La noticia de la caída del Paso del Eco golpeó Draxcan como un martillo sobre un yunque. Las campanas del Templo de los Originales repicaron sin cesar durante toda la noche, llamando a los ciudadanos a las armas, a la oración, a la resistencia. En las calles, los heraldos reales pregonaban las órdenes de movilización: todos los hombres válidos debían presentarse en sus cuarteles correspondientes; todas las mujeres y niños debían refugiarse en los sótanos y túneles subterráneos habilitados como refugios; todos los dragones disponibles debían alzarse hacia el cielo para patrullar las fronteras.
Kael Kraxter no había dormido desde que el mensajero de Alariel llegara al castillo con la noticia. Su rostro, habitualmente sereno, reflejaba ahora una tensión que sólo Lyssara sabía interpretar: no era miedo, sino una determinación fría, casi calculadora. La misma determinación que había mostrado antes de cada batalla importante de su vida.
—¿Cuántos hombres hemos perdido en el Paso del Eco? —preguntó, inclinado sobre el mapa de la sala de guerra.
—Al menos ochocientos —respondió Gerik, que acababa de regresar de Lythara con Bosque. El dragón verde, agotado por el vuelo, descansaba en el patio junto a los demás—. Torben está entre los desaparecidos. No sabemos si ha muerto o si ha sido capturado.
—Torben es un Elemens. Es difícil matarlo.
—Lo sé. Pero el Paso del Eco está en manos de Varkhar. Si Torben estuviera vivo, habría encontrado la forma de comunicarse con nosotros.
—A menos que esté prisionero —intervino Lyssara, que estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados—. Los varkharianos no suelen ejecutar a los oficiales de alto rango. Prefieren interrogarlos.
—Si es así, tenemos que rescatarlo —dijo Kael.
—¿Rescatarlo? ¿Del centro de un campamento enemigo? Es un suicidio.
—No si actuamos con rapidez. Si atacamos el Paso del Eco antes de que Varkhar consolide sus posiciones, podremos recuperar el terreno perdido y liberar a los prisioneros.
—Eso requeriría una movilización completa —dijo Maelt, que había acudido a la sala de guerra a pesar de su frágil salud—. Todos los dragones. Todos los soldados. Todos los aliados.
—Entonces movilizaremos a todos. —Kael se irguió—. No podemos permitir que Varkhar tenga una cabeza de puente en la cordillera. Si el Paso del Eco sigue en sus manos, podrán mover tropas hacia el interior de Draxcan sin oposición. Tenemos que recuperarlo.
—¿Y los otros frentes? —preguntó Gerik—. La Garganta del Lobo y la Cueva de los Cristales también están amenazadas.
—La Garganta está defendida por los Elemens de Maelt. La Cueva, por los elfos de Alariel. Ambos frentes resistirán mientras nosotros contraatacamos en el Paso del Eco.
—Es un plan arriesgado.
—Es el único plan que tenemos.
La movilización del ejército de Draxcan fue la más rápida que se había visto desde los tiempos de la primera guerra contra Varkhar. En menos de veinticuatro horas, tres batallones de infantería, dos escuadrones de caballería y una docena de dragones de la Academia estaban listos para partir hacia la cordillera. Los magos de batalla, bajo el mando de Ysilla, habían preparado sortilegios ofensivos y defensivos. Los arqueros elfos de Lythara, que habían permanecido en Draxcan como refuerzo, se unieron a la expedición. Y en el patio del castillo, Luz, Nocturno, Bosque, Zafira y los dragones jóvenes aguardaban impacientes, batiendo las alas y emitiendo rugidos que resonaban en toda la ciudad.
—Partiremos al amanecer —anunció Kael, de pie sobre la muralla, dirigiéndose a las tropas congregadas en el patio—. Varkhar ha tomado nuestro territorio. Ha matado a nuestros hermanos. Pero no se saldrán con la suya. Les mostraremos lo que significa desafiar a Draxcan.
Los soldados respondieron con un rugido unánime que hizo temblar las piedras. Kael levantó la espada, y la hoja brilló bajo la luz del sol poniente.
—¡Por Draxcan! ¡Por Daus! ¡Por la alianza!
—¡POR DRAXCAN! —respondieron las tropas.
Lyssara, que estaba a su lado, le tomó la mano.
—Buen discurso —dijo en voz baja.
—Lo aprendí de ti.
—No. Tú siempre has sido mejor orador que yo.
—Eso es discutible.
—No. Es un hecho. —Lyssara le apretó la mano—. Kael, si algo sale mal mañana...
—No saldrá mal.
—Pero si sale. Si uno de nosotros no vuelve...
—No digas eso. —Kael la miró a los ojos—. Vamos a volver los dos. Como siempre.
—Eso mismo me dijiste antes de la batalla de la playa.
—Y volvimos.
—Sí. Pero cada vez es más difícil.
—Lo sé. Pero mientras estemos juntos, nada podrá vencernos.
Se besaron, un beso breve pero intenso, y luego se separaron para ocupar sus puestos. En el patio, los dragones alzaron el vuelo uno tras otro, formando una cuña en el cielo que apuntaba hacia el este. Hacia la cordillera. Hacia la guerra.
El vuelo hacia el Paso del Eco fue tenso y silencioso. Los dragones, que habitualmente disfrutaban de los viajes largos, parecían sentir la gravedad de la situación y volaban con una determinación sombría. Bajo ellos, los campos de Draxcan se deslizaban como un tapiz oscuro, apenas iluminado por la luna creciente. Las aldeas por las que pasaban estaban vacías: sus habitantes habían sido evacuados hacia la capital o se habían refugiado en los bosques cercanos.
—¿Cuánto falta? —preguntó Gerik, que volaba en Bosque junto a Kael y Luz.
—Una hora, quizás menos —respondió Kael—. Los vigías dicen que el campamento enemigo está iluminado con hogueras. Será fácil de localizar.
—Eso también significa que ellos nos verán llegar.
—Lo sé. Por eso atacaremos de noche. La oscuridad nos dará cobertura.
—Los dragones de Varkhar también vuelan de noche.
—Sí. Pero los nuestros son más rápidos. Y tenemos a Nocturno.
Lyssara, que volaba en Nocturno a su lado, asintió. El dragón de sombra era prácticamente invisible en la oscuridad, y su capacidad para lanzar ráfagas de sombras que cegaban a los enemigos lo convertía en un arma letal en combates nocturnos.