linaje. Dice que soy el último descendiente directo de Aric el Portador de Fuego.
Seraphine lo miró con sus ojos azules, y Tilio vio en ellos una mezcla de asombro y preocupación.
—¿Y crees que es verdad?
—No lo sé —admitió Tilio—. Pero algo en mí me dice que sí. El calor en mi pecho, la forma en que los Elemens me miran, las palabras de mi madre antes de morir... todo encaja. Pero necesito pruebas. Necesito ver el pergamino que Paul encontró.
Seraphine asintió lentamente.
—Entonces iremos a buscarlo. Pero tenemos que ser cuidadosos. La princesa tiene espías en todas partes, y mi padre... mi padre es uno de sus más leales aliados.
Tilio la miró, sintiendo una oleada de gratitud.
—¿Por qué me ayudas? —preguntó—. No te conozco. No soy nadie. Podrías haberme entregado a la princesa y haber ganado su favor. En cambio, arriesgas tu vida por mí.
Seraphine lo miró con una expresión que Tilio no pudo descifrar completamente. Había en ella una tristeza profunda, una soledad que resonaba con la suya.
—Porque he visto lo que la princesa hace a los que se oponen a ella —dijo Seraphine, su voz baja—. He visto a mi padre perder su humanidad por su lealtad a ella. He visto cómo el odio y el miedo corrompen a las personas. Y no quiero que eso te pase a ti.
Tilio sintió que un nudo se formaba en su garganta.
—¿Y si soy realmente el descendiente de Aric? ¿Qué significa eso para mí? ¿Para el reino?
Seraphine sonrió, pero era una sonrisa triste.
—Significa que tienes un destino más grande del que imaginas. Y también significa que la princesa hará todo lo posible por destruirte antes de que puedas reclamar lo que es tuyo.
Tilio sintió el peso de esas palabras en sus hombros. No había pedido ser quien era. No había pedido ser el descendiente de un héroe legendario. Pero ahora que lo sabía, no podía ignorarlo. Tenía que seguir adelante, aunque el camino estuviera lleno de peligros.
—Entonces vamos —dijo, poniéndose de pie—. Vamos a buscar a Paul y a encontrar la verdad.
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El túnel que Seraphine conocía estaba oculto detrás de una antigua capilla en el Distrito Norte, un edificio de piedra gris que había sido abandonado hacía décadas. La capilla estaba en ruinas, su techo parcialmente colapsado y sus paredes cubiertas de musgo y hiedra. Pero en el interior, detrás del altar derribado, había una trampilla de hierro que conducía a las profundidades.
—Baja con cuidado —dijo Seraphine, levantando la trampilla con un esfuerzo—. El túnel es estrecho y resbaladizo. Y hay ratas.
Tilio sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no dudó. Bajó por la escalera de hierro oxidado, sintiendo el frío de la piedra bajo sus manos. El túnel era oscuro y húmedo, y el olor a tierra y moho llenaba sus pulmones.
Seraphine lo siguió, cerrando la trampilla detrás de ellos. Por un momento, la oscuridad fue absoluta, y Tilio solo podía oír su propia respiración y el latido de su corazón.