The War of Continents: La Guerra de los Dos Continentes

Capítulo III: La Sombra del Imperio

Los días que siguieron al Gran Consejo fueron un torbellino de actividad en Draxcan. La noticia de la alianza se extendió por todo el continente como un reguero de pólvora, y las cancillerías de los reinos menores —aquellos que no habían asistido a la reunión pero que observaban con atención los movimientos de sus vecinos— comenzaron a enviar mensajes de apoyo, ofertas de tropas y peticiones de protección. Era como si el ultimátum de Varkhar, en lugar de dividir Daus, hubiera actuado como un catalizador, recordando a todos lo que estaba en juego.

El castillo de Draxcan se había transformado en el cuartel general de la alianza. La sala de guerra, antaño un salón polvoriento que rara vez se utilizaba, bullía ahora con oficiales de todos los reinos: elfos de armaduras plateadas, magos con túnicas de colores, marineros de las Islas del Alba con sus característicos pañuelos azules, y los veteranos de Draxcan que habían sobrevivido a una docena de batallas. El mapa del continente, extendido sobre una mesa de roble macizo, estaba cubierto de marcadores que indicaban posiciones de tropas, rutas de suministro y posibles puntos de desembarco enemigos.

Kael Kraxter presidía las reuniones con una energía que desmentía sus cuarenta y tres años —aunque su rostro, gracias a los órganos Elemens que le habían trasplantado de niño, seguía siendo el de un joven de apenas veinticinco primaveras, lo cual provocaba miradas de desconcierto entre los oficiales que no lo conocían—. Su voz, firme y serena, inspiraba confianza incluso cuando las noticias no eran buenas. Y en los últimos días, pocas noticias lo eran.

—Los exploradores confirman que la flota de Varkhar se está reuniendo en el puerto de Vorlagar —informó Gerik, señalando el mapa con un puntero—. Según nuestros cálculos, tienen al menos doscientas galeras de guerra, cien transportes de tropas y medio centenar de barcos de asedio. Es la mayor concentración naval que se ha visto en siglos.

—¿Cuántos soldados pueden transportar? —preguntó el Almirante Kaelen, que había acudido personalmente desde las Islas del Alba para coordinar la defensa marítima.

—Según los informes de inteligencia, cada transporte puede llevar unos doscientos hombres. Eso suma unos veinte mil soldados sólo en la primera oleada. Y si utilizan las galeras para transportar tropas adicionales, podrían desembarcar hasta cincuenta mil en las playas del sur.

—¿Cincuenta mil? —El barón Havelock, que asistía a regañadientes a las reuniones del Consejo de Guerra, palideció—. Mis tierras están en el sur. Si desembarcan allí...

—Por eso hemos reforzado las defensas costeras —intervino Lyssara, que estaba de pie junto al mapa con los brazos cruzados. A sus cuarenta y un años, la comandante suprema del ejército de Daus seguía siendo una figura imponente, aunque su aspecto —como el de todos los Elemens— era el de una mujer de apenas veinticinco, con el cabello cobrizo recogido en una trenza y los ojos verdes brillando con determinación. Los oficiales más veteranos sabían que aquella apariencia juvenil ocultaba décadas de experiencia en el campo de batalla, y la respetaban como a una igual—. Las playas del sur están fortificadas con trampas, estacas y sortilegios de contención. Si Varkhar intenta desembarcar allí, se encontrarán con una recepción muy poco hospitalaria.

—¿Y si no desembarcan en el sur? —preguntó Alariel, la joven reina de Lythara, que había demostrado ser una estratega astuta a pesar de su juventud—. ¿Y si atacan por el norte, a través de la cordillera?

—La cordillera está defendida por los batallones de infantería Elemens —respondió Maelt, que a sus setenta años seguía asistiendo a las reuniones del Consejo, aunque su salud frágil lo obligaba a permanecer sentado la mayor parte del tiempo—. Mi hijo Torben lidera las defensas del Paso del Eco. Si Varkhar intenta cruzar por allí, se arrepentirá.

—¿Y los dragones? —preguntó Ysilla, que representaba a Vortham en ausencia del Archimago Valen—. Los informes dicen que Varkhar ha estado criando dragones en las islas del sur. ¿Cuántos tienen?

—Al menos cincuenta —respondió Gerik—. Quizás más. Pero son dragones salvajes, capturados y esclavizados mediante sortilegios de dolor. No tienen el entrenamiento ni el vínculo de los nuestros.

—Eso ya lo hemos oído antes. Y la última vez, casi perdemos la guerra.

—La última vez no teníamos esto. —Gerik señaló hacia la ventana, donde las siluetas de Luz, Nocturno, Fénix, Zafira y Bosque se recortaban contra el cielo del atardecer—. Nuestros dragones son más fuertes, más rápidos y más inteligentes que los suyos. Y tenemos a los nuevos reclutas de la Academia. Seis dragones jóvenes, entrenados por Theron personalmente. No son tan experimentados como los nuestros, pero pueden luchar.

—Seis dragones jóvenes contra cincuenta salvajes —murmuró Havelock—. No me gustan esas probabilidades.

—A mí tampoco —admitió Kael—. Pero son las que tenemos. Y no vamos a rendirnos por una cuestión de números.

La reunión continuó durante horas, discutiendo los detalles de la estrategia defensiva. Se acordó que la flota de las Islas del Alba patrullaría el mar interior, interceptando cualquier barco enemigo que intentara flanquear las defensas costeras. Los arqueros elfos de Lythara se desplegarían en las colinas que rodeaban la capital, creando un perímetro defensivo que haría imposible un ataque sorpresa. Los magos de Vortham reforzarían los sortilegios de protección del castillo. Y los dragones de Draxcan, junto con los nuevos reclutas de la Academia, formarían la punta de lanza de la defensa aérea.

—Cuando Varkhar ataque —concluyó Kael—, los recibiremos con todo lo que tenemos. No les daremos tregua. No les daremos cuartel. Y si alguien quiere rendirse, que lo haga ahora. Porque una vez que empiece la batalla, no habrá vuelta atrás.

Nadie se movió.

—Bien —dijo Kael—. Entonces, pongámonos a trabajar.

Aquella tarde, después de la reunión, Lucian se encontraba en la cripta del Templo de los Originales, practicando sus ejercicios de meditación bajo la supervisión de Theron. El anciano original, cuyo rostro milenario apenas había cambiado en décadas, observaba al príncipe con atención mientras éste intentaba hacer flotar una esfera de cristal sin usar las manos.




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