The Last Chance

Capitulo 1 - Parte 1: Chocolate

Un sonido relajante de hojas siendo delicadamente golpeadas por el viento se escuchaba de forma abrumadora, en un ambiente cálido y gentil que lentamente abrazaba un cómodo y delicado pasto. Entre visiones borrosas, se lograba ver un bosque, pero este bosque era curioso: los árboles estaban teñidos de un rojo opaco, los clásicos árboles de la temporada de otoño. El sol se asomaba con fuerza, aclarando todo el lugar. Esta visión borrosa se volvía lentamente más oscura, mientras los ecos de una voz se escuchaban en la nada.

—Oye… Cho-co-la-te —llamó una voz infantil con alegría.

Esa pequeña voz lentamente se hacía más fuerte, y la visión de ese hermoso bosque se volvía lentamente más oscura. La niña a quien se dirigía esa voz abrió lentamente los ojos, su visión aún borrosa por el sueño. Lo primero que vio fue el rostro de un niño de unos siete años. Su cabello negro caía en mechones desordenados, y sus ojos amarillos brillaban con inocencia. Sonreía con dulzura mientras daba pequeños golpecitos en la frente de la niña.

—Ya es bastante tarde, debes despertar —insistió él—. No querrás hacer enojar al señor.

La niña, cuyos ojos verdes estaban enmarcados por largas pestañas, lo miró en silencio por unos segundos antes de incorporarse lentamente. Ahora, a la luz tenue de la habitación, se podía ver mejor su aspecto: tenía el cabello blanco, suave y sedoso, con un degradado natural de color verde que se hacía presente desde más de la mitad de su cabello mientras que en su flequillo, destacaba un mechón de cabello color verde; su piel era pálida. Su vestimenta estaba desgastada, como si el tiempo y el uso le hubieran arrebatado su esplendor. Sin embargo, lo que más llamaba la atención era una pequeña cicatriz en su cuello.

—Últimamente duermes demasiado, Chocolate. ¿Estás bien? —preguntó el niño con un tono de preocupación.

Chocolate se talló un ojo con pereza antes de dirigirle una mirada tranquila. A pesar del evidente cansancio en su rostro, sonrió con dulzura.

—Discúlpame, Tom. No me pasa nada, no te preocupes. Tal vez solo estoy un poco agotada por las tareas y todo eso.

Tom la miró con desconfianza. Frunció levemente el ceño y se inclinó hacia ella, acercando su rostro al suyo. Sorprendida, Chocolate se echó ligeramente hacia atrás, parpadeando. Tras unos segundos de tensión, el niño simplemente le sonrió y se alejó, rascándose la mejilla con aire juguetón.

—Oki doki —respondió con entusiasmo.

Chocolate mantuvo su expresión de sorpresa por un instante antes de esbozar nuevamente una sonrisa angelical.

—Veo que ya están despiertos —interrumpió una voz femenina—. Tom, también deberías despertarme a mí, ¿sabes? No todo se trata de Chocolate.

Ambos voltearon hacia el origen de la voz. Una niña rubia de cabello corto y ojos azules los observaba mientras se estiraba en su cama. Chocolate y Tom intercambiaron una mirada antes de sonreírle.

—Hola, Sarah —saludó Chocolate.

—Lo lamento —se disculpó Tom con una risita.

Sarah los miró por unos segundos antes de hacer un gesto para que se levantaran. —Vamos, o nos quedaremos sin comida.

Su tono era maduro para una niña de su edad, transmitiendo una autoridad natural. Minutos después, los tres salieron de la habitación. Al hacerlo, se encontraron con un pasillo largo lleno de puertas idénticas en diferentes pisos. Las habitaciones comenzaban a abrirse y los niños salían en tropel, algunos caminando con prisa, otros corriendo, todos apresurados en dirección al comedor.

—Vaya, sí que han despertado rápido. Será mejor apurarnos —comentó Tom antes de acelerar el paso.

Chocolate se quedó rezagada por un momento, deteniéndose junto al barandal de madera del segundo piso. Desde allí, observó el movimiento a su alrededor. Niños de todas las edades corrían por los pasillos y bajaban las escaleras, sus rostros iluminados por la suave luz del amanecer que se filtraba a través de las ventanas altas. Aquellas ventanas parecían demasiado elevadas, como si hubieran sido diseñadas para que nadie pudiera ver el exterior.

El orfanato despertaba con vida, con murmullos y risas apagadas, con el crujido de la madera bajo los pasos apresurados. El aroma a pan recién horneado flotaba en el aire, mezclado con el eco de voces infantiles que anunciaban el inicio de un nuevo día.

Chocolate se aferró al barandal de madera, su mirada recorriendo cada rincón del salón principal. El bullicio de los niños a su alrededor parecía distante mientras sus ojos se posaban en las ventanas altas.

Sarah caminaba junto a Tom cuando notó la ausencia de Chocolate. Se detuvo, giró sobre sus talones y la vio rezagada, perdida en sus pensamientos. —Chocolate —su voz la llamó de vuelta a la realidad. La niña levantó la mirada. —Llegaremos tarde, vamos.

Sarah suspiró con resignación, pero le dedicó una pequeña sonrisa mientras se acercaba a ella y le tendía la mano. “Siempre tan soñadora”, pensó. Chocolate miró por última vez la ventana antes de tomar la mano de su amiga y caminar junto a ella y Tom.

—Uuhhh… Por ir tan lento nos quedaremos sin comida —se quejó Tom con tono lastimero, casi al borde de las lágrimas.

Antes de que pudiera seguir lamentándose, Sarah le dio un leve golpe en la cabeza con la palma de la mano.

—Deja de quejarte. Escuché por ahí que a Santa no le gustan los niños que se quejan.

Tom se cubrió la boca al instante, como si así pudiera evitar que Santa lo oyera. Con esa pequeña travesura de Sarah, el ambiente se alivianó un poco mientras continuaban su camino al comedor.

Una vez allí, se sentaron en una mesa larga, donde más de cien niños esperaban en silencio el desayuno. Chocolate observó su plato: un pan y una taza de café. Como todos los demás, juntó sus manos y cerró los ojos para rezar antes de comer. Cuando terminó la oración, el sonido de los cubiertos y las voces de los niños llenaron la sala.



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En el texto hay: accion, tragedias y muerte, drama psicológico

Editado: 16.10.2026

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