Nadie durmió bien esa noche en el Castillo Dracking.
Kael relató lo sucedido en el callejón al propio Airoon apenas llegó, interrumpiendo la cena privada del rey con una urgencia que este no cuestionó ni por un instante. La descripción de la figura observándolos desde la distancia, sumada a la conversación con los Llucket y la referencia a una estructura sellada aún sin localizar, convenció al rey de duplicar la vigilancia sobre los aposentos de Kael, Lyssara y Talaida esa misma noche. Los pasillos del castillo, ya de por sí tensos desde la traición de Ferrian, se llenaron de guardias adicionales que patrullaban con una frecuencia inusualmente alta, sus pasos resonando contra la piedra con un ritmo que a Kael le resultó, en la quietud de sus habitaciones, extrañamente reconfortante y profundamente inquietante al mismo tiempo.
—No podemos permitirnos más sorpresas —dijo Airoon, con el cansancio de décadas de gobierno visible en cada línea de su rostro—. Si los Llucket tienen razón sobre esta segunda estructura, y si esa figura que observaba desde las sombras pertenece a la misma orden que Vycto sirve, entonces alguien más también está buscando esa cámara, y podría llevarnos ventaja.
—¿Cree que ya la encontraron? —preguntó Talaida, convocada de urgencia junto con Paul y Lyssara para una reunión que se extendió hasta bien pasada la medianoche. La luz de las lámparas, ya menguante a aquella hora, proyectaba sombras alargadas sobre los rostros de los presentes, y Kael notó que todos ellos —incluso el propio rey— parecían cargar con el mismo agotamiento acumulado que él sentía asentarse sobre sus propios hombros.
—No lo sé. Pero no podemos permitirnos esperar a descubrirlo por las malas. —El rey se giró hacia Kael—. Mañana mismo, con la mayor discreción posible, quiero que ustedes tres retomen la investigación sobre los Once Originales. Si existe una segunda cámara, necesitamos encontrarla antes que cualquier otro interesado.
Fue Talaida quien, al día siguiente, encontró el primer indicio real hacia la ubicación de aquella segunda cámara, no en los archivos oficiales de la Academia ni en los registros de la Corona, sino en un lugar mucho más inesperado: los propios fragmentos que Cordelia Chimer le había mostrado semanas atrás, que Talaida había vuelto a examinar con ojos renovados tras la conversación de Kael con los Llucket.
Había pasado la mañana entera en la biblioteca privada del ala real, rodeada de pergaminos y notas propias, repasando una y otra vez los fragmentos que había copiado apresuradamente durante su visita a la mansión Chimer. La intuición, esa compañera silenciosa que tantas veces la había guiado hacia descubrimientos que la lógica pura no habría alcanzado, le susurraba que había pasado algo por alto, algo que la primera lectura, demasiado enfocada en el procedimiento médico, le había impedido notar.
—Aquí —dijo, extendiendo sobre la mesa de la biblioteca privada un pergamino cubierto de anotaciones marginales que había pasado por alto en su primera lectura, demasiado concentrada entonces en el procedimiento de implante de órganos como para prestar atención a las referencias históricas dispersas en los márgenes—. Mira esto, Kael. Es una anotación posterior, añadida por un erudito distinto al autor original, probablemente uno o dos siglos después.
Kael se inclinó sobre el pergamino, leyendo con atención el fragmento que Talaida señalaba:
"El lugar donde los Once sellaron aquello que temían más que a la guerra misma no se encuentra bajo el trono, como muchos suponen erróneamente, sino bajo el corazón de la fe: donde los hombres van a rogar perdón por pecados que ni siquiera comprenden."
—¿El corazón de la fe? —repitió Kael—. ¿Se refiere a un templo?
—Eso es lo que pensé al principio. —Talaida sacó otro documento, un mapa antiguo de Draxcan que había conseguido pedir prestado de los archivos de la Academia, mostrando la disposición de la ciudad varios siglos atrás, antes de que los cinco distritos modernos adoptaran su forma actual—. Pero mira esto. Antes de que existieran los templos actuales de cada distrito, Draxcan tenía un único templo central, dedicado a todos los dioses reconocidos por los Once Originales. Se encontraba, según este mapa, en lo que hoy es...
—El Distrito Original —completó Kael, con el pulso acelerándose.
—Exactamente. Y no en cualquier parte del distrito. —Talaida señaló un punto específico en el mapa—. Aquí. Bajo lo que hoy es la Plaza de los Fundadores.
El aire pareció detenerse en los pulmones de Kael. Las imágenes se sucedieron en su mente con una claridad vertiginosa: la plaza agrietada, el patrón incompleto, la sensación de que el suelo había estado intentando comunicarse con él sin que él comprendiera el mensaje.
—Donde ocurrió el incidente. Las grietas en el suelo, el símbolo incompleto.
—Creo que eso no fue una simple manifestación aleatoria de energía mágica residual, Kael. Creo que fue la cámara reaccionando a algo, de la misma manera en que reaccionó la primera cámara cuando te acercaste a ella. —Talaida lo miró con una mezcla de excitación académica y preocupación genuina—. La pregunta es: ¿reaccionó porque tú estabas cerca esa mañana, o porque alguien más se acercó primero, alguien que también está buscando esta cámara?
Paul se unió a ellos esa misma tarde, y los tres decidieron investigar la Plaza de los Fundadores con la mayor discreción posible, disfrazados con ropas comunes que Paul había conseguido a través de contactos en el Distrito Original, para evitar atraer la atención que la presencia de Kael, cada vez más reconocible en la corte, inevitablemente generaba. Las ropas, sencillas y desgastadas por el uso, le sentaban a Kael con una familiaridad extraña: eran el tipo de prendas que había llevado durante toda su vida antes de que el destino lo arrastrara hacia los salones dorados del castillo, y por un instante, mientras se ajustaba la capucha, sintió una punzada de nostalgia por aquella vida más simple que ya no le pertenecía.
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misterio y suspenso, alta fantasia, fantasía épica y política
Editado: 06.09.2026