The King of Kingdoms: La Llave de las Cadenas

Capítulo III: El Nuevo Campo de Batalla

La orden llegó al amanecer, cuando Lyssara apenas había dormido tres horas después de la recepción en el Salón de los Espejos.

Un mensajero de la guardia golpeó la puerta de sus habitaciones con la urgencia reservada para los asuntos que no admitían demora, y Lyssara, todavía con el cabello revuelto y los ojos pesados por el sueño interrumpido, recibió el sello del General Vantor con una premonición que no tardó en confirmarse: la había convocado a su despacho antes de que el sol terminara de asomar sobre las murallas del Distrito Imperial. La noche anterior le había dejado una inquietud persistente, la sensación de que algo se movía bajo la superficie de la calma aparente de Draxcan, y aquella convocatoria, con su urgencia implícita, era la confirmación de que su instinto no se había equivocado.

Se vistió deprisa, ciñó la espada a su cintura con la precisión mecánica de años de disciplina, y caminó por los pasillos todavía sumidos en la penumbra fría de la madrugada preguntándose qué clase de crisis podía requerir su presencia con tanta urgencia. Draxcan llevaba días conteniendo el aliento —el incidente de la plaza, la comitiva de Eltrix, las cinco familias circulando por la corte como piezas recién colocadas sobre un tablero— y Lyssara había aprendido, en los últimos meses, que ninguna convocatoria urgente traía nunca buenas noticias. Los pasillos del Castillo Dracking, silenciosos a aquella hora, parecían distintos de como los recordaba de sus años de servicio: más vigilados, más tensos, como si las propias piedras hubieran aprendido a desconfiar de las sombras que se movían entre ellas.

El General Vantor la esperaba de pie junto a un mapa extendido sobre su escritorio, un hombre de rostro curtido por décadas de servicio que había supervisado su ascenso con la mezcla exacta de escepticismo y respeto que Lyssara había aprendido a valorar más que cualquier alabanza vacía. Sus cicatrices, surcos pálidos que cruzaban su mejilla izquierda y desaparecían bajo el cuello de su uniforme, parecían más pronunciadas a la luz temblorosa de las lámparas matinales, y su postura, rígida como siempre, delataba una tensión que Lyssara rara vez le había visto.

—Capitana Rosmar. —El título todavía resonaba extraño en sus oídos, apenas semanas después de haberlo ganado con sangre y disciplina en los enfrentamientos de la Noche del Acero—. Siéntese. Tenemos un problema, y necesito a alguien capaz de resolverlo sin que se convierta en un incidente diplomático.

Lyssara se acercó al mapa. Representaba el sector suroeste del Distrito Original, una zona de almacenes y talleres artesanales que colindaba con los límites del Distrito Humano, una franja de la ciudad que Lyssara conocía bien de sus rondas de los primeros años, cuando todavía era una simple soldado sin rango que ascender. Los recuerdos de aquellas rondas regresaron con una nitidez inesperada: el olor a metal caliente de las herrerías, los niños corriendo entre los callejones, los comerciantes que la miraban con desconfianza por llevar el uniforme de la guardia.

—¿Qué clase de problema?

—Contrabando. —Vantor señaló tres puntos marcados en el mapa con tinta roja—. Durante las últimas tres semanas, alguien ha estado moviendo mercancía ilegal a través de los almacenes de esta zona. Al principio pensamos en el comercio habitual de artículos no declarados, algo para las autoridades del distrito, no para el ejército. Pero anoche, mientras usted bailaba en el Salón de los Espejos, uno de nuestros informantes fue encontrado muerto junto al tercer almacén.

El estómago de Lyssara se tensó.

—¿Cómo murió?

—Envenenado. Con una discreción que sugiere profesionales, no matones callejeros. —Vantor cruzó los brazos—. Y hay algo más que complica todo esto: la mercancía que se mueve por esos almacenes no es contrabando común. Nuestros hombres han encontrado rastros de piedras de resonancia mágica, del tipo que solo se produce en las minas controladas por la Casa Guzther.

Lyssara alzó la vista del mapa, comprendiendo de inmediato la delicadeza del asunto. Piedras de resonancia mágica. Los minerales más codiciados y más estrictamente regulados de todo Draxcan, utilizados para amplificar canalizaciones elementales, para estabilizar hechizos complejos, para alimentar los mecanismos arcanos que mantenían en funcionamiento desde las torres de vigilancia del castillo hasta los sistemas de iluminación del Distrito Mago. Su comercio estaba controlado por el Senado con una rigurosidad que pocos otros productos conocían, precisamente porque su posesión en manos equivocadas podía desestabilizar el equilibrio de poder entre los distritos.

—Está sugiriendo que la familia Guzther está detrás de esto.

—No estoy sugiriendo nada. —El tono del general se endureció ligeramente—. Estoy diciendo que las piedras provienen de sus minas, lo cual no prueba que la familia esté involucrada. Podría ser un empleado corrupto, un intermediario que roba el producto antes de que llegue a su destino oficial, una docena de explicaciones que no impliquen a Hendrick Guzther directamente. Pero considerando que anoche mismo usted vio a esa familia cenando con senadores en el propio Castillo, entenderá por qué necesito que esta investigación se maneje con la máxima discreción y el máximo cuidado.

—¿Por qué yo?

Vantor la estudió un momento antes de responder, y en su mirada Lyssara reconoció algo que no esperaba: una confianza genuina, ganada a pulso durante los últimos meses.

—Porque usted no debe nada a nadie en esta corte, Rosmar. No es de las familias Guzther, ni Reichmer, ni ninguna de las nuevas casas. Su padre es un senador poderoso, pero usted misma se ha distanciado lo suficiente de su influencia como para que nadie pueda acusarla de estar comprada. —Se acercó un paso más—. Y porque demostró en la Noche del Acero que sabe actuar bajo presión sin perder la cabeza. Necesito exactamente eso ahora.

—¿Trabajaré sola?




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