Las cartas de Kael Kraxter llegaron a todos los rincones de Daus en el plazo de una semana, transportadas por los dragones mensajeros que la Academia había entrenado para vuelos de larga distancia. Eran crías de Luz y Nocturno, más pequeñas que sus progenitores pero igualmente veloces, y sus jinetes —jóvenes aprendices de la Academia— habían cabalgado día y noche para entregar los mensajes lacrados con el sello de la serpiente alada. En cada corte, en cada salón del trono, en cada consejo de ancianos, las palabras del rey de Draxcan resonaron con la fuerza de un martillo sobre un yunque: Varkhar había exigido la sumisión de Daus, y Kael Kraxter convocaba a todos los reinos a un Gran Consejo en la capital para decidir el futuro del continente.
Las respuestas no se hicieron esperar. Y fueron tan variadas como los propios reinos.
En Lythara, la ciudad de los elfos, la reina Alariel —nieta de Sylvara, que había fallecido pacíficamente tres años atrás— reunió a su Consejo de Ancianos en el Salón de los Árboles. Alariel era joven para los estándares élficos, apenas doscientos años, pero había heredado la sabiduría de su abuela y el temple de su mentora, Illyana Cerevan. Cuando el mensajero de Draxcan le entregó la carta de Kael, la leyó en silencio, con el rostro impasible, y luego la pasó a sus consejeros.
—Varkhar nos ha declarado la guerra —dijo, con una voz que no reflejaba ninguna emoción—. O algo muy parecido. El nuevo emperador exige que nos sometamos, que entreguemos nuestros dragones y que reconozcamos su autoridad. Kael Kraxter ha rechazado la exigencia y nos convoca a un Gran Consejo.
—Eso es un acto de locura —dijo uno de los ancianos, un elfo de cabellos plateados llamado Faelan—. ¿Cree Kraxter que podemos enfrentarnos al imperio más poderoso del mundo?
—Cree que podemos enfrentarnos unidos. Que es muy distinto.
—¿Y qué ganamos nosotros con esta guerra? La última vez, perdimos a cientos de nuestros mejores arqueros defendiendo las murallas de Draxcan. ¿Qué nos ha dado Kraxter a cambio?
—Nos ha dado paz durante diez años —respondió Alariel, con firmeza—. Nos ha dado representación en su Consejo. Nos ha dado derechos que ningún rey humano nos había concedido antes. Y ahora nos pide que le ayudemos a defender todo lo que hemos construido.
—Nos pide que muramos por él.
—Nos pide que vivamos para nosotros. —Alariel se puso en pie—. Iré al Gran Consejo. Lythara estará representada. Y si Varkhar quiere guerra, la tendrá.
En Vortham, la ciudad de los magos, el Archimago Valen —cuya salud se había deteriorado notablemente en los últimos años— recibió la carta en su lecho de enfermo. A su lado, Ysilla, que había viajado desde Draxcan para estar presente, le leyó el mensaje en voz alta. Cuando terminó, Valen permaneció en silencio durante largos segundos, con los ojos cerrados.
—Así que el joven Derak quiere terminar lo que su tío empezó —dijo al fin, con una voz débil pero lúcida—. Qué poco aprenden los emperadores de la historia.
—¿Qué debo responder a Kael? —preguntó Ysilla.
—Dile que Vortham está con él. Como siempre lo ha estado. —Valen abrió los ojos y la miró—. Pero dile también que nuestros recursos son limitados. La Academia aún no se ha recuperado del todo de las guerras anteriores. Podemos enviar magos de batalla, pero no tantos como quisiéramos.
—Enviaremos los que podamos. Cada mago cuenta.
—Sí. Cada mago cuenta. —Valen tosió débilmente—. Ysilla, tú eres la Maga Principal ahora. Tú liderarás nuestro contingente. Haz que me sienta orgulloso.
—Lo haré, maestro. Se lo prometo.
En las Islas del Alba, el Consejo de Navegantes recibió la carta con una mezcla de preocupación y pragmatismo. Las islas siempre habían sido el reino más independiente de Daus, más interesado en el comercio que en la guerra, y su flota era la más poderosa del continente. Pero también eran conscientes de que si Varkhar conquistaba Daus, sus rutas comerciales quedarían destruidas.
—Kraxter nos pide barcos —dijo el Almirante Supremo, un hombre moreno y curtido llamado Kaelen (sin relación con el emisario varkhariano)—. Barcos y marineros. ¿Qué le respondemos?
—Le respondemos que sí —dijo una voz desde el fondo de la sala. Era una mujer anciana, de cabellos blancos y ojos grises, que había permanecido en silencio durante toda la reunión. Se llamaba Mara, y era la Navegante Más Antigua, una especie de oráculo viviente cuyas palabras rara vez eran cuestionadas—. He visto las estrellas. He leído las corrientes. Una tormenta se acerca desde el este. Si no la enfrentamos juntos, nos ahogará a todos.
—Entonces, enviaremos la flota —dijo el Almirante—. Que los varkharianos sepan que el mar de Daus no es suyo.
En los señoríos del sur, la respuesta fue más tibia. Los señores feudales que gobernaban aquellas tierras siempre habían sido recelosos del poder de Draxcan, y aunque Aren Elmer había viajado personalmente para convencerlos, sus palabras cayeron en oídos sordos en más de un caso.
—Kraxter quiere que muramos por él —dijo el barón Havelock, un hombre corpulento de barba rojiza—. Como murieron nuestros antepasados en la guerra anterior. ¿Y qué obtuvimos a cambio? Promesas. Sólo promesas.
—Obtuvisteis paz —respondió Aren, con paciencia—. Obtuvisteis comercio. Obtuvisteis protección. Sin Draxcan, Varkhar os habría conquistado hace años.
—Sin Draxcan, Varkhar ni siquiera nos habría atacado. Fuisteis vosotros quienes provocasteis al imperio con vuestra arrogancia.
—¿Provocar? ¿Llamáis provocación a defender vuestras fronteras?
—Llámalo como quieras. Mis hombres no lucharán en esta guerra. —Havelock se puso en pie—. Dile a Kraxter que los señoríos del sur se mantendrán neutrales.
—La neutralidad no os salvará cuando Varkhar llame a vuestras puertas.
—Eso es un riesgo que estoy dispuesto a correr.
Aren suspiró. No era la primera vez que se enfrentaba a la obstinación de los señoríos, y sabía que insistir sería inútil. Se levantó y se despidió con una inclinación de cabeza.