Las semanas que siguieron a la rendición del emperador Derak IV fueron un torbellino de actividad diplomática, militar y emocional. La guerra había terminado, sí, pero sus consecuencias se extendían como ondas en un estanque, afectando a todos los rincones de ambos continentes. En Draxcan, la capital del reino que había liderado la alianza, la reconstrucción comenzó antes incluso de que los últimos prisioneros de guerra fueran escoltados a los campamentos de detención. Los ciudadanos, que habían pasado las últimas semanas refugiados en sótanos y túneles, emergieron a la luz del sol con una mezcla de alivio y determinación. Las mujeres y los niños se unieron a los ancianos en las labores de limpieza, retirando escombros de las calles, apagando los últimos incendios que aún humeaban en los tejados, y transportando agua y alimentos a los soldados que custodiaban las murallas.
Kael Kraxter apenas dormía. Sus cuarenta y tres años —que su rostro juvenil, preservado por los órganos Elemens que le habían trasplantado de niño, ocultaba bajo una apariencia de veinticinco— no le impedían trabajar dieciocho horas al día, supervisando personalmente cada aspecto de la reconstrucción. Recorría las calles a pie, sin escolta, deteniéndose a hablar con los herreros que reparaban las puertas del castillo, con las costureras que remendaban uniformes, con los niños que recogían puntas de flecha del suelo para fundirlas y reutilizarlas. Era un rey que había sido sirviente, y nunca olvidaba de dónde venía.
—Majestad, deberíais descansar —le dijo Beren por enésima vez aquella mañana, mientras Kael revisaba los informes de suministros en su estudio. El fiel ayuda de cámara, cuyos sesenta años le pesaban más que nunca después de las tensiones de la guerra, había preparado una bandeja con pan, queso y fruta que Kael apenas había tocado—. Lleváis tres días durmiendo menos de cuatro horas. Vuestro cuerpo no es de hierro.
—Mi cuerpo es mitad Elemens —respondió Kael, sin levantar la vista de los pergaminos—. Aguantará.
—Vuestro cuerpo es terco, como vuestra mente. Pero incluso los Elemens necesitan descansar. Preguntadle a la comandante Rosmar.
Kael sonrió a pesar del agotamiento. Lyssara, que había entrado en el estudio en ese momento con Nocturno siguiéndola como una sombra alargada, puso los ojos en blanco.
—No me uses como ejemplo, Beren. Yo también llevo tres días sin dormir. —Lyssara se dejó caer en una butaca frente a Kael. A sus cuarenta y un años, la comandante suprema del ejército de Daus seguía teniendo el aspecto de una joven de veinticinco, gracias a la fisiología de los Elemens, que les permitía elegir su apariencia física. Su cabello cobrizo, recogido en una trenza tensa, brillaba bajo la luz de las velas, y sus ojos verdes —aquellos ojos que Kael amaba— estaban surcados de ojeras, pero seguían brillando con determinación—. ¿Cómo van los preparativos?
—Los informes de suministros están casi completos —respondió Kael—. Hemos recibido cargamentos de grano de Lythara, madera de las Islas del Alba y hierro de las minas Elemens. La reconstrucción del ala este del castillo comenzará la semana que viene. Y los prisioneros de guerra están siendo escoltados a los campamentos de detención en las colinas.
—¿Cuántos prisioneros tenemos?
—Algo más de veinte mil. La mayoría son soldados rasos que se rindieron en cuanto supieron que el emperador había sido capturado. No son una amenaza, pero hay que alimentarlos, albergarlos y vigilarlos. Eso consume recursos que preferiría destinar a la reconstrucción.
—No podemos simplemente liberarlos. Si los enviamos de vuelta a Varkhar sin supervisión, podrían reagruparse.
—Lo sé. Por eso he propuesto al Consejo un programa de liberación condicional. Los prisioneros que juren lealtad a Daus y renuncien por escrito a cualquier pretensión de conquista serán liberados progresivamente. Los que se nieguen... permanecerán en los campamentos hasta que encontremos una solución permanente.
—¿Y el Consejo ha aceptado?
—Con reticencias. Havelock quería ejecutarlos a todos. —Kael esbozó una sonrisa amarga—. Pero Alariel y Kaelen lo han apoyado. Y Maelt, por supuesto.
—Mi padre siempre ha sido pragmático. —Lyssara se incorporó y tomó una manzana de la bandeja de Beren—. ¿Qué hay de los dragones? ¿Cómo están los heridos?
—Fénix se recupera bien. Los sanadores dicen que podrá volar en unos días. Zafira ha descansado y ya está patrullando la costa con Ysilla. Los jóvenes de la Academia... —Kael hizo una pausa—. Los que sobrevivieron están entrenando más duro que nunca. La muerte de Aurum les ha afectado a todos, pero en lugar de desmoralizarlos, parece haberlos unido.
—Mera ha pedido volver a entrenar —dijo Lyssara—. Me lo dijo ayer. Quiere un nuevo dragón.
—¿Un nuevo dragón? ¿Tan pronto?
—Dice que no quiere que el sacrificio de Aurum haya sido en vano. Que quiere honrar su memoria convirtiéndose en la mejor jinete que pueda ser. —Lyssara mordió la manzana—. La he aceptado. Empezará la próxima semana con una de las crías de la última camada.
—Es una chica valiente.
—Es una Elemens. Los Elemens no se rinden.
Kael asintió lentamente. Luego se levantó y se acercó a la ventana, contemplando el patio del castillo donde los dragones jóvenes practicaban maniobras bajo la supervisión de Theron. Eran seis —cuatro dorados, uno negro y uno azul— y sus jinetes, muchachos y muchachas de entre quince y veinte años, los dirigían con una precisión que habría sido impensable apenas un año atrás. La guerra los había envejecido prematuramente, pero también los había fortalecido.
—¿En qué piensas? —preguntó Lyssara, acercándose por detrás.
—En que todo esto —Kael señaló hacia el patio, hacia los dragones, hacia la ciudad que se reconstruía más allá de las murallas— es frágil. Muy frágil. Hemos ganado dos guerras en diez años, pero cada victoria nos ha costado sangre, recursos, amigos. ¿Cuánto tiempo podremos seguir así?