La expedición hacia las profundidades de la cordillera se adentró en los túneles al amanecer del segundo día, descendiendo por el mismo sendero de cabras que Aren había explorado una semana antes. Pero esta vez no eran doce. Eran treinta: Kael Kraxter al mando, Gerik como segundo, Ysilla como Maga Principal, Thalion como explorador y arquero, y veintiséis soldados de élite seleccionados entre los mejores de la guardia real. Entre ellos se encontraba Brenna, que había insistido en acompañar a Gerik a pesar de que su relación —esa relación que ninguno de los dos admitía abiertamente pero que todos conocían— la hacía vulnerable a las preocupaciones emocionales. También estaba Hurón, el rastreador, cuyas habilidades para detectar trampas y emboscadas habían salvado más vidas de las que nadie podía contar.
Llevaban antorchas de resina que ardían con una llama blanca y constante, sortilegios de Ysilla que iluminaban hasta el último rincón de las galerías. Llevaban armas forjadas con hierro de las minas Elemens, el único metal que podía dañar a ciertas criaturas mágicas. Llevaban provisiones para cinco días y, sobre todo, llevaban la determinación de quienes saben que el destino de su reino depende de lo que encuentren en aquellas profundidades.
El descenso por el ramal norte fue más lento de lo que Kael habría deseado. La galería era estrecha y serpenteante, y cada pocos metros Ysilla se detenía para examinar las runas de las paredes, murmurando sortilegios de detección que revelaban la presencia de trampas antiguas. Algunas estaban desactivadas por el paso del tiempo; otras, en cambio, seguían activas, y Hurón tuvo que emplear toda su pericia para desmantelarlas sin provocar una explosión.
—Los antiguos eran paranoicos —comentó Gerik, mientras observaba a Hurón trabajar en una trampa de cuchillas ocultas—. ¿Para qué poner tantas defensas en un túnel que ni siquiera usaban?
—Precisamente porque no lo usaban —respondió Ysilla—. Este no era un túnel de comercio. Era un túnel de contención. Algo encerraron aquí, y pusieron todas estas trampas para que nadie pudiera liberarlo.
—¿Como el guardián que encontramos la semana pasada?
—Sí. Pero probablemente haya más. Muchos más.
—Genial —murmuró Gerik—. Justo lo que necesitábamos.
Kael, que marchaba en silencio unos pasos por delante, se detuvo y alzó la mano. Todos se quedaron quietos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thalion, tensando su arco.
—Silencio —susurró Kael—. Escuchad.
Contuvieron la respiración. Al principio no oyeron nada, salvo el goteo del agua y el crepitar de las antorchas. Pero luego, muy débilmente, llegó hasta ellos un sonido que ninguno de los presentes había escuchado antes. Era un sonido grave, rítmico, como el latido de un corazón gigantesco. Un sonido que parecía provenir de las profundidades de la montaña, vibrando a través de la roca como un tambor subterráneo.
—El Corazón de la Montaña —dijo Ysilla—. Está más cerca de lo que pensaba.
—¿Es peligroso? —preguntó Kael.
—No lo sé. Pero si late con esa fuerza, significa que está inestable. Muy inestable. Si explota...
—Lo sé. La cordillera se derrumbará. —Kael apretó los puños—. Tenemos que encontrar esos huevos y salir de aquí antes de que eso ocurra.
Reanudaron la marcha con renovada urgencia. El túnel descendía cada vez más, y el aire se volvía más cálido, casi sofocante. Las runas de las paredes cambiaron de color, pasando del azul pálido al rojo intenso, como si estuvieran advirtiendo de un peligro inminente. Hurón desactivó tres trampas más —una de ellas un foso camuflado que se abría sobre un abismo sin fondo—, y Thalion abatió a una criatura que surgió de la oscuridad: una bestia de escamas negras y múltiples ojos que se desintegró al recibir la flecha élfica.
—¿Qué era eso? —preguntó Gerik, con el corazón acelerado.
—Un engendro de las profundidades —respondió Ysilla—. Una criatura creada por la magia residual del Corazón. Probablemente haya más.
—¿Cuántas más?
—No lo sé. Pero manteneos alerta.
Continuaron avanzando. La galería se ensanchó gradualmente, y las columnas de piedra negra dieron paso a formaciones naturales de roca volcánica. El calor se intensificó, y el sonido de los latidos del Corazón se hizo más fuerte, más apremiante. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegaron a una cámara que los dejó sin aliento.
Era una caverna inmensa, tan grande como el Salón de las Columnas de Draxcan, iluminada por un resplandor rojizo que provenía de un lago de lava que burbujeaba en el centro. Las paredes estaban cubiertas de formaciones cristalinas que brillaban como estrellas, y el techo se perdía en la oscuridad, tan alto que las antorchas no alcanzaban a iluminarlo. Pero lo más impresionante no era la lava ni los cristales. Eran los huevos.
Docenas de huevos de dragón, cada uno del tamaño de un barril de vino, reposaban en nidos de roca caliente dispuestos alrededor del lago de lava. Eran de diversos colores —rojos como rubíes, azules como zafiros, verdes como esmeraldas, negros como el azabache—, y sus cáscaras brillaban con un fulgor interno que palpitaba al ritmo del Corazón de la Montaña. Algunos parecían a punto de eclosionar; otros, en cambio, estaban agrietados y vacíos, como si las crías hubieran nacido hacía mucho tiempo y hubieran desaparecido en las profundidades.
—Por los dioses —murmuró Gerik, boquiabierto—. ¿Cuántos hay?
—Al menos cincuenta —respondió Ysilla, con la voz temblorosa—. Quizás más. Esto es un criadero. Uno de los criaderos que los antiguos usaban para criar dragones de guerra.
—¿Y todos estos huevos son viables? —preguntó Kael.
—No todos. Algunos están muertos. Pero los que brillan... sí. Están vivos. Y a punto de eclosionar.
—Si Varkhar los encuentra... —empezó Thalion.
—Lo sé —lo interrumpió Kael—. Por eso tenemos que destruirlos.
—¿Destruirlos? —Brenna dio un paso al frente—. Majestad, con todo respeto, estos huevos podrían ser nuestra salvación. Si conseguimos criar dragones leales a Draxcan, podríamos enfrentarnos a Varkhar de igual a igual.
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Editado: 24.07.2026