La visita del Archimago Valen al castillo de Draxcan no fue, como algunos esperaban, un acontecimiento solemne cargado de protocolos y ceremonias. El anciano mago llegó al amanecer del día siguiente, montado en una yegua blanca que parecía tan cansada como él, y con una escolta de apenas dos aprendices que lo miraban con la devoción de quien acompaña a una leyenda viviente. Valen había sido uno de los magos más poderosos de su generación, maestro de la Academia Arcana durante más de medio siglo y aliado de Draxcan desde los días oscuros de la conspiración de los Vehl. Pero el tiempo no perdonaba ni siquiera a los archimagos: su barba, antaño blanca como la nieve, ahora era rala y amarillenta; sus ojos, que habían leído más pergaminos de los que la mayoría de los eruditos podían imaginar, estaban surcados de cataratas; y sus manos, aquellas manos que habían tejido sortilegios capaces de derribar murallas, temblaban ligeramente al sostener su bastón.
Kael lo recibió en la biblioteca del castillo, acompañado por Maelt Rosmar, Theron y Lyssara —que había pospuesto su visita al cuartel para estar presente—, así como por Ysilla, cuyos conocimientos de magia antigua podían resultar útiles para interpretar lo que Valen tuviera que decir. El Archimago se sentó con un suspiro de alivio en un sillón de cuero, aceptó una taza de infusión que le ofreció Beren, y sin más preámbulos, fue al grano.
—Los sellos de la cordillera se están desmoronando. Lo que queda de ellos, al menos. He pasado los últimos tres meses en las montañas, acampando junto a los pasos, midiendo las fluctuaciones mágicas con todos los instrumentos que la Academia pudo proporcionarme. Y lo que he encontrado es peor de lo que temía.
—¿Cuánto de peor? —preguntó Kael.
—Los sortilegios que los Once Originales tejieron para aislar los continentes eran de una complejidad que ni siquiera nosotros, los magos modernos, alcanzamos a comprender del todo. Eran capas y capas de energía entrelazadas, reforzadas con sangre de dragón —sí, sangre de dragón, no me miréis así— y ancladas a puntos de poder que ya no existen. La Corona de Sangre era uno de esos anclajes. Cuando Kael la destruyó, el sello empezó a resquebrajarse. Cuando la Sombra despertó, el sello se fracturó aún más. Y ahora, con el paso del tiempo, las fracturas se están convirtiendo en grietas.
—¿Eso significa que Varkhar puede cruzar la cordillera? —preguntó Maelt.
—No todavía. Pero dentro de unos meses, quizás un año, los pasos estarán completamente abiertos. Cualquier ejército podrá atravesarlos sin obstáculos. —Valen bebió un sorbo de infusión—. Y eso no es lo peor.
—¿Hay algo peor? —preguntó Lyssara, con los brazos cruzados.
—Sí. Las grietas no sólo están debilitando el sello. Están liberando algo. Algo que llevaba milenios atrapado bajo las montañas.
—¿Qué clase de algo? —preguntó Ysilla, inclinándose hacia adelante.
—Magia residual. La magia que los antiguos usaron para sellar la cordillera no se desvaneció cuando los sortilegios empezaron a fallar. Se acumuló. Se condensó. Y ahora está empezando a filtrarse a través de las grietas como vapor de una olla a presión. Es una magia inestable, impredecible. En algunos lugares, hace que las plantas crezcan de forma descontrolada. En otros, provoca tormentas de fuego. En otros... —Valen vaciló—. En otros, está despertando cosas que deberían permanecer dormidas.
—¿Cosas? —preguntó Theron, hablando por primera vez. Su voz, siempre pausada, tenía ahora un tono de alarma que Kael rara vez le había oído—. ¿Se refiere a los antiguos?
—Sí. Los antiguos construyeron sus fortalezas bajo las montañas. Sus tumbas, sus templos, sus ciudades. Algunas de esas construcciones estaban protegidas por sortilegios que ahora se están desactivando. Y lo que sea que los antiguos encerraron allí... está saliendo.
Un silencio denso se instaló en la biblioteca. Kael miró a Theron, que era el único de los presentes que había vivido lo suficiente para recordar los tiempos de los antiguos. El original tenía los ojos entrecerrados y los dedos tamborileaban sobre el apoyabrazos de su sillón.
—Los antiguos encerraron muchas cosas —dijo Theron al fin—. No todas eran malvadas. Pero algunas sí. Si los sellos se rompen, si esas cosas despiertan... no sólo Varkhar será un problema. Tendremos enemigos en nuestras propias fronteras.
—¿Qué tipo de enemigos? —preguntó Lyssara.
—Depende de lo que haya sobrevivido. Bestias de guerra creadas por los nigromantes. Constructos mágicos que ya no responden a ningún amo. Quizás incluso... —Theron hizo una pausa—. Quizás incluso dragones.
—Los dragones se extinguieron hace siglos —objetó Maelt.
—Eso creemos. Pero los antiguos criaban dragones en cautividad. Los usaban como armas. Si alguno de esos criaderos ha sobrevivido bajo las montañas, y si los sellos se rompen...
—Tendremos dragones sueltos —completó Kael—. Dragones que no han visto la luz del sol en milenios y que probablemente estén hambrientos.
—Y furiosos —añadió Theron—. Muy furiosos.
Valen asintió gravemente.
—Por eso he venido. Necesito que el Consejo autorice una expedición a las montañas. Un equipo de magos, exploradores y soldados que pueda investigar las grietas, catalogar lo que está saliendo de ellas y, si es posible, volver a sellar lo que sea necesario. No podemos detener el desmoronamiento del sello —eso sería como intentar detener una marea con las manos—, pero podemos mitigar sus efectos. Contener lo que surja. Prepararnos para lo que venga.
—¿Cuántos hombres necesitaríais? —preguntó Kael.
—Al menos cincuenta. Magos, principalmente, pero también rastreadores, cartógrafos, escoltas armados. Y necesitaría que Ysilla viniera conmigo. Su experiencia con la magia nigromántica puede ser crucial.
—Ysilla es la Maga Principal de la Academia. No podemos prescindir de ella.
—No será por mucho tiempo. Un mes, quizás dos. Lo que tarde la expedición en evaluar los daños. —Valen miró a Ysilla—. ¿Qué dices, muchacha? ¿Me acompañarás a las montañas?
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Editado: 24.07.2026