El altar de los Originales se alzaba bajo el cielo del atardecer como un monumento a un poder que había dormido durante mil años. La piedra negra en su centro, donde Tilio había visto las visiones de Aric y Lyra, ahora brillaba con una luz tenue que parecía latir al ritmo de su propio corazón. El bosque a su alrededor estaba en silencio, como si contuviera la respiración, esperando el momento decisivo que cambiaría el destino de Daus para siempre.
Tilio estaba de pie frente al altar, la gema de sangre de los Originales en su mano derecha. Sus dedos temblaban ligeramente mientras la sostenían, sintiendo el calor que emanaba de su interior, un calor que resonaba con el fuego en su pecho y que parecía llamarlo desde las profundidades de su ser. A su alrededor, Seraphine, Paul Elmer y el Gran Sabio Caleus lo observaban en silencio, sus rostros iluminados por la luz del atardecer y la tensión del momento.
—La prueba de la sangre es la más difícil de todas —dijo Caleus, su voz grave y antigua como el viento—. El fuego pone a prueba tu fuerza y tu voluntad. El agua pone a prueba tu sabiduría y tu capacidad para enfrentar la verdad. Pero la sangre... la sangre pone a prueba tu corazón. Te obliga a enfrentar lo que más amas y a decidir si estás dispuesto a sacrificarlo por un bien mayor.
Tilio apretó la gema contra su pecho, sintiendo que su calor se extendía por todo su cuerpo. Había visto la visión en la cueva, había escuchado las palabras de su madre en las profundidades del lago, y ahora sabía lo que tenía que hacer. Pero eso no hacía que la decisión fuera más fácil.
—¿Qué ocurre si me niego? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Caleus lo miró con sus ojos pálidos, y en ellos había una tristeza profunda.
—Si te niegas, el poder de los Originales permanecerá dormido dentro de ti para siempre. La princesa Francesca encontrará la manera de extraerlo, te lo arrancará como a un fruto de su árbol. Y entonces, no solo te perderás a ti mismo, sino que el continente entero caerá bajo su dominio.
Tilio sintió que el peso de sus palabras caía sobre sus hombros como una losa de piedra. No podía permitir que eso ocurriera. No podía permitir que la princesa destruyera todo lo que amaba, todo lo que sus antepasados habían construido.
—Entonces lo haré —dijo, su voz firme—. Pasaré la prueba de la sangre.
Seraphine dio un paso adelante, sus ojos azules brillando con preocupación.
—Tilio, no tienes que hacer esto solo. Podemos encontrar otra manera.
Tilio la miró con una sonrisa triste.
—No hay otra manera, Seraphine. Esto es lo que tengo que hacer. Es mi destino.
Seraphine lo miró durante un largo momento, y en sus ojos vio una mezcla de miedo y amor que le rompió el corazón.
—Entonces, al menos déjame estar a tu lado —dijo—. No importa lo que pase, no me moveré de tu lado.
Tilio sintió una oleada de gratitud que lo inundó.
—Siempre has estado a mi lado —dijo, su voz quebrada por la emoción—. No sé qué habría hecho sin ti.
Cerró los ojos y se concentró en la gema en su mano. Sintió cómo su calor se intensificaba, extendiéndose desde su palma hacia su brazo, desde su brazo hacia su pecho, desde su pecho hacia todo su cuerpo. La luz roja de la gema comenzó a brillar, y el mundo a su alrededor comenzó a desvanecerse.
—Tilio —la voz de su madre llegó desde las profundidades de la luz—. Ha llegado el momento.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en el altar de los Originales. Estaba en un lugar que conocía bien, aunque no lo había visto en años: la pequeña casa de madera y paja en el Distrito Humano donde había nacido y crecido. Las paredes estaban desconchadas, el techo de paja mostraba signos de desgaste, y el olor a humo de la chimenea llenaba el aire. Era un recuerdo, una imagen del pasado que la gema de sangre había traído a la vida.
En el centro de la casa, sentada en una silla de madera, estaba su madre. No era la mujer frágil y enferma que había muerto años atrás, sino la mujer fuerte y sonriente que había conocido en su infancia, la que le susurraba cuentos junto al fuego y le cantaba canciones para que durmiera.
—Madre —dijo Tilio, su voz quebrada—. Estás aquí.
Su madre sonrió y extendió sus brazos hacia él.
—Siempre he estado aquí, hijo mío. Dentro de ti. En tu sangre. En tu corazón.
Tilio corrió hacia ella y cayó de rodillas frente a su silla, sus brazos rodeándola como si temiera que fuera a desaparecer. Ella lo abrazó con fuerza, y Tilio sintió el calor de su abrazo, el mismo calor que lo había envuelto en las noches frías de su infancia.
—No quiero perderte —dijo, su voz rota por las lágrimas—. Ya te perdí una vez. No puedo hacerlo otra vez.
Su madre acarició su cabello con manos suaves y cálidas, como solía hacer cuando él era niño y tenía pesadillas.
—No me perderás, Tilio. Nunca me perderás. Porque siempre estaré contigo. En cada latido de tu corazón, en cada pensamiento, en cada acción que tomes para hacer del mundo un lugar mejor.
Tilio levantó la cabeza y la miró con ojos llenos de lágrimas.
—Pero la prueba... la prueba de la sangre exige un sacrificio. Tengo que sacrificar algo que amo.
Su madre lo miró con sus ojos profundos y sabios, y en ellos vio una comprensión que iba más allá de las palabras.
—El sacrificio que exige la prueba no es la muerte de alguien, Tilio. Es la aceptación de la pérdida. Es dejar ir el pasado, dejar ir el miedo, dejar ir la necesidad de aferrarte a lo que ya no puedes tener. No tienes que matar a nadie. Solo tienes que aceptar que no puedes cambiar lo que ya pasó y seguir adelante.
Tilio sintió que las palabras de su madre penetraban en su corazón como la luz del sol en un día nublado. No tenía que sacrificar a Seraphine. No tenía que sacrificar a Paul. No tenía que sacrificar a nadie. Solo tenía que dejar ir su miedo a perderlos, su miedo a estar solo, su miedo al futuro.