The King of Kingdoms: La Sombra Del Emperador

Capítulo V: El Peso de Cinco Huevos

El regreso a Draxcan fue una procesión silenciosa, muy distinta a las entradas triunfales que Kael había protagonizado en el pasado. No hubo multitudes vitoreando en las calles, ni campanas repicando en los templos, ni pétalos de flores arrojados desde los balcones. La expedición había partido en secreto y regresaba en secreto, escoltando un carromato cubierto con lonas que ocultaba la carga más valiosa y peligrosa que jamás hubiera entrado en la capital: cinco huevos de dragón, palpitantes de vida, envueltos en sortilegios de contención que Ysilla había reforzado durante todo el viaje.

Entraron por la puerta de servicio del castillo al amanecer, cuando los primeros rayos del sol teñían las torres de rosa y oro. Sólo un puñado de personas los esperaba: Lyssara, Maelt Rosmar, Theron y una escolta reducida de guardias de confianza. Nadie más. Kael había insistido en la discreción absoluta. Si Varkhar se enteraba de que Draxcan poseía huevos de dragón, el emperador podría acelerar sus planes de invasión. O peor aún: podría enviar a sus Cazadores de Dragones para robarlos.

Lyssara abrazó a Kael en cuanto lo vio descender del caballo, un abrazo que duró más de lo que el protocolo permitía y que ninguno de los presentes se atrevió a interrumpir. Llevaba cinco días sin dormir, preocupada por lo que pudiera haber ocurrido en las profundidades de la montaña, y el alivio de verlo regresar sano y salvo la hizo olvidar por un momento su rango y su compostura.

—Estás bien —dijo, más para sí misma que para él—. Estás bien.

—Estoy bien. Te dije que volvería. —Kael le acarició la mejilla, notando las ojeras que surcaban su rostro—. ¿Has dormido algo?

—Muy poco. Lucian preguntaba por ti todas las noches.

—¿Y qué le decías?

—Que su padre estaba cazando dragones. Le pareció muy emocionante. —Lyssara esbozó una sonrisa cansada—. Ahora quiere uno de mascota.

—Eso va a ser un problema. Porque hemos traído cinco.

Lyssara abrió los ojos de par en par.

—¿Cinco? ¿Estás hablando en serio?

—Completamente. —Kael señaló el carromato cubierto—. Ahí dentro hay cinco huevos de dragón. Vivos. A punto de eclosionar, según Ysilla.

—Por los dioses. —Lyssara se llevó la mano a la frente—. ¿Cómo vamos a ocultar cinco dragones?

—No vamos a ocultarlos para siempre. Sólo hasta que sean lo bastante grandes para defenderse solos. Luego... ya veremos.

Maelt, que había escuchado la conversación con el ceño fruncido, se adelantó.

—Majestad. ¿De verdad creéis que es prudente traer dragones al castillo? Son criaturas salvajes. Incontrolables. Si algo sale mal...

—Si algo sale mal, asumiré la responsabilidad. Pero si sale bien, tendremos un arma que Varkhar no espera. Cinco dragones adultos, entrenados para la guerra, podrían cambiar el curso de cualquier batalla.

—¿Y quién va a entrenarlos? ¿Quién sabe cómo se entrena a un dragón?

—Yo. —La voz de Theron resonó en el patio, y todos se giraron hacia él. El anciano original se apoyaba en su bastón, con una expresión serena pero decidida—. Los antiguos criaban dragones en la cordillera, y yo estuve allí. No como maestro, por supuesto; era demasiado joven. Pero observé. Aprendí. Recuerdo los sortilegios de vinculación, las técnicas de alimentación, los rituales de impronta. Si alguien en este reino puede entrenar a esos dragones, soy yo.

—¿Vinculación? —preguntó Gerik, que estaba descargando uno de los huevos con sumo cuidado—. ¿Qué es eso?

—Es un sortilegio que une a un dragón con un jinete. Una vez vinculados, el dragón obedece sólo a esa persona. Es una conexión profunda, casi telepática. Los antiguos la usaban para crear escuadrones de caballería aérea.

—¿Y funciona con cualquiera?

—No. Sólo funciona con personas que tengan una afinidad natural con la magia. Los magos, por supuesto, son los mejores candidatos. Pero también hay personas sin entrenamiento mágico que poseen un vínculo especial con las criaturas. Vuestra esposa, majestad, podría ser una de ellas.

—¿Lyssara? —Kael la miró, sorprendido.

—Es una Elemens. Los Elemens siempre han tenido una conexión especial con los dragones. No es casualidad que los antiguos criaderos estuvieran en territorio que ahora pertenece a los Elemens. —Theron hizo una pausa—. Si alguno de esos huevos eclosiona y busca un jinete, la comandante Rosmar sería una candidata ideal.

—Ni hablar —dijo Maelt, adelantándose—. Mi hija ya tiene suficientes peligros en su vida. No voy a permitir que se suba a lomos de una bestia escupefuego.

—Padre, no necesito tu permiso —respondió Lyssara, con un tono que mezclaba la irritación y el cariño—. Si uno de esos dragones me elige, lo montaré. Y si no, no. Pero la decisión es mía.

—Lyssara...

—Es mi decisión, padre. —Lyssara lo miró fijamente—. Soy la comandante del ejército. Soy la esposa del rey. Soy la madre del heredero. Y soy una Elemens. Si hay algo que pueda hacer para proteger este reino, lo haré. Con dragón o sin él.

Maelt resopló, pero no replicó. Conocía a su hija lo suficiente para saber cuándo era inútil discutir.

—Está bien —dijo Kael, interviniendo para calmar los ánimos—. Dejemos la cuestión de los jinetes para más adelante. Ahora mismo, la prioridad es poner los huevos a salvo. Theron, necesito que me digas qué condiciones requieren para sobrevivir.

—Calor constante, como el que tenían en la caverna. Un entorno protegido de la luz solar directa. Y sortilegios de contención para evitar que su energía mágica sea detectada desde el exterior. —Theron meditó unos segundos—. Hay una cámara bajo el Templo de los Originales que podría servir. Es una antigua cripta, sellada desde hace siglos. Allí podríamos construir un criadero improvisado.

—Entonces hacedlo. Llevaos a los mejores albañiles y magos que necesitéis. Quiero que los huevos estén instalados antes del anochecer.

—Así se hará, majestad.

Los huevos fueron trasladados al Templo de los Originales con una discreción absoluta. Sólo los implicados en la operación sabían lo que contenían aquellos bultos envueltos en lonas. Para el resto del castillo, el rey había regresado de una misión de exploración rutinaria, y el carromato transportaba reliquias antiguas encontradas en las montañas. La mentira no se sostendría para siempre —los dragones, cuando nacieran, serían imposibles de ocultar—, pero por ahora era suficiente.




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