La flota de Varkhar apareció en el horizonte como una mancha oscura que se extendía de norte a sur, una cicatriz móvil sobre la piel gris del mar interior. Eran cientos de barcos —galeras de guerra con espolones de bronce, transportes de tropas con las cubiertas abarrotadas de soldados, barcos de asedio equipados con catapultas y lanzallamas—, y sus velas negras, adornadas con el dragón bicéfalo del imperio, ondeaban al viento como alas de murciélago. El estruendo de los remos al golpear el agua era un tambor constante, un latido de guerra que resonaba en el pecho de cada defensor de Daus.
Desde las almenas del castillo de Draxcan, Kael Kraxter contemplaba el avance enemigo con una calma que no sentía. A su lado, Luz, la dragona dorada, emitía un gruñido grave que vibraba en las piedras de la muralla. Sus ojos dorados, fijos en el horizonte, reflejaban las hogueras de los barcos enemigos como si ya estuviera calculando la mejor forma de incendiarlos. La herida que había sufrido en la guerra anterior —un zarpazo en el flanco que casi le cuesta la vida— había sanado por completo, pero Kael aún recordaba el dolor como si fuera ayer. No pensaba permitir que algo así volviera a ocurrir.
—¿Cuántos barcos cuentas? —preguntó Lyssara, que estaba junto a él con Nocturno. El dragón de sombra era casi invisible contra el cielo gris del amanecer, una silueta oscura que se fundía con las nubes bajas.
—Al menos trescientos —respondió Kael—. Quizás más. Los vigías dicen que hay una segunda flota más al norte, acercándose a la cordillera.
—Una segunda flota. Eso significa que planean atacar por dos frentes simultáneamente.
—O por tres. —Kael señaló hacia el sur, donde una tercera formación de barcos, más pequeña pero igualmente amenazadora, se perfilaba en la distancia—. El emperador no quiere dejarnos ninguna salida.
—Pues tendrá que buscar más barcos. Porque nosotros no pensamos rendirnos.
Los dragones de Draxcan se estaban reuniendo en el patio del castillo. Eran once en total: los cinco originales —Luz, Nocturno, Fénix, Zafira y Bosque— y los seis jóvenes de la Academia, crías de Luz y Nocturno que habían nacido en los últimos años. Eran más pequeños que sus progenitores, pero igualmente feroces, y sus jinetes —jóvenes de todos los distritos que habían entrenado bajo la tutela de Theron— aguardaban con una mezcla de nerviosismo y determinación.
—Escuchadme todos —dijo Kael, alzando la voz para que lo oyeran los jinetes reunidos—. Hoy no voy a mentiros. El enemigo nos supera en número. Tienen más barcos, más soldados y más dragones que nosotros. Pero nosotros tenemos algo que ellos no tienen. Tenemos un vínculo con nuestras bestias que va más allá del miedo y la obediencia. Luchamos por nuestras familias, por nuestros hogares, por nuestro futuro. Y mientras permanezcamos unidos, nada podrá vencernos.
—¿Cuál es el plan, majestad? —preguntó una de las jinetes jóvenes, una muchacha Elemens de cabello cobrizo llamada Mera, que montaba un dragón dorado llamado Aurum.
—Los dragones más experimentados —Luz, Nocturno, Fénix, Zafira y Bosque— atacaremos la flota principal. Incendiaremos sus barcos de asedio, destruiremos sus catapultas, sembraremos el caos en sus filas. Los dragones jóvenes os mantendréis en la retaguardia, protegiendo la ciudad de cualquier barco que consiga traspasar nuestras defensas. ¿Entendido?
—Sí, majestad —respondieron al unísono.
—Entonces, volad. Y que los dioses os protejan.
Los dragones alzaron el vuelo. Once pares de alas batieron el aire al mismo tiempo, creando una ráfaga de viento que hizo ondear los estandartes de las torres. Kael se inclinó sobre el cuello de Luz y le susurró al oído:
—Vamos, vieja amiga. Una vez más.
Luz respondió con un rugido que resonó en todo el valle y se elevó hacia el cielo, seguida de cerca por Nocturno y los demás.
La batalla comenzó sobre el mar, a media milla de la costa. Los dragones de Draxcan se lanzaron en picado sobre la flota enemiga, escupiendo fuego sobre las velas y los mástiles. Luz abrió las fauces y una columna de fuego dorado barrió la cubierta de una galera de guerra, incendiando las velas y haciendo estallar los barriles de aceite que los soldados de Varkhar habían almacenado junto a las catapultas. El barco se convirtió en una pira flotante, y los gritos de los marineros al arder se mezclaron con el rugido de las llamas.
Nocturno atacó desde las sombras, escupiendo ráfagas de oscuridad que cegaban a los arqueros enemigos y los hacían disparar contra sus propios compañeros. Lyssara, a lomos del dragón de sombra, dirigía cada ataque con una precisión quirúrgica, señalando los barcos de mando, los estandartes, los oficiales que intentaban reorganizar las filas.
—¡El barco de la izquierda! —gritó, y Nocturno giró en el aire, lanzando una nube de sombras que envolvió la nave. Cuando la oscuridad se disipó, los soldados de cubierta yacían inconscientes, y el timón había sido arrancado de cuajo.
Fénix, con Lucian a lomos, se lanzó contra los dragones enemigos que empezaban a elevarse desde los barcos de transporte. Eran bestias negras, de ojos inyectados en sangre, con cicatrices que delataban años de maltrato. Los Cazadores que las montaban las azuzaban con varas electrificadas, obligándolas a volar hacia el combate. Pero Lucian no les tenía miedo. Había entrenado para aquel momento durante diez años.
—¡Ahora, Fénix! —gritó, y el dragón rojo escupió una llamarada tan intensa que el primer dragón enemigo quedó reducido a cenizas en pleno vuelo. Los otros dos, asustados por el fuego, intentaron huir, pero Fénix los persiguió, derribándolos uno tras otro con zarpazos certeros.
—¡Bien hecho, príncipe! —le gritó Gerik desde Bosque, que estaba incendiando un barco de asedio cercano.
—¡Gracias! ¡Pero aún quedan muchos!
—¡Pues tendremos que darnos prisa!
Zafira, la dragona azul, se había elevado por encima de la batalla y estaba conjurando una tormenta de hielo que congelaba el mar alrededor de los barcos enemigos. Los cascos de las galeras crujían al quedar atrapados en el hielo, y los soldados que intentaban saltar al agua quedaban paralizados por el frío. Ysilla, a lomos de la dragona, dirigía el sortilegio con los ojos cerrados, concentrada en mantener el equilibrio mágico.