Las campanas seguían repicando cuando Kael, Paul, Talaida y Lyssara llegaron al límite del Distrito Original, y lo que encontraron no fue la masacre que el sonido de alarma parecía anunciar, sino algo más extraño: una plaza entera detenida, como si el tiempo mismo hubiera tropezado.
La Plaza de los Fundadores —ese espacio abierto donde generaciones de niños del distrito jugaban entre las estatuas erosionadas de figuras que ya nadie recordaba nombrar correctamente— se había transformado en un escenario de asombro silencioso. Cientos de personas se agolpaban en los bordes, detrás del cordón improvisado que los guardias del distrito habían levantado con prisa, y todas miraban hacia el centro con la misma expresión de temor reverencial, como si el suelo agrietado que se extendía ante ellos fuera un texto sagrado que nadie se atrevía a leer en voz alta.
En el centro de la plaza, el suelo de piedra se había agrietado en un patrón que no obedecía a ningún terremoto natural. Las grietas formaban líneas que se curvaban y se cruzaban con una precisión que solo podía ser deliberada, dibujando algo parecido a un símbolo, aunque incompleto, como si la tierra hubiera comenzado a recordar una escritura antigua y luego hubiera olvidado la mitad de las palabras. Kael reconoció, con un escalofrío que le recorrió la espalda, fragmentos de los mismos grabados que había visto en la Cámara de los Fundadores: curvas que sugerían alas desplegadas, ángulos que insinuaban llamas, y en el centro de todo, un círculo dividido en tres secciones que no era exactamente el de los Guardianes, pero que guardaba con él un parecido inquietante, como un eco distorsionado de un símbolo más antiguo.
Los guardias ya habían acordonado la zona. Un anciano del distrito, con las manos todavía temblando, le explicaba a un oficial que había sentido "el suelo respirar" segundos antes de que las grietas aparecieran, que un calor extraño había subido desde sus pies hasta el pecho, y que después, tan rápido como había llegado, se había ido.
—¿Alguien resultó herido? —preguntó Kael a uno de los guardias.
—Nadie, mi señor. —El título todavía sonaba extraño dirigido a él, pero desde la Noche del Acero algunos habían comenzado a usarlo, sin que Kael supiera bien de dónde había salido la costumbre—. Solo el suelo. Y las campanas del templo empezaron a sonar solas.
Talaida se arrodilló junto a una de las grietas, pasando los dedos sobre el borde con el cuidado de quien toca algo que podría morder. Cerró los ojos un instante, y Kael reconoció la expresión: la misma que ponía cuando intentaba sentir el flujo de la magia antigua bajo las cosas nuevas.
—Hay resonancia aquí —murmuró—. Débil, pero real. Del mismo tipo que sentí en la Cámara de los Fundadores.
—¿Está conectado con lo que despertamos ahí abajo? —preguntó Lyssara, con la mano todavía apoyada en la empuñadura de su espada, aunque no hubiera enemigo visible al que enfrentar.
—No lo sé. —Talaida se puso de pie, sacudiéndose el polvo de las rodillas—. Pero si la Cámara reaccionó cuando Kael se acercó a ella, y ahora la plaza reacciona sin que él esté cerca... esto podría significar que lo que sea que despertamos no se quedó dentro de esa cámara. Podría estar extendiéndose.
La palabra "extendiéndose" quedó suspendida entre ellos con el peso de una advertencia que ninguno quería nombrar del todo. Kael sintió que la gema bajo su ropa emitía un pulso suave de calor, como si respondiera a la resonancia que Talaida acababa de describir, y comprendió, con una certeza instintiva que no necesitaba confirmación racional, que aquel fenómeno estaba directamente conectado con su propia presencia en el mundo: no solo con lo que había hecho, sino con lo que era.
Fue entonces cuando Kael notó, entre la multitud que se había reunido más allá del cordón de guardias, un rostro que no encajaba con el resto de los curiosos del Distrito Original: un hombre de mediana edad, vestido con una elegancia discreta pero inconfundible —una tela de corte imperial disfrazada bajo colores oscuros, como quien intenta pasar desapercibido y no logra del todo despojarse de la costumbre del privilegio—. El hombre observaba las grietas en el suelo no con el temor supersticioso de los vecinos del distrito, sino con una atención calculadora, casi hambrienta, la de un erudito ante un texto que llevaba años buscando.
—¿Lo conoces? —le preguntó Kael a Paul, señalando discretamente con la barbilla.
Paul siguió su mirada y su expresión se tensó.
—No a él directamente. Pero reconozco el corte de esa capa. Es de la Casa Chimer.
—¿Chimer?
—Una familia menor hasta hace unos años. Coleccionistas, eruditos, dueños de una de las bibliotecas privadas más grandes de Draxcan fuera de la Academia. —Paul bajó la voz—. Mi padre ha mencionado que últimamente han estado comprando tierras cerca del Distrito Original. Y ahora entiendo por qué.
El hombre pareció sentir que era observado, porque giró la cabeza en dirección a ellos con una lentitud deliberada, y por un instante sus ojos se cruzaron con los de Kael. No había hostilidad en aquella mirada, pero tampoco calidez: solo la evaluación fría de alguien que acababa de añadir una pieza nueva a un tablero que llevaba tiempo estudiando. Luego, sin prisa, se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, dejando tras de sí la sensación incómoda de haber sido catalogado.
Esa misma tarde, Airoon convocó a Kael a su despacho con una premura que no auguraba nada bueno.
—El incidente de la plaza ya ha llegado a oídos de media corte —dijo el rey sin preámbulos, de pie junto a su escritorio con los brazos cruzados—. Y con él ha llegado algo que temía desde hace tiempo: interés. No el interés vago de los rumores palaciegos, sino el interés concreto de quienes tienen los recursos para investigar.
—¿Te refieres a la familia Chimer? —preguntó Kael.
Airoon lo miró con una ceja alzada, sorprendido de que Kael ya conociera el nombre.
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misterio y suspenso, alta fantasia, fantasía épica y política
Editado: 06.09.2026