Tres meses después de la batalla que había decidido el destino de dos continentes, Draxcan era una ciudad transformada. Las cicatrices de la guerra seguían siendo visibles —paredes ennegrecidas por el humo, andamios que abrazaban las fachadas como exoesqueletos de madera, calles donde el olor a ceniza aún competía con el aroma del pan recién horneado—, pero la vida había vuelto a fluir por sus arterias con una vitalidad renovada. Los mercados bullían de actividad, los gremios trabajaban a pleno rendimiento y los templos se llenaban de fieles que acudían a dar gracias por la salvación del reino. La gente sonreía más. Los niños jugaban en las plazas sin miedo. Incluso los ancianos, esos termómetros vivientes del alma de una ciudad, comentaban que no recordaban un verano tan hermoso desde hacía décadas.
Pero bajo aquella superficie de normalidad, las tensiones persistían. El juicio del emperador Derak IV —anunciado para aquella misma semana— había polarizado a la opinión pública como ningún otro acontecimiento desde la firma del tratado de paz con Varkhar, diez años atrás. En las tabernas se discutía acaloradamente sobre el destino del monarca caído: unos exigían su ejecución inmediata, otros abogaban por la clemencia, y unos pocos —muy pocos— susurraban que quizás habría sido mejor aceptar su ultimátum y evitar la guerra por completo. Eran voces minoritarias, pero Kael sabía que las voces minoritarias, si se ignoraban, podían convertirse en mayoritarias con el tiempo.
Aquella mañana, el rey de Draxcan se encontraba en la sala de audiencias del castillo, revisando los últimos preparativos para el juicio. A su lado, Lyssara —cuyo embarazo empezaba a notarse bajo el uniforme de comandante, aunque su rostro seguía siendo el de una joven de veinticinco años gracias a la fisiología Elemens— leía los informes de seguridad con el ceño fruncido.
—Habrá protestas —dijo, señalando un párrafo del informe—. Los gremios de comerciantes han convocado una manifestación para el día del juicio. Quieren que el emperador sea ejecutado públicamente.
—Lo sé. He hablado con ellos. Les he explicado que la ejecución no es una opción.
—¿Y lo han aceptado?
—A regañadientes. —Kael dejó los documentos sobre la mesa y se frotó los ojos. A sus cuarenta y tres años, su apariencia seguía siendo la de un joven de veinticinco, cortesía de los órganos Elemens que le habían trasplantado cuando era niño. Pero el cansancio que sentía no tenía nada que ver con la edad—. Havelock ha estado avivando el fuego. Dice que un emperador derrotado es un mártir en potencia, y que la única forma de evitar una rebelión futura es eliminar al mártir antes de que surja.
—Havelock es un idiota.
—Havelock es un hombre asustado. Como todos nosotros. Pero tiene razón en una cosa: Derak IV es un símbolo. Mientras esté vivo, habrá quien quiera liberarlo.
—Por eso lo tenemos en una celda de hierro forjado, custodiado por seis guardias y vigilado por Nocturno. —Lyssara señaló hacia el techo, donde el dragón de sombra dormitaba en una viga—. Nadie va a liberarlo.
—No mientras nosotros estemos aquí. Pero, ¿y después? ¿Cuando Lucian sea rey? ¿Cuando nuestro hijo nazca y crezca? —Kael negó con la cabeza—. No podemos pasar el resto de nuestras vidas vigilando a un prisionero. Tenemos que encontrar una solución permanente.
—El juicio la encontrará. Confía en el tribunal.
—Confío en el tribunal. Pero no confío en la política.
El juicio del emperador Derak IV se celebró en el Salón de las Columnas, el mismo lugar donde Kael había sido proclamado rey hacía más de una década. Era una elección deliberada: aquel salón era el corazón simbólico del reino, y juzgar allí al hombre que había intentado conquistarlo era una declaración de intenciones. La justicia no se escondía en sótanos oscuros. La justicia se ejercía a plena luz, ante los ojos de todos.
Las galerías estaban abarrotadas. Nobles, comerciantes, soldados, magos, elfos, Elemens, humanos y originales se apiñaban en los bancos de madera, murmurando entre ellos mientras esperaban el inicio de la sesión. Los estandartes de los cinco distritos colgaban de las columnas, junto a las banderas de los reinos aliados: el roble plateado de Lythara, la llama azul de Vortham, el barco alado de las Islas del Alba. Era un recordatorio visual de que aquel juicio no era sólo draxcano, sino continental.
Kael presidía el tribunal desde el estrado principal, flanqueado por los jueces designados por cada uno de los reinos aliados: Alariel de Lythara, el Almirante Kaelen de las Islas del Alba, Ysilla en representación de Vortham, Maelt Rosmar por los Elemens, y el barón Havelock por los señoríos del sur. Theron, como representante de los originales, ejercía de asesor jurídico, un papel que había aceptado a regañadientes. Lucian, sentado en una silla junto a su madre, observaba el procedimiento con una mezcla de curiosidad y aprensión. Nunca había asistido a un juicio, y aunque había estudiado las leyes del reino con Aren, la teoría era muy distinta de la práctica.
En el banquillo de los acusados, el emperador Derak IV aguardaba de pie, flanqueado por dos guardias. Le habían permitido vestir su propia ropa —una túnica negra con bordados dorados, aunque sin las insignias imperiales—, y su porte seguía siendo el de un monarca: la espalda recta, la mirada altiva, la mandíbula apretada. Sus ojos ámbar recorrieron la sala con una mezcla de desprecio y curiosidad, deteniéndose brevemente en Kael antes de apartar la mirada.
—Emperador Derak IV —comenzó Kael, con una voz que resonó en el silencio de la sala—. Comparecéis ante este tribunal acusado de crímenes de guerra, invasión no provocada, esclavitud de criaturas conscientes y conspiración para cometer genocidio. ¿Cómo os declaréis?
—No reconozco la autoridad de este tribunal —respondió Derak IV, con voz firme—. Soy el emperador de Varkhar, señor del este y guardián del umbral. No puedo ser juzgado por reyes menores.