La capilla en ruinas se alzaba como un esqueleto de piedra contra el cielo gris de la tarde, sus paredes agrietadas y su techo parcialmente colapsado ofreciendo un refugio precario contra los elementos y, más importante aún, contra los ojos de los soldados de la princesa. El viento soplaba a través de los huecos de las paredes, llevando consigo el olor a humo que aún persistía desde el Distrito Humano, un recordatorio constante de la destrucción que habían dejado atrás.
Tilio y Seraphine se habían escondido en el interior después de escapar del túnel, y ahora estaban sentados en el suelo polvoriento, sus respiraciones aún agitadas por la carrera y la adrenalina que aún corría por sus venas. La luz del atardecer se filtraba a través de las grietas del techo, creando patrones de sombras danzantes en las paredes de piedra. Afuera, el canto de los pájaros y el susurro del viento entre los árboles eran los únicos sonidos que rompían el silencio, un contraste extraño con el caos que habían dejado atrás.
El pergamino que Paul le había dado estaba extendido sobre una losa de piedra que había sido parte del altar, y Tilio lo miraba fijamente, sus dedos rozando las palabras escritas en tinta roja. Tilio de Draxcan. Descendiente de la séptima generación. Último heredero superviviente del linaje de Aric. Las palabras parecían brillar bajo la luz del atardecer, como si la tinta misma estuviera viva, como si el pergamino reconociera a quien lo sostenía.
—No puedo creerlo —dijo, su voz apenas un susurro, rota por la incredulidad—. Toda mi vida he sido un sirviente. Un nadie. Un huérfano que limpiaba los pasillos del castillo y recogía las migajas de los senadores. Y ahora resulta que soy el descendiente de un héroe legendario. El fundador de Draxcan. El Portador de Fuego.
Seraphine estaba de pie junto a la entrada de la capilla, observando el horizonte con sus ojos azules, atentos a cualquier señal de peligro. Su mano descansaba sobre la empuñadura de su espada, y su cuerpo estaba tenso, listo para actuar en cualquier momento. Cuando Tilio habló, ella se volvió hacia él, y en su mirada había una mezcla de compasión y advertencia.
—Y eso te convierte en un objetivo —dijo, su voz grave y seria—. La princesa no se detendrá hasta que te tenga. No importa cuántas vidas tenga que destruir, ni cuánto fuego tenga que provocar. Y si descubre que has despertado tu poder, será aún más peligrosa. No solo te buscará para matarte. Te buscará para usarte.
Tilio levantó la vista hacia ella, y en sus ojos había preguntas que nunca antes se había atrevido a formular. Preguntas sobre quién era, sobre lo que había dentro de él, sobre el calor que sentía en su pecho y que ahora sabía que no era solo una sensación.
—¿Qué fue lo que pasó en la biblioteca? —preguntó, su voz temblorosa—. Sentí algo... algo que no había sentido antes. Un calor que explotó desde mi pecho y se extendió por todo mi cuerpo. Mis dedos se entumecieron, y por un momento, todo a mi alrededor se volvió borroso. Vi luz. Una luz dorada que salía de mí. ¿Eso fue el poder de los Originales? ¿El poder de Aric?
Seraphine se acercó a él y se arrodilló a su lado, sus ojos azules examinándolo con atención, como si pudiera ver a través de su piel y descubrir los secretos que su cuerpo guardaba. Su mano rozó la de él, y Tilio sintió el calor reconfortante de su contacto.
—Los Elemens tenemos una conexión con el poder elemental a través de nuestro tercer corazón, el corazón regenerativo —explicó Seraphine, su voz suave pero firme—. Ese corazón bombea nuestra magia elemental: fuego, agua, tierra, viento, electricidad, oscuridad o luz. Es lo que nos permite controlar los elementos y comunicarnos con nuestros dragones. Pero tú, si eres realmente descendiente de Aric, podrías tener algo más. La sangre de los Originales no es como la de los Elemens comunes. Es más pura, más cercana a la fuente del poder mismo. Los Originales fueron elegidos por los dioses. Su sangre lleva la esencia de la creación.
Tilio sintió que el calor en su pecho palpitaba, como si respondiera a sus palabras. Era una sensación extraña, como si algo dentro de él estuviera despertando después de un largo sueño.
—¿Cómo lo controlo? —preguntó, su voz llena de urgencia—. ¿Cómo evito que vuelva a suceder? No quiero lastimar a nadie. No quiero ser un monstruo.
Seraphine negó con la cabeza, y en sus ojos había una tristeza profunda.
—No lo sé, Tilio. Nunca he visto a nadie hacer lo que hiciste. La luz dorada, la forma en que los soldados retrocedieron, el miedo en los ojos de la princesa... eso no es magia elemental común. Eso es algo más antiguo. Algo más profundo. Tal vez sea el poder de Aric mismo, despertando en ti.
Tilio se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro entre las ruinas de la capilla, sus pasos resonando en el suelo de piedra. Sus manos se movían nerviosamente mientras hablaba, y el pergamino aún estaba enrollado en su mano derecha, apretado contra su pecho como si fuera su única conexión con la verdad.
—Tengo que volver al castillo —dijo de repente, deteniéndose en seco—. Paul está allí. Puede que ya lo hayan capturado. La princesa sabe que él me ayudó. Si lo torturan, si lo matan... no podría vivir con eso. Él arriesgó su vida por mí.
—No puedes volver —dijo Seraphine, poniéndose de pie y bloqueando su camino hacia la salida—. La princesa tiene soldados por todas partes. Si vuelves, te matarán. O peor, te capturarán y te usarán para sus propios fines.
—¡Pero Paul me ayudó! —gritó Tilio, su voz llena de frustración y desesperación—. Él arriesgó su vida por mí. Me dio el pergamino. Me dijo la verdad sobre mi origen. No puedo dejarlo. No puedo abandonarlo.
Seraphine se acercó a él y puso sus manos en sus hombros, obligándolo a mirarla a los ojos. Su agarre era firme pero suave, y Tilio sintió la calidez de sus manos a través de su túnica.
—Tilio, escúchame —dijo, su voz firme pero compasiva—. Paul es un senador. Tiene influencia y poder. Puede protegerse a sí mismo. Es astuto y tiene recursos que tú no tienes. Pero tú, si te capturan, todo habrá sido en vano. El pergamino, la verdad sobre tu origen, el poder que has despertado... todo se perderá. La princesa se apoderará de tu sangre, de tu poder, y lo usará para destruir todo lo que Paul quiere proteger.