The King of Kingdoms: La Llave de las Cadenas

Capítulo IX: El Tercer Corazón

Airoon escuchó el relato completo sin interrumpir ni una sola vez, algo inusual en un hombre que solía intervenir con preguntas precisas apenas detectaba la más mínima ambigüedad en cualquier informe que recibía. Cuando Kael terminó de describir la voz que había resonado dentro de su mente, la imagen fragmentada de aquel fuego que no era fuego, y la certeza de ser "el principio de una llave" dispersa entre guardianes que ni siquiera se conocían entre sí, el rey permaneció en silencio durante un largo momento, con la mirada perdida en algún punto más allá de la ventana de su despacho.

La luz de la tarde, filtrada a través de los ventanales altos, iluminaba débilmente las arrugas profundas que surcaban el rostro del monarca, y Kael notó, con una punzada de compasión involuntaria, que Airoon parecía haber envejecido años en el transcurso de las últimas semanas. El rey que había conocido en sus primeros días como asistente real —aquel hombre de porte erguido y autoridad incuestionable— había dado paso, gradualmente, a alguien que cargaba sobre sus hombros el peso acumulado de demasiados secretos revelados demasiado tarde.

—Mi padre me habló una vez de esto —dijo finalmente, con una voz cargada de un peso que Kael reconoció como el de un secreto heredado, transmitido de rey a rey a través de generaciones—. No con detalles. Nunca con detalles. Solo una advertencia general: que bajo Draxcan dormía algo que ningún rey debía intentar despertar, y que si alguna vez la ciudad se enfrentaba a una crisis capaz de amenazar su propia existencia, debía recordar que existía un límite más allá del cual ninguna solución, por desesperada que pareciera, valía el riesgo de tocar.

—¿Le explicó qué era exactamente? —preguntó Talaida, inclinada hacia adelante con la atención absoluta que siempre dedicaba a cualquier información que pudiera ampliar su comprensión de los Once Originales.

—No. Y ahora comprendo por qué. —Airoon se giró hacia ellos, con una expresión que combinaba gravedad y algo parecido al alivio de compartir, finalmente, un peso que había cargado solo durante décadas—. Sospecho que ni mi padre lo sabía con certeza. El conocimiento se ha ido erosionando generación tras generación, hasta convertirse en poco más que una superstición real, transmitida por obligación más que por comprensión genuina.

—Entonces nadie sabe realmente qué está contenido ahí abajo —dijo Kael.

—Nadie viviente, aparentemente. —El rey se pasó una mano por el rostro, con un cansancio que parecía haberse profundizado considerablemente en las últimas semanas—. Lo cual hace que la posibilidad de que la Orden de la Sangre Restaurada, o cualquier otra facción interesada en tu sangre, Kael, pudiera intentar acceder a esa cámara con intenciones propias, resulte todavía más aterradora. Si ni siquiera nosotros comprendemos completamente el peligro, ¿cómo podríamos anticipar las consecuencias de que alguien lo libere deliberadamente?

El silencio que siguió a aquella pregunta se sintió cargado de una responsabilidad que ninguno de los presentes sabía cómo resolver completamente. Kael miró a sus amigos —a Talaida, con el ceño fruncido en la concentración característica de quien procesa información compleja; a Paul, cuya expresión reflejaba la misma mezcla de determinación y aprensión que había mostrado desde que comenzaran a desentrañar el misterio de los Guzther y Vycto; y a Lyssara, de pie junto a la puerta con la postura alerta de siempre, pero con una suavidad en la mirada que Kael había aprendido a reconocer como reservada exclusivamente para los momentos de mayor tensión— y sintió que el peso de aquella responsabilidad se distribuía, al menos parcialmente, entre todos ellos.

—Necesitamos sellar el acceso a esa cámara —dijo finalmente Paul—. De manera permanente, si es posible. O al menos reforzar la vigilancia sobre la Plaza de los Fundadores.

—Ya he ordenado guardias adicionales para toda la zona. —Airoon asintió—. Pero eso no resuelve el problema de fondo, Paul. Si Kael es, como parece indicar la propia estructura, "el principio de una llave", entonces su sola existencia, su sola presencia en Draxcan, representa un riesgo que no podemos eliminar simplemente reforzando guardias. Necesitamos comprender qué significa exactamente ser ese "principio", y qué otras piezas existen todavía dispersas por el mundo.

Kael sintió el peso de aquella conversación asentarse sobre sus hombros con una intensidad renovada, la misma sensación de responsabilidad abrumadora que había experimentado desde que los Llucket le revelaron la posibilidad de que su existencia representara la resolución de un conflicto milenario. Cada revelación nueva no aliviaba el peso anterior; simplemente lo multiplicaba, añadiendo capas de responsabilidad que él nunca había pedido cargar.

Draecus insistió, aquella misma tarde, en que Kael retomara su entrenamiento con una urgencia que no admitía excusas.

El veterano instructor lo había encontrado en la biblioteca privada, revisando por enésima vez los pergaminos que Talaida había traído de la mansión Chimer, y no había tardado ni cinco minutos en dictaminar, con su característica falta de tacto, que Kael parecía "un cadáver que aún no se había enterado de su propia muerte".

—Si vas a seguir tocando estructuras antiguas capaces de comunicarse directamente con tu mente y drenar tu energía elemental de maneras que ni siquiera Talaida puede explicar completamente —gruñó el instructor, mientras preparaba el terreno de entrenamiento con la meticulosidad habitual—, entonces necesitas que tu cuerpo esté preparado para soportar el desgaste. Tu tercer corazón necesita fortalecerse, Kael, no solo esperar pasivamente a que algo lo active en el momento más inconveniente posible.

—¿Y cómo se fortalece un corazón regenerativo? —preguntó Kael, con un escepticismo que no lograba disimular del todo su cansancio acumulado. Llevaba días durmiendo mal, acosado por pesadillas fragmentadas en las que un fuego que no era fuego consumía ciudades enteras mientras él observaba, impotente, desde una distancia imposible.




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