El Bosque de los Susurros temblaba bajo el peso de la amenaza que se aproximaba. Los árboles, que durante siglos habían permanecido erguidos y silenciosos, ahora se inclinaban como si sintieran el peligro que se acercaba desde el este. El viento, que antes susurraba secretos antiguos, ahora silbaba con una urgencia que helaba la sangre. Y en el corazón del bosque, en el altar de los Originales, Tilio sintió que el calor en su pecho se intensificaba hasta convertirse en un fuego que amenazaba con consumirlo.
—Vienen —dijo, su voz firme pero teñida de una urgencia que no podía ocultar—. Puedo sentirlos. Cientos de ellos. Soldados con armaduras de acero y espadas afiladas. Y ella está al frente. La princesa Francesca.
Seraphine se puso de pie a su lado, su mano en la empuñadura de su espada. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos azules brillaban con una determinación que Tilio había aprendido a reconocer. No era el miedo lo que veía en ellos, sino una resolución feroz, la misma que la había llevado a desafiar a su padre y a unirse al ejército, la misma que la había impulsado a ayudar a un sirviente desconocido en su huida.
—No podemos enfrentarlos aquí —dijo Seraphine, su voz baja y rápida—. El altar es sagrado, pero también es una trampa. Si nos atrincheramos aquí, nos rodearán y nos capturarán. Tenemos que movernos, usar el bosque a nuestro favor.
Tilio asintió, sintiendo que su mente trabajaba a toda velocidad. Había pasado los últimos días aprendiendo a controlar su poder, sintiendo la conexión con los elementos y con el bosque mismo. Ahora era el momento de usar ese conocimiento.
—El bosque puede ayudarnos —dijo, cerrando los ojos y concentrándose—. Los árboles, el viento, el agua... todos ellos pueden ser nuestros aliados. Pero necesito tiempo. Tiempo para prepararme.
Seraphine lo miró con sus ojos azules, y en ellos vio algo que no esperaba: una fe inquebrantable.
—Tendrás tu tiempo —dijo—. Yo los detendré.
—No —respondió Tilio, abriendo los ojos y mirándola fijamente—. No te enfrentarás a ellos sola. Lucharemos juntos. Como hemos hecho desde el principio.
Por un momento, el silencio se cernió entre ellos, roto solo por el susurro del viento en las hojas y el rumor lejano de los tambores que se acercaban. Luego, Seraphine sonrió, y en su sonrisa había algo que Tilio no había visto antes: esperanza.
—Entonces luchemos juntos —dijo.
Tomaron sus armas y comenzaron a moverse a través del bosque, alejándose del altar y adentrándose en la espesura. Tilio sentía el latido del bosque bajo sus pies, la energía de los árboles y la tierra que vibraba en sintonía con su propio poder. Cerró los ojos y extendió sus sentidos, sintiendo la presencia de los soldados que avanzaban desde el este. Cientos de ellos. Quizás mil. Todos armados hasta los dientes, todos listos para obedecer las órdenes de la princesa.
—Allí —dijo Tilio, señalando hacia un claro donde los árboles se abrían en un círculo natural—. Allí los enfrentaremos.
Seraphine lo miró con curiosidad.
—¿Por qué allí?
Tilio sonrió, y en sus ojos brilló una luz dorada.
—Porque allí, el bosque es más fuerte. La energía de los Originales fluye más cerca de la superficie. Allí, nuestro poder será mayor.
Seraphine asintió y se colocó a su lado, su espada desenvainada y lista.
—Entonces esperemos aquí.
El silencio que siguió fue pesado, cargado de expectación. Tilio podía oír el latido de su propio corazón, el susurro del viento en las hojas, el crujir de las ramas bajo los pies de los soldados que se acercaban. Y entonces, los vio.
El ejército de la princesa Francesca emergió del bosque como una marea de acero y sombras, sus armaduras brillando bajo la luz del sol que se filtraba a través del dosel de hojas. A la cabeza, montada en un caballo negro como la noche, cabalgaba la princesa, su vestido de seda roja flameando al viento como una bandera de guerra. Sus ojos verdes recorrieron el claro hasta posarse en Tilio, y una sonrisa fría y peligrosa se extendió por sus labios.
—El sirviente —dijo, su voz resonando en el claro como el tañido de una campana—. Al fin te encuentro.
Tilio dio un paso adelante, su corazón latiendo con fuerza pero su rostro permaneciendo sereno.
—Princesa Francesca —dijo, su voz firme—. Has causado suficiente destrucción. El Distrito Humano está en llamas. Gente inocente ha muerto. Todo por tu obsesión conmigo.
Francesca se rió, una risa fría y despiadada que resonó en el bosque.
—¿Gente inocente? ¿Crees que me importa la gente inocente? Lo único que me importa es el poder, querido sirviente. Y tú, con tu sangre de Originales, eres la clave para obtenerlo.
Tilio sintió que el calor en su pecho se intensificaba, y sus dedos comenzaron a entumecerse.
—No te daré mi poder —dijo—. Nunca lo haré.
Francesca desmontó de su caballo y caminó hacia él, sus pasos lentos y deliberados. A su alrededor, los soldados formaron un círculo, sus espadas desenvainadas y listas.
—No tienes elección —dijo, su voz ahora más suave, más insidiosa—. O me das tu poder voluntariamente, o lo tomaré por la fuerza. Y créeme, querido sirviente, prefiero la primera opción.
Tilio sintió que el miedo se apoderaba de él, pero se obligó a mantenerse firme. No podía mostrar debilidad. No podía rendirse.
—No te tengo miedo —dijo, su voz firme—. Sé quién soy. Sé lo que llevo en la sangre. Y sé que no puedes vencerme.
Francesca sonrió, y en sus ojos verdes brilló una luz peligrosa.
—¿Ah, no? Veamos.
Levantó su mano, y en sus dedos, una esfera de energía oscura comenzó a formarse. Era un poder que Tilio no había visto antes, una magia negra y retorcida que parecía consumir la luz a su alrededor.
—La princesa ha estado aprendiendo magia prohibida —susurró Seraphine a su lado—. Es poder de las sombras. Puede destruir cualquier cosa que toque.
Tilio sintió que el pánico se apoderaba de él, pero se obligó a respirar profundamente. No podía dejar que el miedo lo controlara. Tenía que confiar en su poder.