The King of Kingdoms: La Llave de las Cadenas

Capítulo VII: Los Llucket

El rey Airoon recibió la noticia sobre la conversación de Vycto Lasmec con una gravedad que Kael no le había visto desde los días más oscuros de la conspiración de Francesca. El despacho real, todavía sumido en la penumbra del amanecer, parecía más frío de lo habitual, y las sombras que proyectaban las lámparas de aceite sobre las paredes se alargaban de una manera que resultaba, a aquella hora, extrañamente opresiva.

—"El maestro" —repitió el rey, de pie junto a la ventana de su despacho mientras la luz del amanecer apenas comenzaba a filtrarse entre las cortinas—. Una figura con suficiente autoridad para que Vycto, un hombre que siempre me ha parecido actuar exclusivamente por interés propio, se muestre dispuesto a esperar y a contener sus impulsos. Eso me inquieta más que cualquier amenaza directa que pudiéramos haber anticipado.

—¿Cree que podría tratarse de alguien dentro de la corte? —preguntó Paul, todavía con el cansancio de la noche sin dormir marcado en su rostro. Se había sentado en una de las sillas frente al escritorio real, con los hombros ligeramente encorvados, y Kael notó que sus dedos no dejaban de moverse sobre el brazo del asiento, trazando patrones nerviosos que delataban su agitación interna.

—No lo sé. —Airoon se giró hacia ellos, con las manos entrelazadas tras la espalda en aquel gesto que Kael había aprendido a reconocer como señal de una mente trabajando a toda velocidad—. Pero ordenaré vigilancia adicional sobre Vycto, discreta, para no alertarlo de que sabemos más de lo que debería suponer. Mientras tanto, necesito que ambos mantengan la calma aparente. Si Vycto sospecha que fue escuchado, cualquier movimiento brusco de nuestra parte confirmaría sus temores.

Kael asintió, aunque la palabra "calma" le resultaba cada vez más difícil de sostener con cada revelación nueva que se acumulaba sobre las anteriores. La idea de fingir normalidad mientras Vycto y su misterioso "maestro" continuaban moviendo piezas en las sombras, mientras la comitiva de Eltrix se aproximaba y la Orden de la Sangre Restaurada se preparaba para algo que aún no comprendían, le parecía casi imposible de ejecutar.

—Hay algo más, Majestad. —Kael dudó un instante antes de continuar—. Bertrand Reichmer me mostró un broche con el símbolo del Ala Silenciosa, heredado de su bisabuela. Según la tradición familiar, fue un regalo de un visitante de Eltrix, acompañado de una advertencia sobre una deuda que Eltrix nunca ha dejado de reclamar.

El rostro de Airoon se ensombreció visiblemente.

—Una deuda. —Repitió la palabra con un peso que sugería que aquello confirmaba algún temor que el propio rey había guardado durante años—. Kael, cuando la comitiva de Eltrix llegue dentro de pocos días, sospecho que descubriremos exactamente a qué deuda se refería aquel visitante. Y me temo que no será una conversación sencilla.

La convocatoria a la residencia de la familia Llucket llegó de una manera completamente distinta a las anteriores: no mediante un mensaje formal entregado por un sirviente uniformado, sino a través de una nota simple, sin sello familiar visible, deslizada bajo la puerta de las habitaciones de Kael durante la noche, sin que ningún guardia hubiera reportado la presencia de un mensajero.

Kael la descubrió al despertar, cuando sus pies descalzos tocaron el frío suelo de piedra y notaron el roce de algo que no debería estar allí. Se agachó, recogió el papel doblado con una mezcla de cautela y curiosidad, y lo leyó a la luz grisácea que se filtraba por la ventana, con el pulso acelerándose con cada palabra.

"Lo que buscas no está en los archivos de la Corona ni en las bibliotecas de las casas nobles. Ven solo, al anochecer, a la Casa Llucket. Trae el anillo."

Kael releyó la nota varias veces, con una mezcla de inquietud y curiosidad que no lograba resolver del todo. La instrucción de acudir solo, sumada a la manera misteriosa en que el mensaje había llegado hasta él sin pasar por ningún canal oficial, sugería una prudencia que cualquier consejero razonable le habría aconsejado ignorar. Y sin embargo, la mención específica del anillo —el mismo anillo con el símbolo del Ala Silenciosa que había encontrado en la Cámara de los Fundadores— hacía imposible que Kael considerara siquiera la posibilidad de no acudir.

Se lo mostró a Lyssara esa misma mañana, en el patio de entrenamiento donde ella completaba sus ejercicios matutinos bajo la supervisión atenta de Draecus.

—Absolutamente no —dijo Lyssara de inmediato, tras leer la nota—. Nadie te dice que vengas solo a menos que tenga intenciones que prefiere que nadie más presencie.

—O a menos que quiera compartir algo que no puede permitirse que otros escuchen —replicó Kael—. Lyssara, los Llucket son la familia más enigmática de las cinco nuevas casas. Si tienen información sobre el anillo, sobre el Ala Silenciosa, podría ser exactamente lo que necesitamos para comprender el resto de las piezas.

—O podría ser una trampa orquestada por ese "maestro" del que habló Vycto. —Lyssara bajó la espada de entrenamiento, con una expresión de preocupación genuina que Kael reconoció de otras ocasiones en que su seguridad había estado en juego—. No puedo permitir que vayas solo.

—La nota fue específica.

—La nota puede irse al infierno. —Lyssara se acercó, bajando la voz aunque no había nadie lo suficientemente cerca para escucharlos—. Iré contigo, pero me mantendré a distancia, fuera de la vista, lista para intervenir si algo sale mal. No es negociable, Kael.

Kael la observó un momento, reconociendo en su determinación la misma protección feroz que había demostrado en incontables ocasiones anteriores, y sintió que la resistencia que había estado preparando se disolvía ante la calidez de aquella preocupación. Lyssara no intentaba controlarlo, comprendió; intentaba protegerlo, y la diferencia entre ambas cosas se había vuelto clara para él durante los meses que llevaban enfrentando crisis juntos.




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