El dragón anciano aterrizó en la playa con un estruendo que hizo temblar las murallas de Draxcan y levantó una nube de arena que oscureció el sol durante unos segundos. Era una criatura de proporciones colosales, mucho más grande que cualquier dragón que Kael hubiera visto jamás. Sus alas desplegadas cubrían el campo de batalla de sombra, y sus escamas, de un negro tan profundo que parecía absorber la luz, brillaban con un fulgor enfermizo. Sus ojos, dos ascuas de fuego rojo, recorrieron la playa con una inteligencia antigua y malévola, y cuando abrió las fauces, un rugido ensordecedor resonó en todo el valle, haciendo que incluso los dragones de Draxcan retrocedieran instintivamente.
—Por todos los dioses —murmuró Gerik, que contemplaba la escena desde las murallas con Bosque a su lado. El dragón verde, que rara vez mostraba miedo, se había encogido sobre sí mismo, emitiendo un gruñido defensivo—. ¿Qué es esa cosa?
—Un dragón anciano —respondió Theron, que había subido a la muralla sin que nadie lo notara. Su rostro milenario, habitualmente impasible, reflejaba una preocupación que ninguno de los presentes le había visto antes—. Uno de los primeros. De la época anterior a los Once Originales. Creía que se habían extinguido hace milenios.
—Pues parece que no —dijo Lyssara, que ya había montado en Nocturno y se preparaba para despegar—. Y viene hacia aquí.
—¿Cómo se lucha contra eso? —preguntó Lucian, con la voz temblorosa. Fénix, a su lado, había desplegado las alas instintivamente, pero sus ojos rojos reflejaban la misma inquietud que su jinete.
—No lo sé —respondió Kael, desenvainando su espada—. Pero vamos a averiguarlo.
Montó en Luz de un salto, y la dragona dorada batió las alas con fuerza, elevándose hacia el cielo. Lyssara y Lucian lo siguieron de cerca, con Nocturno y Fénix. Gerik y Ysilla, con Bosque y Zafira, se quedaron en tierra por orden de Kael: si el dragón anciano conseguía traspasar las defensas aéreas, ellos serían la última línea de protección para la ciudad.
El dragón anciano los observó acercarse con sus ojos de fuego, y por un instante, Kael tuvo la certeza de que la criatura los estaba evaluando. No como un depredador evalúa a su presa, sino como un general evalúa a un enemigo. Había inteligencia en aquellos ojos, una inteligencia antigua y terrible que había presenciado la caída de imperios y el nacimiento de mundos.
—¡Luz, fuego! —gritó Kael, y la dragona dorada escupió una columna de llamas doradas que impactó directamente en el pecho del dragón anciano. Pero las escamas negras absorbieron el fuego sin sufrir daño aparente. La criatura ni siquiera pestañeó.
—¡No le afecta! —gritó Lucian, que atacaba desde el flanco derecho con Fénix. El dragón rojo lanzó una ráfaga de fuego carmesí que también fue absorbida por las escamas negras—. ¡Es inmune al fuego!
—¡Probemos con otra cosa! —Lyssara dirigió a Nocturno hacia la cabeza del dragón anciano, y el dragón de sombra escupió una nube de oscuridad que envolvió los ojos de la bestia. Durante unos segundos, el dragón anciano pareció desorientado, sacudiendo la cabeza como si intentara librarse de una molestia. Pero luego, con un rugido de furia, barrió el aire con su cola y obligó a Nocturno a retroceder.
—¡Cuidado! —gritó Lyssara, esquivando el golpe por los pelos.
El dragón anciano desplegó sus alas inmensas y se elevó hacia el cielo con una agilidad que desmentía su tamaño. En cuestión de segundos, se situó por encima de los dragones de Draxcan y escupió una llamarada de fuego negro que barrió el cielo. Luz recibió el impacto de refilón en el ala izquierda, y Kael sintió el dolor como si fuera propio. La dragona dorada se tambaleó en el aire, perdiendo altura.
—¡Luz, resiste! —gritó Kael, aferrándose a las riendas.
—¡Padre! —Lucian voló hacia él con Fénix, interponiéndose entre Luz y el dragón anciano—. ¡Apártate de él!
—¡No, Lucian, es demasiado peligroso!
Pero el príncipe no escuchó. Con una determinación que nacía de la desesperación, dirigió a Fénix directamente hacia el pecho del dragón anciano. El dragón rojo, el más pequeño de los cinco originales pero también el más rápido, esquivó dos zarpazos de la bestia y logró acercarse lo suficiente para que Lucian pudiera ver los ojos de fuego de cerca. Y entonces, el príncipe hizo algo que ninguno de los presentes esperaba.
Extendió la mano hacia el dragón anciano y cerró los ojos.
El colgante que el Nexo antiguo le había entregado años atrás —aquel fragmento de poder que llevaba colgado al cuello desde su visita al Templo de los Dos Soles— comenzó a brillar con un fulgor dorado. Una onda de energía se expandió desde la palma de Lucian, envolviendo al dragón anciano como un manto de luz. La bestia se detuvo en seco, suspendida en el aire, y sus ojos de fuego se fijaron en el príncipe con una expresión que ya no era de furia, sino de... reconocimiento.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Lyssara, que observaba la escena desde Nocturno.
—No lo sé —respondió Kael—. Pero no lo interrumpas.
Lucian habló, pero su voz no era la suya. Era una voz más profunda, más antigua, que resonaba con ecos de otros tiempos.
—Te conozco —dijo el príncipe—. Eres el último de los antiguos. El guardián del umbral. El que fue sellado bajo las montañas cuando los mundos se separaron.
El dragón anciano emitió un sonido que no era un rugido, sino algo más complejo: una especie de vibración grave que resonó en el pecho de todos los presentes. Y entonces, para asombro de todos, respondió. No con palabras, sino con imágenes que se proyectaron directamente en la mente de Lucian. Imágenes de una época olvidada, de guerras entre dioses y mortales, de un pacto sellado con sangre de dragón.
—Fuiste esclavizado —continuó Lucian, con aquella voz que no era la suya—. Por los antiguos. Por los varkharianos. Por todos los que han intentado usar tu poder para sus propios fines. Pero ya no. Eres libre.