The War of Continents: La Guerra de los Dos Continentes

Capítulo VI: El Precio de la Victoria

La rendición del emperador Derak IV marcó el fin de la batalla, pero no el fin de la guerra. Las tropas de Varkhar que aún combatían en las playas y en los pasos de la cordillera, al recibir la noticia de que su emperador había depuesto las armas, fueron rindiéndose en grupos desiguales, abandonando sus posiciones y entregando sus espadas a los soldados de la alianza. Algunos lo hicieron con alivio —eran hombres y mujeres que nunca habían querido aquella guerra, reclutas forzosos que habían sido arrastrados a la conquista por la ambición de su emperador y que ahora, al ver a sus oficiales muertos o capturados, sólo deseaban volver a sus hogares—, pero otros, los más fanáticos, los Inmortales de la Guardia Imperial que habían jurado dar su vida por el trono, prefirieron luchar hasta la muerte antes que aceptar la derrota. Durante horas, los combates esporádicos continuaron en los rincones más alejados del campo de batalla: en las bodegas de los barcos encallados, donde pequeños grupos de soldados se atrincheraban entre barriles de pólvora y provisiones; en las grutas de los acantilados, donde los Cazadores de Dragones supervivientes se escondían con sus arpones rotos; en los bosques cercanos a la playa, donde los desertores de ambos bandos se enfrentaban en escaramuzas confusas y sangrientas.

El estruendo de las espadas y los gritos de los moribundos se mezclaron durante horas con el crepitar de los barcos incendiados —aquellas piras flotantes que aún ardían en la bahía, iluminando la noche con un resplandor anaranjado— y con el rugido de los dragones que patrullaban el cielo, asegurándose de que ningún enemigo intentara reagruparse. Luz, Nocturno, Bosque y Zafira se turnaban en turnos de dos horas, describiendo círculos sobre el campo de batalla mientras sus jinetes, agotados, descansaban en el castillo. Los dragones jóvenes de la Academia, aquellos que habían sobrevivido a la batalla, se ocupaban de tareas menos gloriosas pero igualmente necesarias: transportar heridos a los hospitales de campaña, llevar mensajes entre los distintos frentes, vigilar a las columnas de prisioneros que eran conducidas hacia los campamentos improvisados que los ingenieros de Maelt habían construido en las colinas.

Pero al anochecer, el silencio se impuso por fin sobre la playa. Un silencio denso, cargado de agotamiento y de dolor, roto únicamente por el rumor de las olas al lamer la arena manchada de sangre y por los lamentos de los heridos que eran trasladados en camillas hacia los templos convertidos en enfermerías. Los sacerdotes de los Cinco Distritos, ayudados por los magos de Vortham, trabajaban sin descanso para salvar a los que aún podían ser salvados. Las plegarias se mezclaban con los sortilegios de curación, y el olor a incienso competía con el hedor de la sangre y la carne quemada.

Kael Kraxter contemplaba el campo de batalla desde lo alto de la muralla del castillo, con Luz a su lado. La dragona dorada, agotada por el esfuerzo, se había tumbado sobre las piedras calientes del adarve, y su respiración era un resuello profundo que levantaba pequeñas nubes de polvo. Tenía el ala izquierda vendada —un corte profundo que había requerido una docena de puntos de sutura mágica, obra de Ysilla, que había trabajado sin descanso durante horas—, pero sus ojos dorados seguían brillando con la misma vitalidad de siempre, y de vez en cuando emitía un ronroneo grave que vibraba en el pecho de Kael como un segundo latido.

—Lo hemos conseguido, vieja amiga —le dijo en voz baja, acariciándole el hocico. Las escamas de Luz eran cálidas al tacto, y su aliento olía a ozono, a tormenta inminente—. Otra vez.

Luz emitió un resoplido que sonó casi como una risa. La dragona había estado con él desde que naciera en la cripta del templo, una cría tambaleante de escamas doradas y ojos brillantes que había elegido a un rey sin corona como su jinete. Habían pasado diez años desde entonces, y en ese tiempo habían sobrevivido juntos a batallas que habrían matado a cualquier otra pareja: la defensa de la Garganta del Lobo, la batalla de la costa sur, el asedio de Draxcan, y ahora aquella guerra relámpago contra la flota de Derak IV. Pero Kael sabía que la suerte no duraría para siempre. Algún día, uno de los dos caería. Y ese pensamiento lo atormentaba en las noches de insomnio, cuando todo estaba en calma y su mente no podía dejar de dar vueltas a las mismas preguntas sin respuesta.

—Majestad. —La voz de Gerik lo sacó de sus pensamientos. El capitán, con el brazo derecho vendado y el rostro cubierto de hollín y sangre seca, subía las escaleras de la muralla con paso cansado pero firme. A sus treinta y ocho años, Gerik seguía siendo el mismo soldado leal y bromista de siempre, aunque las cicatrices de una docena de batallas surcaban su cuerpo como un mapa de la guerra—. Os traigo el recuento de bajas. No es bonito.

—Dime.

—Hemos perdido a ochocientos doce soldados entre muertos y desaparecidos. La mayoría de la infantería que defendía la playa. Los Inmortales de Varkhar son... eran... unos luchadores formidables. —Gerik se pasó la mano por el rostro, un gesto de agotamiento que Kael conocía bien—. Otros mil trescientos están heridos, algunos de gravedad. Los magos de Vortham están haciendo lo que pueden, pero no dan abasto. Hemos tenido que convertir tres templos en hospitales de campaña, y aún así hay heridos esperando en los pasillos.

—¿Y los aliados?

—Los elfos han perdido a cincuenta arqueros. Los isleños, unos cien marineros. Vortham ha sufrido bajas entre sus magos de batalla. —Gerik hizo una pausa, y su expresión se ensombreció—. Y los dragones... Ninguno de los cinco originales ha muerto, gracias a los dioses. Pero varios están heridos. Fénix estará fuera de combate al menos una semana, según los sanadores. Zafira está agotada, necesita descansar. Bosque tiene un corte en el flanco, pero sobrevivirá. Y los jóvenes de la Academia... —Gerik respiró hondo antes de continuar—. Mera ha perdido a Aurum.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.