Talaida estaba inclinada sobre una mesa cubierta de tratados de fisiología élfica cuando Lyssara irrumpió en la sala de estudio privada que la Academia de Magos le había asignado tras sus contribuciones durante la crisis de la Noche del Acero, un espacio pequeño pero luminoso en el ala este, con estanterías que ya empezaban a desbordarse de manuscritos prestados y notas propias. El aire olía a tinta fresca, a pergamino envejecido y a esa mezcla particular de cera de vela y hierbas que impregnaba todos los espacios de estudio de la Academia, un aroma que Talaida había llegado a asociar con la concentración profunda y las horas robadas al sueño.
Sobre la mesa, distribuidos con una precisión que solo ella entendía, descansaban una docena de volúmenes abiertos, cada uno marcado con separadores de tela en los pasajes más relevantes: tratados sobre la anatomía comparada de las razas de Daus, crónicas fragmentarias sobre las prácticas médicas de los primeros siglos de Draxcan, y un texto considerablemente más antiguo, encuadernado en cuero desgastado, que Talaida había conseguido sacar de la biblioteca restringida gracias a la intervención personal de la maestra Ilyenne. Llevaba días sumergida en aquella investigación, durmiendo apenas lo necesario para mantener la mente despejada, persiguiendo una intuición que aún no había logrado formular con claridad.
—Necesito que descifres algo —dijo Lyssara sin preámbulos, dejando sobre la mesa los pergaminos recuperados del almacén, junto con el fragmento del sello quemado envuelto cuidadosamente en tela.
Talaida alzó la vista, y cualquier protesta sobre el trabajo interrumpido murió en sus labios en cuanto sus ojos se posaron en el fragmento del sello. Se quitó los lentes de lectura que usaba para los textos más antiguos y se inclinó sobre la mesa con una atención repentina que Lyssara reconoció de inmediato: la misma que su hermana menor había mostrado desde niña ante cualquier misterio que oliera a conocimiento prohibido. Era una expresión que Lyssara había aprendido a respetar, porque precedía inevitablemente a descubrimientos que nadie más habría logrado alcanzar.
—¿De dónde sacaste esto?
—De un almacén en el Distrito Original. Contrabando de piedras de resonancia mágica sin refinar, posiblemente robadas de las minas Guzther, aunque Corwin cree que alguien está usando ese robo para desviar las sospechas hacia ellos.
—¿Corwin?
—Capitán Quzker. Estamos investigando el caso juntos, por orden del Senado. —Lyssara no se detuvo en la pregunta implícita en el tono de su hermana, señalando en cambio el fragmento del sello—. ¿Reconoces el símbolo?
Talaida tomó el fragmento con el cuidado de quien maneja algo mucho más frágil que un pedazo de cera quemada, y lo giró bajo la luz de la lámpara mágica que ardía sobre su escritorio con una llama fría, azulada, que no consumía el aceite que la alimentaba. El símbolo, incompleto por los daños del fuego, mostraba líneas entrelazadas que sugerían un diseño originalmente mucho más elaborado, quizás un emblema circular con múltiples capas de significado.
—No completamente. —Frunció el ceño—. Pero el patrón me resulta familiar de una manera que no puedo explicar con precisión. He visto líneas similares en textos sobre codificación mágica antigua, del tipo que las grandes casas usaban antes de que el Senado estandarizara los sistemas de correspondencia oficial hace un siglo. —Se levantó, dirigiéndose hacia una de las estanterías más altas—. Dame un par de días. Necesito comparar esto con algunos catálogos de emblemas históricos.
—¿Solo un par de días?
—Bueno. —Talaida se detuvo, con una sonrisa apenas contenida—. Tal vez menos, si consigo acceso a cierto archivo privado.
El acceso al que se refería Talaida llegó de una manera que ella misma no había anticipado, apenas dos días después, cuando Cordelia Chimer envió un mensaje breve y sin explicaciones a través de un sirviente vestido con los colores discretos de la casa: "He decidido que sí tienes algo que ofrecerme. Preséntate esta tarde. Ven sola."
Talaida releyó la nota tres veces antes de decidir que la última instrucción era, casi con certeza, un intento de asegurarse de que Kael no la acompañara. Lo cual, pensó mientras se dirigía hacia la mansión Chimer en las últimas horas de la tarde, solo confirmaba sus sospechas de que lo que Cordelia guardaba en aquella biblioteca tenía relación directa con él. La decisión de acudir sin escolta, sin embargo, no fue tomada a la ligera: Talaida había aprendido, durante los meses recientes de crisis constante, que la confianza era un lujo que solo podía concederse con extrema precaución. Pero Cordelia Chimer representaba un acceso a conocimiento que ningún otro camino podía ofrecer, y el riesgo, calculado con frialdad, valía la pena.
La mansión Chimer se alzaba en el límite entre el Distrito Mago y el Distrito Original, una construcción antigua de piedra oscura cuya fachada, a diferencia de las residencias ostentosas del Distrito Imperial, no proclamaba riqueza a través de columnas doradas ni jardines interminables, sino a través de algo más sutil: ventanas altas y estrechas diseñadas para proteger el interior de la luz solar directa, y un silencio pesado que envolvía el edificio entero, como si la propia estructura respetara el conocimiento que se guardaba en su interior. Talaida se detuvo un momento ante la puerta principal, observando los relieves desgastados que decoraban el dintel —símbolos que no reconoció, pero que le resultaron inquietantemente similares a los que había visto en los textos más antiguos de la biblioteca restringida de la Academia—, y sintió, por primera vez desde que había recibido la invitación, una punzada de aprensión genuina.
Un sirviente la condujo por pasillos revestidos de estanterías que llegaban hasta el techo, cada una organizada con una precisión que hablaba de generaciones de cuidado obsesivo, hasta llegar a una sala circular en el corazón de la mansión donde Cordelia Chimer la esperaba, sentada junto a una mesa redonda sobre la cual descansaban ya varios volúmenes abiertos. La sala, iluminada por lámparas de luz fría similares a las que Talaida usaba en su propio estudio, estaba rodeada por estanterías curvas que seguían la forma de la pared, creando la impresión de estar dentro de un pozo de conocimiento, con volúmenes que se elevaban hacia un techo abovedado perdido en la penumbra.
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misterio y suspenso, alta fantasia, fantasía épica y política
Editado: 06.09.2026