El amanecer sobre Draxcan tiñó las torres del castillo de un rosa pálido que contrastaba con el cielo encapotado del otoño. En el patio principal, los preparativos para la expedición a Lythara avanzaban con la eficiencia de quienes han hecho esto demasiadas veces. Los mozos de cuadra cargaban provisiones en las alforjas de los dragones, los armeros revisaban las espadas y los arcos, y los magos de la Academia aplicaban sortilegios de protección sobre las armaduras de los viajeros. Todo estaba listo para la partida.
Lucian Kraxter ajustó las correas de la silla de Fénix con movimientos precisos y ensayados. El dragón rojo, que había alcanzado ya el tamaño de un caballo de tiro grande, emitía un resplandor carmesí que iluminaba las losas del patio como si un segundo sol estuviera a punto de salir. Sus ojos dorados, fijos en su jinete, reflejaban una mezcla de impaciencia y curiosidad. Llevaban semanas sin volar juntos —Lucian había estado en el Refugio de Krakator con las wyvern, y Fénix se había quedado en la capital para ayudar en las patrullas—, y el dragón estaba deseando estirar las alas.
—Tranquilo, amigo —dijo Lucian, acariciando el cuello escamoso—. Hoy volaremos más lejos que nunca. Lythara está a varios días de viaje.
Fénix emitió un gruñido de satisfacción. Le encantaban los viajes largos.
—No deberías mimarlo tanto —dijo una voz a sus espaldas. Era Talaida Rosmar, que se acercaba cargada con una mochila de cuero y un grimorio que flotaba a su lado mediante un sortilegio de levitación. Vestía una túnica de viaje de color azul oscuro, con bordados plateados en las mangas, y su cabello cobrizo estaba recogido en una trenza práctica que le caía sobre el hombro—. Los dragones mimados se vuelven perezosos.
—Fénix no es perezoso. Es selectivo con sus esfuerzos.
—Eso es lo que dicen todos los dueños de mascotas mimadas.
—Fénix no es una mascota. Es mi compañero.
—Claro que sí. —Talaida sonrió, y por un instante, su expresión fue idéntica a la de Lyssara—. ¿Estás listo?
—Casi. Gerik aún no ha llegado.
—Gerik siempre llega tarde. Es su forma de recordarnos que es imprescindible.
—Eso es muy cínico.
—Soy una Rosmar. El cinismo lo llevamos en la sangre.
Gerik apareció poco después, arrastrando a Bosque detrás de él. El dragón verde, que había sido el más rezagado de la camada original, se había convertido en una bestia imponente, aunque su carácter seguía siendo el de un cachorro grande y torpe. Al ver a Fénix, emitió un rugido de saludo que hizo temblar las ventanas del castillo.
—Ya estoy aquí, ya estoy aquí —dijo Gerik, ajustándose el cinturón de la espada—. ¿Falta alguien más?
—Thalion se queda —respondió Lucian—. Dice que alguien tiene que vigilar a las wyvern mientras yo estoy fuera.
—¿Y Aren?
—Aren está en los señoríos del sur, intentando convencer a Havelock de que no nos traicione.
—Buena suerte con eso. —Gerik montó en Bosque de un salto—. ¿Vamos?
—Vamos.
Los tres dragones —Fénix, Bosque y Silvan, el joven dragón de Thalion que Talaida había tomado prestado— alzaron el vuelo simultáneamente, batiendo las alas con fuerza. El viento que levantaron hizo ondear los estandartes de las torres y arrancó algunas hojas de los árboles del jardín. Kael y Lyssara, que observaban la partida desde la muralla, los despidieron con un gesto de la mano.
—Volveremos pronto —gritó Lucian, aunque el viento se llevó sus palabras.
—Más os vale —murmuró Lyssara, apretando la mano de Kael.
El vuelo hacia Lythara los llevó hacia el oeste, sobrevolando los bosques de robles que bordeaban la capital y las colinas onduladas del distrito humano. El paisaje, teñido por los colores del otoño, era de una belleza melancólica que invitaba a la contemplación. Los campos de cultivo, recién cosechados, se extendían como un mosaico de marrones y dorados, salpicados de aldeas de techos de pizarra y molinos de viento que giraban perezosamente. De vez en cuando, los campesinos alzaban la vista hacia el cielo y saludaban a los dragones con pañuelos y gritos de ánimo.
—Siempre me ha gustado volar —dijo Talaida, que viajaba en Silvan junto a Lucian—. Es la sensación más parecida a la libertad que existe.
—¿No tenías dragones en Vortham? —preguntó Lucian.
—No. La Academia Arcana no cría dragones. Los considera demasiado... impredecibles.
—Los magos siempre han sido desconfiados.
—No es desconfianza. Es pragmatismo. Los dragones son criaturas mágicas, y la magia siempre es peligrosa. —Talaida acarició el cuello de Silvan, que emitió un ronroneo de placer—. Pero también son hermosos. Y leales. Eso es algo que los magos no siempre entienden.
—¿Por qué decidiste volver? —preguntó Lucian, después de un silencio—. Quiero decir, después de tantos años en Vortham. ¿Por qué ahora?
Talaida meditó la respuesta antes de hablar.
—Porque me di cuenta de que estaba huyendo. Cuando me fui a Vortham, estaba furiosa con mi familia. Con mi padre, por presionarme para que fuera senadora. Con Lyssara, por ser la hija perfecta. Conmigo misma, por no ser lo bastante fuerte para enfrentarme a ellos. La Academia era mi refugio. Un lugar donde podía esconderme del mundo y dedicarme a estudiar.
—Eso no suena tan mal.
—No lo era. Durante años, fui feliz. Aprendí cosas que nunca habría aprendido en Draxcan. Hice amigos. Me convertí en una maga respetada. Pero siempre había algo que me faltaba. Algo que no podía llenar con libros ni con sortilegios.
—¿Tu familia?
—Sí. Mi familia. Mi hogar. Mi gente. —Talaida miró hacia el horizonte, donde las montañas de Lythara empezaban a perfilarse—. Cuando estalló la guerra, cuando supe que mi hermana estaba luchando en primera línea mientras yo estaba a salvo en mi torre de marfil... algo se rompió dentro de mí. Supe que no podía seguir huyendo. Que tenía que volver.
—Eso es muy valiente.
—No. Es muy egoísta. Volví porque me sentía culpable, no porque fuera valiente. —Talaida esbozó una sonrisa triste—. Pero supongo que las motivaciones no importan. Lo que importa es lo que haces.