The King of Kingdoms: La Sombra Del Emperador

Capítulo III: Los Túneles del Pasado

La expedición de Aren a los túneles bajo la cordillera partió al amanecer del día siguiente, con la discreción de quienes saben que están a punto de adentrarse en territorio enemigo sin el amparo de un ejército. Eran apenas doce personas: Aren, Gerik, Thalion, Ysilla, y ocho soldados de élite seleccionados personalmente por Lyssara entre los veteranos de las guerras anteriores. Llevaban provisiones para una semana, armas suficientes para enfrentarse a cualquier amenaza y, lo más importante, el mapa que Kaedor Lasmec había escondido antes de morir. Aquel pergamino, desgastado por el tiempo y manchado de sangre seca —la sangre del propio Kaedor, según había confirmado Ysilla mediante un sortilegio de identificación—, era la llave que podía abrir la puerta hacia la salvación o hacia la destrucción.

La entrada más cercana a los túneles se encontraba a menos de un día de viaje desde Draxcan, en un valle remoto que los lugareños llamaban la Garganta del Lobo. Era un lugar evitado por los pastores y los cazadores, un desfiladero de roca negra donde el viento silbaba entre las grietas con un sonido que recordaba vagamente a un aullido. Según el mapa, bajo aquella garganta se extendía una red de galerías que conectaba con una ruta principal, un corredor lo bastante amplio para que pasaran carros y caballos. Si Varkhar había encontrado aquella ruta, podía mover tropas enteras sin ser detectado.

—No me gusta este sitio —murmuró Gerik, mientras descendían por un sendero de cabras que serpenteaba entre las rocas. Llevaba la espada desenvainada y el escudo al brazo, y sus ojos recorrían constantemente el entorno en busca de amenazas—. Demasiado silencio. Ni siquiera se oyen pájaros.

—Los pájaros no anidan donde hay magia antigua —respondió Ysilla, que marchaba justo detrás de él, con las manos extendidas para detectar cualquier fluctuación mágica—. Y aquí hay mucha. Toda la garganta está impregnada de residuos de sortilegios. Como si alguien hubiera estado lanzando conjuros durante siglos.

—¿Varkhar?

—No. Esto es más antiguo. Mucho más antiguo. —Ysilla frunció el ceño—. Es como si los propios Once Originales hubieran dejado su huella aquí.

—Genial. Magia de los Once Originales. Justo lo que necesitábamos.

—Deja de quejarte, Gerik —intervino Thalion, que avanzaba en silencio unos metros por delante, con su arco preparado—. Estamos en una misión importante. No es momento para lamentos.

—No me estoy lamentando. Sólo estoy expresando mi preocupación de forma constructiva.

—Llámalo como quieras. Sigue siendo un lamento.

Aren, que lideraba la expedición con el mapa en la mano, sonrió a pesar de la tensión. Aquellas discusiones entre Gerik y Thalion se habían convertido en una rutina durante los últimos años, una especie de ritual que ambos practicaban para mantener a raya el miedo. Eran amigos, aunque ninguno de los dos lo admitiría en voz alta, y su camaradería era uno de los pilares que sostenían la moral de la guardia real.

—Aquí —dijo Aren, deteniéndose frente a una pared de roca que a simple vista no parecía diferente de las demás—. Según el mapa, la entrada debería estar justo detrás de esta cascada.

—¿Qué cascada? —preguntó Gerik, señalando el lecho seco de lo que antaño había sido un torrente—. No hay agua.

—La cascada no es de agua. Es de ilusiones. —Ysilla se adelantó y extendió las manos hacia la pared de roca. Murmuró un sortilegio en la lengua antigua, y lentamente, la superficie de la piedra empezó a ondular como un espejismo, revelando una abertura oscura—. Un sortilegio de ocultación de los antiguos. Muy bien tejido. Si no supiera lo que busco, lo habría pasado por alto.

—Pues yo lo habría pasado por alto aunque supiera lo que busco —comentó Gerik—. No veo nada.

—Porque no eres un mago. Eres un soldado.

—Los soldados también vemos cosas.

—Sí, pero no cosas mágicas. —Ysilla entró en la abertura, seguida de cerca por Thalion. Aren y Gerik intercambiaron una mirada y la siguieron.

El interior de los túneles era exactamente como Aren lo había imaginado: oscuro, húmedo y cubierto de runas antiguas que brillaban débilmente al contacto con la luz de las linternas. Las paredes estaban talladas con una precisión que denotaba la mano de artesanos expertos, y el suelo, aunque irregular, era lo bastante liso para permitir el paso de carros. Cada pocos metros, unas columnas de piedra negra sostenían el techo abovedado, y en sus capiteles se distinguían figuras talladas: dragones, serpientes aladas, criaturas que Aren no reconoció.

—Esto es impresionante —murmuró Gerik, olvidando por un momento su desconfianza—. ¿Quién construyó esto?

—Los antiguos —respondió Ysilla, acariciando una de las columnas—. Los mismos que construyeron la Ciudadela de los Ecos y el Templo de los Dos Soles. Esto es anterior a los Once Originales. Tiene miles de años.

—¿Y por qué construyeron túneles bajo las montañas?

—Para comerciar, probablemente. O para moverse entre los continentes sin ser vistos. Las guerras entre Daus y Varkhar eran frecuentes en aquella época. Tener rutas secretas era una ventaja estratégica.

—Pues ahora esa ventaja la tiene Varkhar.

—Sí. Pero también la tenemos nosotros. —Aren desplegó el mapa y señaló una intersección—. Mirad. El túnel principal se divide en dos ramales. Uno conduce hacia el este, hacia Varkhar. El otro hacia el norte, hacia las profundidades de la cordillera. Si reforzamos este punto, podemos bloquear el paso a cualquier ejército que intente cruzar.

—¿Reforzarlo con qué? —preguntó Gerik—. Somos doce. Si aparece un batallón entero, no podremos detenerlo.

—No estamos aquí para detenerlos. Estamos aquí para explorar. Para traer información. —Aren enrolló el mapa—. Avancemos hasta la intersección. Quiero ver con mis propios ojos si hay señales de actividad reciente.

Reanudaron la marcha en silencio, avanzando por el túnel principal con las linternas en alto. El aire se volvía más denso a medida que se adentraban en las profundidades, y el olor a humedad se mezclaba con algo más: un olor a quemado, a ozono, como el que dejaban los relámpagos después de una tormenta. Ysilla explicó que aquel olor era característico de la magia antigua, y que probablemente provenía de los sortilegios que aún protegían ciertas secciones del túnel.




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