The King of Kingdoms: La Llave de las Cadenas

Capítulo V: La Casa Reichmer

Airoon los recibió antes del mediodía, en una audiencia breve que dejó a Kael con más preguntas que respuestas.

El despacho real, iluminado por la luz grisácea que se filtraba a través de los ventanales altos, conservaba el aroma a cera de vela y a pergamino envejecido que Kael había llegado a asociar con las conversaciones más difíciles de su vida. El rey los había hecho pasar sin demora, un gesto que en sí mismo delataba la urgencia que otorgaba al asunto, y escuchó el relato de Talaida con una atención que no decayó ni un instante, con las manos entrelazadas sobre el escritorio y el ceño progresivamente más fruncido a medida que la joven desgranaba lo descubierto en el archivo Chimer.

—La Orden de la Sangre Restaurada. —El rey repitió el nombre con el ceño fruncido, de pie junto a su escritorio mientras Talaida terminaba de exponer lo descubierto en el archivo Chimer—. Conozco el nombre solo de referencias vagas en los registros del Senado, de cuando yo apenas comenzaba a gobernar. Fue disuelta hace más de un siglo, mucho antes de que yo naciera. Si ha sobrevivido en secreto durante todo este tiempo, es algo que ni mis propios archivos privados mencionan.

—¿Nada en absoluto? —preguntó Kael, sin poder ocultar del todo su frustración.

—Nada que conecte directamente esa orden con el procedimiento que te fue realizado. —Airoon lo miró con una expresión que combinaba honestidad y una especie de cansancio antiguo—. Lo que sí puedo decirte es esto: cuando Orwenna estuvo presente en tu nacimiento, mencionó una vez, hace años, que los sanadores que atendieron aquella noche no pertenecían a ningún gremio oficial reconocido por la Corona. En su momento no le di mayor importancia. Ahora, después de lo que acabas de contarme, creo que deberíamos hablar con ella de nuevo, con preguntas más precisas que las que le hicimos la primera vez.

—Lo haré —dijo Kael.

—Mientras tanto —continuó Airoon—, hay algo más urgente que requiere tu atención, Kael. La familia Reichmer ha solicitado una audiencia privada contigo. No conmigo. Contigo directamente.

Aquello tomó a Kael por sorpresa, y no solo por la naturaleza inesperada de la petición: era la primera vez, desde que su existencia se había convertido en tema de debate público, que una de las grandes casas lo buscaba a él sin intermediarios.

—¿Por qué motivo?

—No lo especificaron. —El rey se cruzó de brazos—. Pero Bertrand Reichmer es un hombre que no solicita audiencias sin un propósito calculado. Si quiere hablar contigo, es porque ya sabe, o sospecha, algo que considera relevante compartir. O algo que quiere obtener de ti a cambio de compartirlo.

La solicitud se materializó esa misma tarde en forma de invitación formal a la residencia Reichmer, un edificio de piedra clara situado en el corazón del Distrito Imperial, cuya fachada, a diferencia de la austeridad calculada de la mansión Chimer, proclamaba sin disimulo dos siglos de prestigio acumulado: columnas talladas con los emblemas de generaciones de senadores, jardines geométricos que hablaban de un orden meticulosamente mantenido, y un escudo familiar —un águila sosteniendo una balanza— grabado sobre el portón principal con un orgullo que no necesitaba palabras para explicarse.

Kael acudió acompañado de Paul, cuyo conocimiento de la política cortesana resultaba indispensable en cualquier encuentro con las grandes casas de Draxcan, y ambos fueron recibidos por un sirviente que los condujo hacia un salón privado donde Bertrand Reichmer los esperaba junto a una mesa dispuesta con té y pastelillos que ninguno de los presentes tocaría, comprendió Kael de inmediato, porque aquella no era una reunión social. El salón, decorado con retratos de antepasados que observaban desde las paredes con la mirada severa de quienes juzgan a cada visitante según un estándar que solo ellos conocían, olía a madera pulida y a esa clase de silencio que solo existía en los espacios donde se tomaban decisiones importantes.

—Joven Kraxter. —Bertrand se levantó al verlos entrar, con la cortesía formal de quien ha practicado aquel gesto durante décadas hasta convertirlo en algo indistinguible de la sinceridad—. Y el joven Elmer, si no me equivoco. Hijo del embajador. Un placer.

—El placer es nuestro, senador Reichmer —respondió Paul, con la fluidez diplomática que Kael siempre admiraba en su amigo.

—Siéntense, por favor. —Bertrand esperó a que ambos tomaran asiento antes de hacer lo mismo, y por un momento pareció que la conversación seguiría el ritmo pausado de cualquier reunión cortesana ordinaria, hasta que el senador, con una franqueza que sorprendió a Kael, decidió abandonar el preámbulo—. Le seré directo, joven Kraxter. Mi familia lleva más de dos siglos sirviendo a la Corona de Draxcan con lealtad y discreción. Esa lealtad se ha construido, en gran medida, sobre nuestra capacidad de reconocer los patrones que otros pasan por alto. Y últimamente, joven Kraxter, usted se ha convertido en un patrón muy difícil de ignorar.

Kael mantuvo el rostro impasible, aunque sintió el pulso acelerarse ligeramente.

—No comprendo a qué se refiere, senador.

—Comprende perfectamente. —Bertrand sonrió, sin malicia aparente, pero con la seguridad de quien ha jugado aquel juego durante demasiado tiempo como para dejarse engañar por evasivas educadas—. El incidente en la Cámara de los Fundadores. El símbolo del Ala Silenciosa. La comitiva de Eltrix que llegará dentro de días, cuando Eltrix nunca ha enviado comitivas a Draxcan en toda mi vida. Y ahora, un contrabando de piedras de resonancia mágica vinculado a una orden disuelta hace un siglo que investigaba precisamente el tipo de procedimiento que, según rumores que mi familia lleva años escuchando con discreción, podría explicar su propia naturaleza.

El silencio que siguió se sintió, para Kael, como el momento previo a una caída.

—¿Cómo sabe todo eso?

—Porque mi familia ha construido su influencia, generación tras generación, precisamente sobre saber cosas que otros prefieren que permanezcan ocultas. —Bertrand se inclinó hacia adelante—. No le he convocado para amenazarlo, joven Kraxter. Le he convocado porque, dentro de mi propia casa, existe una división que quiero que usted comprenda antes de que decida en quién confiar dentro de esta familia.




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