The King of Kingdoms: La Sombra Del Emperador

Capítulo I: La Paz Frágil

El sol de primavera se derramaba sobre los jardines del castillo como miel dorada, y las abejas zumbaban perezosamente entre los rosales que Marta, la cocinera, había plantado el año anterior con la esperanza de cosechar miel para sus pasteles. Hacía cinco años que la Sombra había sido destruida en las catacumbas de Vortham, cinco años desde que Kael Kraxter regresara a Draxcan con la Corona de Sangre sobre su frente y la promesa de una paz duradera en los labios. Cinco años en los que el reino había sanado sus heridas, reconstruido sus murallas y aprendido a vivir sin el miedo constante que durante tanto tiempo había sido su compañero inseparable.

Pero Kael sabía que la paz era como aquellos rosales: hermosa, fragante, pero llena de espinas ocultas.

Sentado en un banco de piedra junto al estanque de los nenúfares, el rey de Draxcan observaba a su hijo corretear por el césped con la energía inagotable de los cinco años. Lucian Kraxter era un niño delgado, de cabellos oscuros como los de su padre y ojos verdes como los de su madre, pero con aquel anillo dorado alrededor del iris que recordaba a todos quién era realmente. El Heredero Oculto. El Nexo. El niño cuya existencia había sido profetizada siglos antes de su nacimiento y cuyo poder, según Theron, apenas estaba empezando a manifestarse.

—¡Padre, mira! —gritó Lucian, señalando hacia el estanque.

Un banco de peces de colores había ascendido a la superficie, formando un remolino que giraba lentamente sobre sí mismo. No era un fenómeno natural —los peces del estanque nunca se comportaban así—, sino una de las pequeñas manifestaciones del poder de Lucian. El niño no controlaba conscientemente aquellas habilidades; simplemente ocurrían cuando estaba excitado, feliz o asustado. La semana anterior, durante una rabieta, había hecho temblar todos los candelabros del ala este. El mes anterior, mientras jugaba con un gatito, había sanado una herida en la pata del animal con sólo tocarla.

—Es hermoso, Lucian —respondió Kael, sonriendo—. Pero recuerda lo que te dijo el maestro Theron: tienes que aprender a controlar tu poder, no dejar que él te controle a ti.

—Theron dice que el poder es como un río —recitó el niño, con la gravedad de quien repite una lección aprendida de memoria—. Si se desborda, destruye. Si se canaliza, da vida.

—Exacto. ¿Y qué eres tú?

—¡El cauce!

—Muy bien. Sigue practicando.

Lucian asintió con entusiasmo y volvió a concentrarse en los peces, frunciendo el ceño con una expresión de concentración que recordaba tanto a Lyssara que a Kael le dio un vuelco el corazón. Su esposa estaba en el cuartel, supervisando el entrenamiento de los nuevos reclutas —seguía siendo la comandante suprema del ejército, y ni la maternidad ni los años habían mermado su dedicación—, pero volvería para la cena. Últimamente, aquellas cenas familiares se habían convertido en el ancla de Kael, el momento del día en que podía olvidarse de informes, consejos y diplomáticos para ser simplemente un esposo y un padre.

—Majestad.

La voz de Beren interrumpió sus pensamientos. El ayuda de cámara, cuyas sienes plateadas delataban el paso de los años, se había acercado con su discreción habitual y sostenía una bandeja de plata con varios pergaminos.

—¿Qué ocurre, Beren?

—Ha llegado un mensaje urgente de Vortham. El Archimago Valen solicita una audiencia. Dice que es sobre los antiguos sellos de la cordillera.

Kael tomó el pergamino y lo leyó rápidamente. Valen era un aliado leal, y si solicitaba una audiencia urgente, era porque algo grave ocurría. Los sellos de la cordillera —aquellos sortilegios que durante milenios habían mantenido aislados los continentes de Daus y Varkhar— llevaban décadas debilitándose, pero desde la destrucción de la Sombra, el proceso se había acelerado de forma alarmante. Los exploradores enviados a las montañas informaban de grietas en la barrera mágica, de pasos que se abrían donde antes sólo había roca infranqueable, de columnas de humo que se elevaban al otro lado como si un ejército estuviera acampando.

—Responde a Valen que lo recibiré mañana al mediodía. Y convoca al Consejo de los Cinco para pasado mañana.

—Como ordenéis, majestad. —Beren hizo una pausa—. Hay algo más. La senadora Cerevan ha llegado de Lythara. Dice que tiene noticias importantes sobre los señoríos del sur.

—¿Buenas o malas?

—No lo ha especificado, majestad. Pero venía con el ceño fruncido.

—Eso suele ser mala señal. Dile que la veré en la biblioteca dentro de una hora.

Beren asintió y se retiró. Kael suspiró y se frotó las sienes. La corona —la Corona de Sangre reconstruida, que rara vez se quitaba— palpitaba débilmente sobre su frente, como si respondiera a su estado de ánimo. A veces, en los momentos de mayor tensión, le enviaba visiones fragmentarias: imágenes de una gran ciudad de mármol negro, de un trono vacío, de un ejército que marchaba bajo estandartes con un dragón bicéfalo. Ecos del futuro, le había dicho Theron. Advertencias.

—¿Padre? ¿Estás bien?

Lucian se había acercado sin hacer ruido y lo observaba con aquellos ojos verdes y dorados que parecían capaces de leerle el alma.

—Estoy bien, hijo. Sólo un poco cansado.

—¿Quieres que te cure? Puedo intentarlo.

—No, no es necesario. Es un cansancio que no se cura con magia.

—¿Con qué se cura entonces?

—Con tiempo. Y con esto. —Kael lo levantó en brazos y le hizo cosquillas, arrancándole una carcajada—. Las cosquillas curan casi todo.

—¡Para, padre! ¡Para!

—Sólo si prometes seguir practicando con Theron.

—¡Lo prometo, lo prometo!

Kael lo dejó en el suelo, y el niño salió corriendo de nuevo hacia el estanque, riendo. Verlo así, despreocupado y feliz, era un bálsamo para el alma. Pero en el fondo, Kael sabía que aquella infancia idílica no duraría para siempre. Lucian era el Nexo. Y el Nexo, según la profecía, tendría que enfrentarse algún día a una prueba que definiría el destino de ambos continentes.




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