The King of Kingdoms: La Llave de las Cadenas

Capítulo I: Después de las Cenizas

El eco de la voz del dragón fundador aún vibraba entre las columnas de la Cámara de los Fundadores cuando Kael comprendió que el silencio que llegaba después no era descanso. Era un umbral.

La estatua había vuelto a la piedra. Sus ojos —esos dos pozos de luz ambarina que segundos antes parecían contener el peso entero de los siglos— se habían apagado como brasas cubiertas de ceniza, y sin embargo Kael todavía podía sentir la advertencia recorriéndole el pecho, alojada en algún lugar entre el segundo y el tercer corazón, como si las palabras del fundador hubieran encontrado allí una cámara vacía donde resonar para siempre: el verdadero conflicto apenas comienza, y no nace en Daus.

El aire de la cámara subterránea, que momentos antes había vibrado con una energía antigua que hacía erizar el vello de los brazos, se había vuelto de pronto denso y frío, como si la propia piedra exhalara el cansancio de mil años de sueño interrumpido. Las inscripciones talladas en las paredes, que durante la comunicación habían brillado con un fulgor dorado, se apagaron una a una, devolviendo a la cámara a una penumbra que solo las lámparas de aceite del grupo aliviaban débilmente.

Cerró la mano derecha. El anillo con el símbolo del Ala Silenciosa seguía frío contra su palma, y aun así podía jurar que, un instante antes, había estado caliente como un tizón recién sacado del fuego. Lo giró entre los dedos, sintiendo el relieve desgastado de los grabados, y se preguntó cuántas generaciones de manos lo habían tocado antes que las suyas, cuántas de ellas habían sabido lo que significaba, cuántas lo habían ignorado.

—Kael.

La voz de Talaida lo devolvió al presente. Ella permanecía a un par de pasos, con la antorcha temblando ligeramente en su mano —no de miedo, sino de la corriente de aire frío que ahora recorría la cámara subterránea, como si la propia piedra respirara tras haber hablado por primera vez en mil años—. Su rostro, siempre sereno incluso en los peores momentos de la investigación, mostraba algo que Kael rara vez le había visto: una quietud alarmada, la de alguien que acaba de confirmar una teoría que hubiera preferido ver desmentida.

—¿Escuchaste todo? —preguntó Kael.

—Escuché lo suficiente. —Talaida se acercó al pedestal donde la gema del fundador aún emitía un resplandor tenue, casi extinguido—. Escuché el nombre.

Kael no respondió de inmediato. Seraphine. La palabra todavía le sabía extraña en la boca, como una lengua antigua que su cuerpo reconocía sin que su mente hubiera tenido tiempo de aprenderla. Hermana de los fundadores de Eltrix. Antepasada directa suya, según el propio dragón de piedra había dejado entender sin decirlo del todo —porque los fundadores, comprendía ahora Kael, nunca decían del todo lo que sabían—.

Miró la gema que descansaba en el pedestal, aquel objeto que había sido el inicio de todo, y sintió que el peso de lo que acababa de escuchar se asentaba sobre sus hombros con una gravedad distinta a la de las amenazas de los Guardianes. No era miedo a la violencia. Era el peso de una identidad que se expandía más allá de todo lo que había creído saber sobre sí mismo.

—Hay que subir —dijo finalmente—. El rey debe estar esperando.

Talaida asintió, pero antes de moverse posó una mano breve sobre el brazo de Kael.

—Lo que sea que descubramos ahí arriba, esto no cambia. —Señaló con la barbilla la cámara, el pedestal, la estatua dormida—. Esto ya es tuyo. Nadie puede quitártelo, ni siquiera un rey.

Fue un gesto pequeño, pero Kael lo llevó consigo como un ancla mientras ascendían por el pasadizo estrecho que los devolvía a las entrañas del Castillo Dracking, dejando atrás la humedad de siglos y el peso de una verdad que aún no sabía cómo cargar.

Draxcan, en la superficie, fingía haber vuelto a respirar.

Las calles del Distrito Imperial habían recuperado su orden habitual: los guardias marchaban con la rigidez acostumbrada, los mercaderes del Distrito Humano habían vuelto a abrir sus puestos, y en el Distrito Elfo los jardines colgantes lucían, bajo la luz pálida de la mañana, tan serenos como si ninguna revuelta hubiera incendiado sus calles apenas unos días antes. Pero Kael, que había aprendido a leer Draxcan como quien lee un rostro querido, sabía que aquella calma era una máscara cosida sobre una herida todavía abierta.

Se notaba en los corrillos que se disolvían apenas él pasaba cerca. Se notaba en la manera en que los senadores del Distrito Original —esos hombres y mujeres que hasta hacía poco apenas prestaban atención a las viejas leyendas— ahora hablaban en susurros sobre símbolos, sobre linajes rotos, sobre un nombre borrado en un documento que ya no estaba en su sitio. Se notaba, sobre todo, en el propio Castillo: en los pasillos donde antes los sirvientes caminaban con la cabeza baja y ahora caminaban con la cabeza baja y los ojos alerta, como si esperaran que las paredes mismas revelaran un secreto más.

Francesca ya no estaba entre esas paredes. Se había marchado a Pitra —"voluntariamente", habían dicho los heraldos, con esa palabra que en boca de la corte significaba exactamente lo contrario de lo que decía—, dejando tras de sí un Senado fracturado, una guardia bajo sospecha y un vacío de poder que, Kael lo sabía, no permanecería vacío por mucho tiempo. El capitán Ferrian, el hombre que durante meses había caminado a un paso de la confianza del rey, yacía ahora en las celdas más profundas del Castillo, chantajeado y quebrado, y su traición había dejado en el aire una pregunta que nadie se atrevía a formular en voz alta: si Ferrian había podido ser comprado, ¿quién más?

Kael atravesó el ala oeste con Talaida a su lado, y ambos guardaron silencio hasta llegar a las puertas del despacho privado del rey. Los dos guardias apostados allí —hombres del Distrito Original, elegidos personalmente por Airoon tras la traición de Ferrian— inclinaron la cabeza y abrieron paso sin necesidad de anunciarlos. Eso, por sí solo, decía algo. Hacía apenas un mes, Kael habría tenido que esperar.




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