El otoño había teñido los bosques de Draxcan de tonos cobrizos y dorados cuando los tambores de guerra volvieron a sonar en la cordillera. No eran los tambores de un ejército en marcha —todavía no—, sino los tambores de la movilización, ese sonido sordo y constante que resonaba en las guarniciones fronterizas como un latido de alerta. Desde la destrucción del Corazón de la Montaña, tres meses atrás, las defensas mágicas que durante milenios habían protegido Daus del Imperio de Varkhar se habían desmoronado por completo. Los sortilegios que antaño sellaban los pasos de montaña, las barreras invisibles que dificultaban el avance de cualquier ejército invasor, las runas de contención que mantenían a raya a las criaturas de las profundidades... todo había desaparecido. La cordillera ya no era una fortaleza infranqueable. Era una puerta abierta.
Y al otro lado de esa puerta, el Imperio de Varkhar se preparaba para la guerra.
Kael Kraxter contemplaba el mapa del continente extendido sobre la mesa de la sala de guerra, con el ceño fruncido y las manos apoyadas en el borde de roble. A su alrededor, los comandantes de la alianza discutían acaloradamente sobre las últimas informaciones proporcionadas por los exploradores. Eran noticias preocupantes: los espías infiltrados en Vorlagar informaban de una movilización sin precedentes en la capital imperial. Tres ejércitos, cada uno de al menos treinta mil hombres, se estaban concentrando en las fronteras orientales de la cordillera. La flota de Varkhar, reconstruida en secreto durante el último año, había zarpado de los astilleros del sur con rumbo desconocido. Y lo que era más alarmante: los informes mencionaban la presencia de "armas nuevas" en los campamentos enemigos. Armas que los espías no habían podido identificar, pero que describían como "máquinas de guerra como nunca se habían visto".
—No podemos esperar a que ellos den el primer golpe —dijo Gerik, señalando el mapa con el puntero. Su brazo, completamente recuperado de la herida que había sufrido durante la batalla de la playa, se movía con energía—. Si dejamos que concentren sus fuerzas, nos aplastarán por puro peso numérico.
—No podemos atacar sin saber dónde están —objetó Maelt Rosmar, que a sus setenta y tantos años seguía siendo la voz de la prudencia en el Consejo—. La cordillera es enorme. Si dispersamos nuestros ejércitos para cubrir todos los pasos, seremos vulnerables en todos ellos.
—Entonces concentrémoslos en los puntos estratégicos —propuso Alariel, la reina de Lythara, que había viajado personalmente a Draxcan para coordinar la defensa—. La Garganta del Lobo, el Paso del Eco, la Cueva de los Cristales. Si defendemos esos tres puntos, podremos ralentizar su avance.
—Eso funcionó la última vez —dijo Gerik—. Pero la última vez teníamos aliados que cubrían nuestras espaldas. Ahora los señoríos del sur están... indecisos.
—Havelock está jugando a dos bandos —intervino Lyssara, con un tono que no ocultaba su desprecio—. Nos promete lealtad en público, pero en privado negocia con Varkhar.
—No tenemos pruebas de eso —dijo Aren, siempre diplomático.
—No las necesito. Conozco a Havelock. Es un cobarde. Si Varkhar le ofrece un trato mejor, nos traicionará.
—Entonces, ¿qué sugieres? —preguntó Kael, levantando la vista del mapa.
—Enviar un mensaje claro. Si Havelock nos traiciona, pagará las consecuencias. Pero mientras tanto, necesitamos sus tropas. No podemos permitirnos el lujo de rechazar aliados.
—Eso es pragmático —dijo Maelt—. Y peligroso.
—Es la guerra —respondió Lyssara—. La guerra siempre es peligrosa.
La reunión se prolongó durante horas, sin llegar a una conclusión definitiva. Los comandantes se retiraron a sus puestos, y Kael se quedó solo en la sala de guerra, contemplando el mapa. Las líneas de tinta que representaban los movimientos de tropas enemigas parecían extenderse como una mancha de aceite, amenazando con engullir todo el continente.
—No puedes dormir —dijo Lyssara, entrando en la sala con dos tazas de infusión caliente. Conocía a su esposo lo suficiente para saber cuándo necesitaba compañía.
—No puedo. Cada vez que cierro los ojos, veo la flota de Varkhar en el horizonte.
—Eso ya lo dijiste antes de la última guerra.
—Y tenía razón.
—Sí. Pero también ganamos. —Lyssara le tendió una taza—. Bebe. Es una infusión de hierbas que preparaba mi madre. Sabe a rayos, pero ayuda a calmar los nervios.
Kael bebió un sorbo. Era amarga, efectivamente, pero el calor le reconfortó el estómago.
—¿Cómo están Lucian y Elyse? —preguntó.
—Elyse está durmiendo. Lucian está en el Refugio de Krakator, con las wyvern. Dice que volverá mañana.
—Pasa demasiado tiempo allí.
—Está entrenando. Las wyvern confían en él. Y él confía en ellas.
—Lo sé. Pero me preocupa. Es joven. Y la guerra...
—La guerra nos afecta a todos. Lucian lo sabe. Lo acepta. —Lyssara se sentó frente a él—. Kael, no puedes protegerlo de todo. Tiene diecisiete años. A su edad, tú ya estabas luchando contra los Vehl.
—Yo no era un Nexo. Yo no tenía el peso de una profecía sobre mis hombros.
—No. Pero tenías el peso de un reino. Y lo llevaste bien.
—Eso es discutible.
—No. Es un hecho. —Lyssara le tomó la mano—. Lucian es fuerte. Más fuerte de lo que nosotros éramos a su edad. Superará esto.
—Eso espero. Porque si no...
—No pienses en eso. Piensa en lo que puedes hacer ahora.
—¿Como qué?
—Como gobernar. Como liderar. Como inspirar a tus tropas. —Lyssara se puso en pie—. Mañana inspeccionaremos las defensas del Paso del Eco. Te acompañaré. Nocturno necesita estirar las alas.
—Eso es una excusa.
—No. Es una verdad. Los dragones también necesitan ejercicio.
Kael sonrió a pesar de la tensión. Lyssara siempre sabía cómo sacarlo de sus pensamientos más oscuros.
—Está bien. Mañana iremos al Paso del Eco. Pero ahora...