The War of Continents: La Guerra de los Dos Continentes

Capítulo I: El Nuevo Emperador

Diez años. Una década entera desde que las campanas de Draxcan repicaran por última vez para celebrar la victoria sobre el Imperio de Varkhar. Diez años de cosechas abundantes, de mercados bulliciosos, de niños que crecían sin haber conocido jamás el sonido de los tambores de guerra. La paz, aquella palabra esquiva que durante tanto tiempo había sido un sueño lejano, se había instalado en el continente de Daus como un huésped bienvenido al que todos temían perder.

El castillo de Draxcan seguía en pie, majestuoso como siempre, con sus cinco torres recortándose contra el cielo del atardecer. Pero ya no era el mismo castillo que Kael Kraxter había heredado de sus ancestros. Las cicatrices de la guerra —las grietas en las murallas, las almenas derribadas, los vitrales destruidos— habían sido reparadas con esmero por los mejores artesanos de los cinco distritos, y nuevas construcciones se alzaban en los patios donde antes sólo había escombros. El ala este, que había sufrido los peores daños durante el asedio, había sido reconstruida por completo con piedra blanca traída de las canteras de Lythara, y ahora albergaba la Academia de Jinetes de Dragones, una institución que Kael había fundado personalmente para entrenar a una nueva generación de guardianes alados. Allí, jóvenes de todos los distritos —humanos, magos, elfos, Elemens e incluso algunos originales— aprendían el arte de la cetrería antigua bajo la tutela de Theron, cuyo rostro milenario apenas había cambiado en la última década, y de los veteranos de las guerras anteriores.

Los dragones, aquellos cinco seres legendarios que habían inclinado la balanza de la batalla final, ya no eran las crías tambaleantes que nacieron en la cripta del templo. Eran bestias imponentes, de alas desplegadas que podían cubrir una casa entera, de escamas brillantes que reflejaban la luz del sol como espejos de fuego. Luz, la dragona dorada de Kael, medía ya más de quince metros de envergadura, y su rugido resonaba en todo el valle cuando se elevaba hacia el cielo al amanecer. Nocturno, el dragón de sombra de Lyssara, era apenas visible contra las nubes, una silueta oscura que se deslizaba entre las corrientes de aire como un fantasma, y los soldados de la guardia real decían que traía buena suerte verlo volar antes de una batalla. Fénix, el rojo de Lucian, había desarrollado un brillo carmesí que teñía el horizonte cuando volaba al atardecer, y los campesinos de los alrededores lo saludaban agitando pañuelos. Zafira, la azul, y Bosque, el verde, patrullaban las fronteras junto a sus jinetes, Ysilla y Gerik, protegiendo el reino de cualquier amenaza que pudiera surgir de las montañas.

Y en el centro de todo, el rey Kael Kraxter gobernaba con la sabiduría de quien ha aprendido que el poder no es un derecho, sino una responsabilidad.

Aquella mañana de primavera, Kael se encontraba en la sala de audiencias del castillo, despachando los asuntos cotidianos del reino. A sus cuarenta y tres años, el rey de Draxcan seguía siendo el mismo hombre de rostro afable y mirada penetrante que había servido desayunos en las cocinas décadas atrás, aunque las canas que salpicaban sus sienes y las arrugas que surcaban su frente delataban el peso de los años y de las decisiones. Seguía sin llevar corona —había renunciado a ella después de la guerra, diciendo que un rey no necesitaba símbolos para gobernar, y la había sustituido por el medallón de su madre, que colgaba sobre su pecho como siempre—, pero su autoridad era incuestionable. Nadie en Draxcan, ni siquiera los nobles más ambiciosos, osaba desafiar al hombre que había derrotado a nigromantes, desenmascarado a traidores, forjado alianzas imposibles y comandado dragones en la batalla.

—Majestad, el gremio de comerciantes solicita una reducción de los aranceles al hierro —dijo Beren, su fiel ayuda de cámara, que a sus sesenta años seguía tan eficiente como siempre, aunque sus pasos eran más lentos y su voz más cascada—. Dicen que los precios del hierro de Vortham son demasiado altos y que no pueden competir con los mercaderes del sur.

—Los aranceles se mantendrán como están —respondió Kael, sin levantar la vista de los documentos que estaba revisando—. El hierro de Vortham es más caro, sí, pero también es de mejor calidad. Si reducimos los aranceles, las minas de los Elemens quebrarán. Dile al gremio que se reúnan con Maelt. Él sabrá encontrar un término medio.

—Sí, majestad. El senador Rosmar los recibirá esta tarde. —Beren anotó algo en su tablilla—. También hay una solicitud de audiencia de la embajada de Varkhar. El embajador Rashan insiste en que es urgente.

Kael levantó la vista de los documentos. Rashan. El Gran Visir que había negociado la paz una década atrás, el anciano que había permanecido en Draxcan como embajador permanente, el hombre que nunca traía buenas noticias. En diez años, Rashan había visitado la sala de audiencias en docenas de ocasiones, siempre con quejas menores: disputas comerciales, malentendidos fronterizos, solicitudes de extradición de ciudadanos varkharianos que habían huido al oeste. Pero nunca había usado la palabra "urgente".

—Hazlo pasar —dijo Kael, dejando la pluma sobre la mesa.

El Gran Visir Rashan entró en la sala de audiencias con su porte habitual: una mezcla de dignidad forzada y humildad calculada. Sus diez años en la corte de Draxcan lo habían envejecido visiblemente, y su barba, antaño negra como el azabache, era ahora completamente blanca. Caminaba con la ayuda de un bastón de madera tallada, y sus ojos —aquellos ojos ámbar característicos de los varkharianos— estaban surcados de cataratas. Pero su mente seguía siendo la de un político astuto, capaz de ocultar sus verdaderas intenciones bajo capas de cortesía.

—Majestad Kraxter —saludó, inclinándose con dificultad—. Agradezco que me recibáis con tan poca antelación.

—Embajador Rashan. ¿Qué asunto os trae hoy con tanta urgencia?

—Un asunto delicado, majestad. —Rashan extrajo un pergamino de su túnica, lacrado con el sello del dragón bicéfalo, y lo depositó sobre la mesa con manos temblorosas—. He recibido un mensaje de Vorlagar. Un mensaje de mi emperador.




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