The War of Continents: La Guerra de los Dos Continentes

Capítulo IX: Las Raíces del Mañana

El verano se despidió de Draxcan con una última oleada de calor que derritió el alquitrán de los tejados y llenó las calles de niños chapoteando en las fuentes públicas. Luego, casi de un día para otro, el otoño se instaló con su habitual brusquedad, tiñendo los bosques de las colinas circundantes de tonos cobrizos y dorados, y cubriendo los campos de una fina capa de escarcha que brillaba bajo la luz del amanecer como un manto de diamantes. Los campesinos recogían las últimas cosechas del año —manzanas tardías, calabazas, uvas para el vino de invierno—, y los molinos trabajaban sin descanso para moler el grano antes de que las heladas bloquearan los caminos.

Habían pasado seis meses desde el fin de la guerra. Seis meses desde que el emperador Derak IV fuera condenado a cadena perpetua y encerrado en las mazmorras del castillo. Seis meses desde que la alianza de los ocho reinos demostrara al mundo que Daus no se doblegaría ante ningún imperio. Y en ese tiempo, la paz —aquella paz frágil por la que tanto habían luchado— había empezado a echar raíces, como un árbol joven que necesita cuidados constantes para no marchitarse.

Kael Kraxter se había tomado en serio su promesa de descansar. No del todo —seguía siendo el rey, seguía despachando asuntos de estado, seguía reuniéndose con el Consejo de los Cinco—, pero había aprendido a delegar. Aren Elmer, que en los últimos años se había convertido en su mano derecha para los asuntos diplomáticos, se encargaba ahora de las negociaciones con los reinos aliados. Maelt Rosmar, a pesar de su edad avanzada y su salud frágil, supervisaba la reconstrucción de las infraestructuras. Gerik y Ysilla coordinaban la defensa de las fronteras. Y Lyssara, cuyo embarazo de siete meses era ya imposible de ocultar —aunque su rostro, como el de todos los Elemens, seguía mostrando la apariencia que ella deseaba: la de una joven comandante de veinticinco años, de cabello cobrizo y ojos verdes—, había reducido sus horas de trabajo por orden de los sanadores, aunque seguía dirigiéndose al cuartel cada mañana "sólo para supervisar".

—Los sanadores dicen que deberías guardar reposo —le recordó Kael una mañana, mientras desayunaban en sus aposentos. Marta les había preparado un festín: pan recién horneado, miel de los apiarios élficos, fruta confitada y un té de hierbas que, según la cocinera, era bueno para el embarazo.

—Los sanadores dicen muchas cosas. —Lyssara untó una rebanada de pan con miel y le dio un mordisco—. También dicen que el vino es malo para la salud y que dormir poco acorta la vida. Y mírame: llevo veinte años durmiendo cuatro horas al día y estoy perfectamente.

—Eres una Elemens. Eso no cuenta.

—Claro que cuenta. Los Elemens también necesitamos descansar. Pero no voy a quedarme en la cama mientras medio reino sigue en obras. —Lyssara señaló hacia la ventana, donde las grúas y los andamios eran visibles en varios puntos de la ciudad—. Además, el bebé está bien. Lo sé. Lo siento.

Kael sonrió. Una de las ventajas de estar casado con una Elemens era que podía sentir la vida que crecía en su interior con una claridad que ninguna humana podría experimentar. Lyssara le había descrito la sensación como "un segundo corazón que late junto al mío, pero más pequeño, más rápido, como el aleteo de un colibrí". Era una imagen que a Kael le gustaba evocar en los momentos de tranquilidad.

—¿Has pensado en nombres? —preguntó, sirviéndose más té.

—Si es niña, Elyse. Como la guardiana de los archivos.

—¿Y si es niño?

—Aldric. Como tu abuelo.

—Aldric Kraxter. —Kael paladeó el nombre—. Suena bien. Un nombre de rey.

—O de reina. Elyse Kraxter también suena bien.

—Cualquiera de los dos. Mientras sea sano y feliz.

—Lo será. Porque no pienso permitir que sea de otra manera. —Lyssara se llevó la mano al vientre, donde el bebé acababa de dar una patada—. Este niño o niña va a crecer en un mundo mejor que el que nosotros conocimos. Sin guerras, sin conspiraciones, sin sombras antiguas. Se lo debemos.

—Se lo debemos —repitió Kael, tomándole la mano.

Lucian, mientras tanto, pasaba la mayor parte de su tiempo en la cripta del Templo de los Originales, entrenando bajo la supervisión de Theron. El anciano original, cuyo rostro milenario apenas había cambiado en las últimas décadas, había intensificado las lecciones en los últimos meses, convencido de que el príncipe estaba a punto de alcanzar un nuevo nivel de dominio sobre el Nexo.

—Tu poder ha crecido considerablemente desde la batalla —dijo Theron una tarde, mientras Lucian practicaba la levitación de objetos cada vez más pesados. Fénix, el dragón rojo, observaba la escena desde un rincón de la cripta, con sus ojos dorados fijos en su jinete—. Liberar al dragón anciano fue un hito. Demostró que puedes canalizar la energía del Nexo sin desbordarte, incluso en situaciones de estrés extremo.

—Pero aún no puedo controlarlo del todo —respondió Lucian, dejando caer la roca que estaba levitando. El sudor le perlaba la frente, y sus manos temblaban ligeramente—. Hay momentos en que el poder fluye sin que yo lo llame. Sueños que no puedo controlar. Visiones que no entiendo.

—¿Qué tipo de visiones?

—Anoche soñé con una figura oscura. Me tendía la mano y me ofrecía algo. No sé qué era, pero... me atraía. Como si una parte de mí quisiera aceptarlo.

Theron guardó silencio unos segundos. Luego se sentó en un banco de piedra junto al príncipe.

—Lucian, el poder del Nexo no es bueno ni malo en sí mismo. Es como el fuego: puede dar calor o puede quemar. Depende de quién lo use y con qué intención. El hecho de que sientas atracción hacia esa figura oscura no te convierte en malvado. Significa que eres humano. O parcialmente humano, en tu caso.

—Pero, ¿y si un día cedo a esa atracción? ¿Y si elijo mal?

—No lo harás. Porque tienes algo que el Nexo antiguo no tenía: una familia que te apoya. Amigos que te quieren. Un propósito que va más allá de ti mismo. —Theron le puso una mano en el hombro—. La elección final de la que habla la profecía no será fácil. Pero cuando llegue el momento, sabrás qué hacer. Confío en ti.




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